Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 1 NORA
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Lancé otra mirada frenética al móvil mientras aporreaba el claxon. El pitido se sumó al coro de bocinazos que resonaba por la autopista bajo el sol abrasador.

El mensaje de Liz seguía ahí, helándome la sangre igual que treinta minutos antes, cuando lo recibí de camino al trabajo.

Nora, ¡ayuda! Quieren llevarme a un burdel.

Ni hablar.

El sudor me corría por la espalda bajo la seda de la blusa mientras marcaba su número por lo que parecía la millonésima vez esa mañana.

Una vez más, la única respuesta fue la grabación de la operadora: La persona a la que intenta llamar no está disponible.

Nunca había conseguido contactar con Liz a menos que ella llamara por iniciativa propia.

—¡Mueve el puto coche, hijo de...! —gritó el conductor de mi derecha, con la voz amortiguada por la ventanilla subida, y soltó una retahíla de improperios que habría hecho sonrojar a una monja.

Gilipollas.

Le hice una peineta antes de avanzar unos centímetros para que pudiera doblar la esquina. El tráfico seguía a paso de tortuga. Estaba claro que al universo le importaba un bledo salvar a una adolescente víctima de trata.

Cada segundo que pasaba atrapada aquí era un segundo perdido. Liz ya podría estar de camino a algún burdel desconocido.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y apreté el volante con la palma sudorosa.

Pensar que la frágil Liz pudiera acabar como una más de los millones de menores víctimas de trata vendidas como esclavas sexuales en Estados Unidos me revolvía el estómago.

El calor sofocante y el aire viciado del coche solo empeoraban las náuseas.

El aire acondicionado había elegido el peor día para estropearse.

Bajé la ventanilla buscando alivio, pero me dio de lleno en la cara una bocanada de gases de escape. Me atraganté.

Estupendo.

Quería aire fresco. Ahora estaba acalorada, con náuseas y respirando veneno. Con el atasco por delante, no me quedaba otra que aguantar.

Con una mano apartaba los gases y con la otra me tapaba la nariz con la blusa. Lo que fuera con tal de no inhalar más.

Y justo cuando me resignaba a mi suerte, el tráfico empezó a despejarse.

Ya era hora.

Avancé, decidida a llegar a la autopista en treinta segundos. Estaba a dos coches cuando el semáforo se puso en rojo.

Otros noventa segundos perdidos.

Maldije entre dientes mientras pisaba el freno. Tenía que llegar hasta Liz antes de que fuera demasiado tar...

¡PAM!

Una sacudida violenta me lanzó hacia delante y el cuello se me dobló de golpe. El cinturón me tiró hacia atrás. Por un momento, no supe qué había pasado.

¿Qué cojones?

El corazón se me aceleró. Miré de golpe al retrovisor: un elegante Rolls-Royce negro empotrado en el parachoques de mi Kia.

Perfecto. Otro imbécil rico que me jodía el día.

Con las manos temblando, me aparté a un lado. Un chófer pálido como la cera saltó del Rolls. Ciega de rabia, me quité el cinturón y salí disparada.

El chófer llegó antes que yo a ver los desperfectos. Su cara de horror me dijo que era grave. Pero nada me había preparado para ver los pilotos traseros destrozados y el parachoques hundido: el Kia que me había costado tres meses de sueldo de trabajadora social.

Como si el día pudiera ir a peor.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Una hora de atasco, podía aguantarlo. La frustración de no poder contactar con Liz, podía aguantarlo. Pero esto... esto era inaceptable.

—Señora, yo...

Levanté la vista. Al menos parecía arrepentido.

—Déjame adivinar: ¿lo sientes? ¿Qué tal si miras por dónde vas la próxima vez? —Se me quebró la voz mientras notaba las lágrimas a punto de saltar.

El chófer hizo una mueca. Me daba igual. Llevaba meses sin pagar el seguro. La reparación saldría de mi bolsillo. Si no estuviéramos en público, me habría hecho un ovillo a llorar.

—¿A qué viene tanto retraso?

Una voz. Grave, aterciopelada e impaciente.

Miré por encima del hombro del chófer justo cuando un hombre salía del Rolls.

Por un momento, me olvidé de todo.

Alto. De hombros anchos. Con la compostura de alguien acostumbrado a mandar. Pelo castaño claro salpicado de canas, parecía sacado de un anuncio de Armani con aquel traje beige. El botón de arriba desabrochado, lo justo para entrever un torso esculpido.

Rico. Guapo de morirse. Aún estaba por ver si era un imbécil.

—Lucas, pídele los datos del seguro. Llego tarde —dijo mirando el reloj con desdén.

Vaya, definitivamente un imbécil.

Mi breve aturdimiento se esfumó. Estuviera bueno o no, representaba todo lo que despreciaba: hombres ricos con más dinero que sentido común. Y este me había elegido a mí como blanco de su arrogancia.

Mala elección.

Lo fulminé con la mirada.

—Vaya. Muchas gracias por preguntar. No estoy herida en absoluto.

