Rota
Valeria ya no reconocía a la persona que veía en el espejo.
Habían pasado solo nueve días desde la primera noche y sentía que habían transcurrido meses. Su mirada estaba apagada. Tenía ojeras permanentes que ni el corrector conseguía disimular. En el trabajo, sus compañeras le preguntaban si estaba enferma. Ella sonreía y decía que era solo estrés.
Mentira.
La verdad era que algo dentro de ella se estaba rompiendo lentamente, como un cristal al que le van apareciendo grietas invisibles.
Esa noche, mientras se preparaba para ir al vestuario otra vez, se quedó parada frente al armario durante casi veinte minutos sin decidirse qué ponerse.
Sabía que daba igual. Ellos se lo quitarían todo de todas formas.
Aun así, eligió ropa interior sencilla, casi infantil, como si una parte de ella intentara proteger a la “Valeria de antes”.
Diego la observaba desde la puerta del dormitorio.
—No vayas —dijo por enésima vez, aunque su voz ya no tenía fuerza.
Valeria se giró hacia él con una expresión que mezclaba lástima y desprecio.
—¿Y qué propones? ¿Que deje que arruinen mi vida? ¿Que mi madre vea cómo me follan entre varios? ¿Quieres eso para mí?
Diego bajó la cabeza. Ya no discutía. Solo cargaba con una culpa que lo estaba consumiendo.
—Te estoy perdiendo —murmuró.
Valeria sintió un pinchazo en el pecho. Por un segundo quiso abrazarlo, llorar con él, buscar consuelo. Pero ya no podía. Cada vez que lo miraba, solo veía al hombre que se quedó sentado mientras otros la usaban. Esa imagen estaba grabada a fuego en su mente.
—No —respondió ella con frialdad—. Me perdiste la primera noche, cuando elegiste callar.
Llegó al vestuario a las 22:10. Esta vez había más jugadores. Nueve en total. El ambiente era diferente: más cargado, más silencioso. No había bromas. Parecían haber decidido que ya era momento de romperla del todo.
Marcos fue directo:
—Hoy vamos a probar algo nuevo.
La tumbaron sobre el banco acolchado del centro del vestuario. Le ataron las muñecas con cintas de esparadrapo deportivo a los soportes laterales. No era para inmovilizarla completamente, sino para que sintiera que no podía escapar.
Raúl y Javi fueron los primeros.
Raúl se colocó entre sus piernas y la penetró con fuerza. Casi al mismo tiempo, Javi se puso sobre su pecho y le metió la polla en la boca. Doble penetración por primera vez.
Valeria sintió que su cuerpo se partía.
El dolor fue intenso al principio. Pero lo peor no fue el dolor físico. Fue la sensación de invasión total. De que ya no quedaba ninguna parte de ella que fuera solo suya.
Mientras la follaban por ambos lados, su mente empezó a disociarse.
Veía la escena desde arriba, como si estuviera flotando cerca del techo. Veía su propio cuerpo siendo usado, sus pechos moviéndose con violencia, sus gemidos ahogados. Y se preguntaba:
¿Esa soy yo? ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Una voz interna, cruel y constante, no paraba de repetirle:
Eres una puta.
Te mereces esto.
Tu novio lo permitió.
Y tú te estás mojando.
Porque sí. Su cuerpo respondía. Su sexo se contraía alrededor de Raúl con traición. Y eso era lo que más la destrozaba.
Cada vez que tenía un orgasmo —y tuvo varios esa noche— la culpa la golpeaba como un puñetazo en el estómago. Se sentía sucia, rota, indigna. Después del orgasmo venía el llanto silencioso. Lágrimas que caían por sus sienes mientras seguía siendo penetrada.
En un momento de pausa, mientras cambiaban de posición, Valeria susurró con voz quebrada:
—Por favor… ya no puedo más.
Marcos se agachó junto a su cara y le limpió una lágrima con el pulgar.
—Sí puedes —dijo suavemente—. Y lo harás. Porque en el fondo te gusta. Tu cuerpo no miente, Valeria.
Ella negó con la cabeza, pero no tenía fuerzas para hablar.
La giraron. Ahora uno la penetraba por delante y otro por detrás al mismo tiempo.
La sensación de estar completamente llena era abrumadora.
Sentía que la estaban borrando como persona.
Que cada embestida eliminaba un trozo de la Valeria que había sido: la hija buena, la novia cariñosa, la chica con sueños.
Cuando terminaron, casi dos horas después, la dejaron tumbada en el banco. Tenía el cuerpo lleno de marcas rojas, semen en el vientre, en los muslos y en el pecho. No se movía.
Marcos se sentó a su lado y le acarició el pelo.
—¿Sabes cuál es la peor parte? —le dijo en voz baja—. Que dentro de unas semanas ya no llorarás. Te acostumbrarás. Y eso te va a dar más miedo que cualquier otra cosa.
Valeria cerró los ojos con fuerza.
Esa noche, cuando Diego la llevó a casa, ella no bajó del coche inmediatamente. Se quedó sentada mirando al frente.
—Creo que estoy perdiendo la cabeza —susurró.
Diego la miró asustado.
—¿Qué?
—Siento asco de mí misma… pero también… —le tembló la voz— a veces siento un placer tan fuerte que me asusta. Y luego me odio más. Es como si hubiera dos Valerias. Una que quiere morir y otra que… que empieza a necesitar esto.
Se tapó la cara con las manos y rompió a llorar con fuerza, con sollozos profundos que le salían del pecho.