Me miró como si fuera mierda pegada a su zapato.

—No será tan grave si aún te queda resuello para gritarme.

Me hirvió la sangre.

—Por culpa de tu conductor temerario, podría estar tirada en la cuneta. ¿Qué le dijiste? ¿«Llévame a mi reunión de millones a tiempo, me da igual cuánta gente muera»?

Apenas arqueó una ceja.

Sacó un elegante bolígrafo.

—¿Te extiendo un cheque ahora o espero a que termines el sermón?

Se me desencajó la mandíbula. Igual me habría dolido menos una bofetada.

—Menudo capullo —murmuré.

—Eso te debe de ir de maravilla —añadí en voz baja.

—¿Qué? —Su tono rezumaba indiferencia. Me picaban las manos por borrarle esa sonrisita engreída de la cara.

—Pisotear al de abajo y soltar pasta para que se calle. ¿Sabes qué? A mí no me compras.

—¿Comprarte? —Sonrió con suficiencia—. No te lo tengas tan creído. Solo quería pagar los daños, ya que obviamente... —Miró mi Kia y arrugó la nariz—... no tienes seguro.

¡Cómo te atreves!

Me planté frente a él, con toda mi furia comprimida en mi metro sesenta y dos. —Muy maduro por tu parte asumir que no tengo seguro porque conduzco un Kia. —Le clavé un dedo en las costillas.

Tenía el abdomen duro bajo mis dedos. Por un segundo, mi mente me traicionó y me pregunté cómo se vería sin ropa.

Concéntrate, Nora.

Se encogió de hombros. —O tal vez lo asumí porque cualquier persona razonable habría dado sus datos sin más y dejado que el seguro se encargara.

Maldita sea. No le faltaba razón.

Aun así, no pensaba echarme atrás. Y menos ante este imbécil engreído, grosero e increíblemente atractivo.

—Bueno, ¿qué tal si te disculpas por casi matarme?

Frunció el ceño.

Vaya, así que sí tiene expresiones.

—Lucas, encárgate de esto —me despachó con un gesto de la mano—. Yo he terminado aquí.

Ni lo sueñes.

Se dio la vuelta y echó a andar hacia el Rolls. Cada segundo que pasaba aquí era un segundo en el que podían estar metiendo a Liz en una furgoneta. Debería dejarlo marchar.

Pero ese contoneo. Esa arrogancia. Era demasiado.

Me adelanté rodeándolo y me planté en su camino. No es que fuera muy imponente, pero antes se helaría el infierno que dejarlo escapar.

—Eres el tipo más pomposo y arroga...

¡Pum! ¡Pum! Las balas rasgaron el aire.

Me quedé paralizada, sin aliento.

Una camioneta negra pasó a toda velocidad, con las ventanillas bajadas y el cañón de un arma apuntándome directamente.

El cristal se hizo añicos y una bala me rozó la mejilla.

—¡AL SUELO! —Su grito cortó el caos.

Antes de que pudiera moverme, unas manos fuertes tiraron de mí y me arrastraron detrás del Rolls.

El asfalto me raspó las rodillas mientras las balas destrozaban metal y cristal. Los cláxones sonaban, la gente gritaba.

—Estás a salvo —murmuró con voz baja pero firme—. El coche es blindado.

¿A salvo? Me temblaba todo el cuerpo, las lágrimas me surcaban las mejillas. Había estado a centímetros de la muerte.

Me atrajo hacia él y me envolvió con sus brazos. No me resistí. El aroma a humo, madera y masculinidad pura me calmó. Contra su cuerpo, por un segundo de locura, me sentí protegida.

Las sirenas aullaron a lo lejos. Sentí que el pecho se me aflojaba de alivio. Los neumáticos chirriaron cuando la camioneta se alejó a toda velocidad.

Solo entonces lo miré de verdad. De cerca, su rostro era pura perfección esculpida. Incluso la cicatriz sobre la ceja parecía deliberada: peligro convertido en belleza.

Sus ojos azul hielo se clavaron en los míos, atrayéndome. Mi mirada bajó a sus labios. Quizá fuera la adrenalina. Quizá la locura. Pero quería besarlo.

Su mirada se suavizó. Levantó la mano. Cerré los ojos, conteniendo el aliento. Me incliné...

—Lo tengo —dijo en cambio, sosteniendo un fragmento de metal.

Parpadeé, aturdida.

—7,62x39 mm. Munición clásica de AK. Proveedores italianos. —Su tono era pragmático—. Sin duda, la Mafia.

Las rodillas casi me fallaron.

—¿La Mafia? —Mi voz se quebró—. Liz había dicho traficantes, ¿pero la Mafia?

—¿Cómo sabes eso solo por una bala?

Su sonrisa carecía de humor. —Soy Colt. Ex-JSOC. Ahora me dedico a cazar hombres como ellos.

De salvar a Liz a esquivar balas y acabar junto a un John Wick de carne y hueso... Mi día se había descarrilado por completo.

Me estudió con la mirada. —¿Por qué iba la Mafia a ir a por ti?