Diego intentó abrazarla, pero ella se apartó bruscamente.
—No me toques —dijo entre lágrimas—. Todavía hueles a… nada. Tú no hueles a nada. Ellos me marcan. Tú solo miras.
Entró en casa corriendo y se encerró en el baño. Se metió en la ducha y se frotó la piel hasta que se puso roja. Quería arrancarse de encima todo lo que sentía.
Pero no podía.
Porque el trauma ya estaba dentro.
Y empezaba a echar raíces.
Valeria ya no dormía más de tres horas seguidas. Cuando cerraba los ojos, las imágenes regresaban: manos fuertes sujetándola, voces riendo, su propio cuerpo traicionándola. A veces despertaba sudando y con el corazón acelerado, otras veces se despertaba excitada y eso la hundía aún más en la culpa.
Esa tarde, mientras estaba en el trabajo, recibió un mensaje de Diego que la dejó helada:
Diego:
Tenemos que hablar. Es urgente. Ven a casa en cuanto salgas.
Por primera vez en días, Valeria sintió algo parecido a esperanza. Quizás Diego había encontrado una solución. Quizás había reunido valor y había denunciado todo. Quizás, por fin, iba a protegerla.
Llegó al piso con el corazón latiéndole con fuerza. Abrió la puerta y se encontró a Diego sentado en el sofá, pálido, con las manos temblando. Había una botella de whisky medio vacía sobre la mesa.
—¿Qué pasa? —preguntó ella cerrando la puerta.
Diego levantó la mirada. Tenía los ojos rojos.
—Valeria… yo… lo siento.
Ella frunció el ceño. Se acercó lentamente.
—¿Qué has hecho?
Diego se pasó las manos por la cara y soltó un suspiro largo y tembloroso.
—Anoche… después de que te recogí del vestuario… estaba muy borracho. Muy hundido. No podía más con todo esto. Así que… llamé a Marcos.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué?
—Le dije que no podía seguir viendo cómo te destruían. Le pedí que pararan. Le supliqué.
Valeria se quedó paralizada. Una parte de ella quería abrazarlo, pero otra parte ya sabía que eso no era todo.
—¿Y qué te contestó? —preguntó con voz baja.
Diego tragó saliva.
—Se rio. Dijo que ya era tarde. Que tú ya eras propiedad del equipo. Y luego… me envió algo.
Cogió su móvil con manos temblorosas y le enseñó un vídeo.
Era ella. Del día anterior en el vestuario. La escena de la doble penetración, pero esta vez con audio claro. Se escuchaba su voz gimiendo, casi suplicando. Se escuchaba cuando dijo “no pares”.
Valeria sintió náuseas.
—Marcos me dijo —continuó Diego con la voz rota— que si intentaba hacer algo, si hablaba con alguien, no solo publicaría los vídeos… sino que te obligarían a hacer cosas peores. Y que yo tendría que mirar todo.
Valeria se quedó mirándolo en silencio durante casi un minuto. La decepción era tan grande que casi no sentía rabia.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó finalmente—. ¿Le contestaste algo?
Diego bajó la cabeza.
—Le dije que… que aceptaba. Que solo quería que no te hicieran daño.
Valeria soltó una risa amarga, casi histérica.
—¿Que no me hicieran daño? Diego, me están destrozando por dentro. Y tú… tú sigues negociando con ellos como si yo fuera un objeto.
Se dio la vuelta y se fue hacia la habitación. Diego la siguió.
—Valeria, por favor… ¡estoy intentando protegerte!
Ella se giró bruscamente.
—¿Protegiéndome? ¡Les estás dando permiso! ¡Les estás diciendo que estoy disponible!
En ese momento, el móvil de Valeria sonó. Era un mensaje de Marcos.
Marcos:
Mañana a las 19:00 en la casa. Diego también está invitado. Quiere ver cómo su novia se entrega completamente. Trae lencería roja. No llegues tarde.
Valeria leyó el mensaje en voz alta para que Diego lo escuchara. Luego tiró el móvil sobre la cama.
—¿Ves lo que has conseguido? —susurró—. Ahora ya ni siquiera puedo ir sola. Quieren que veas cómo me rompen del todo.
Diego se acercó e intentó tocarle el brazo. Valeria se apartó como si quemara.
—No me toques. Ya no sé quién eres.
Se sentó en la cama y se abrazó las rodillas. Su mente era un torbellino. Sentía que estaba al borde de un precipicio. Una parte de ella quería huir, otra quería rendirse, y una tercera, oscura y aterradora, empezaba a sentir una especie de alivio enfermizo ante la idea de que todo siguiera.
De repente, Diego habló con una voz extraña, casi rota:
—Valeria… hay algo más que no te he contado.
Ella levantó la mirada lentamente.
—¿Qué?
Diego tragó saliva con dificultad. Tenía la cara descompuesta.
—Marcos me ofreció… un trato. Si yo… si yo acepto ser el que te prepare antes de que ellos te usen… si yo te llevo y te entrego voluntariamente… entonces no publicarán los vídeos más graves. Los que tienen tu cara claramente.
Valeria se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. El silencio era ensordecedor.
—¿Me estás diciendo… que quieres entregarme tú mismo?
Diego no contestó. Pero su silencio lo dijo todo.
En ese momento, Valeria sintió que algo se quebraba definitivamente dentro de ella.
Se levantó de la cama, fue hasta el armario, sacó una maleta y empezó a meter ropa sin decir una palabra.