El vestuario
Valeria pasó todo el lunes en una especie de niebla.
Trabajaba como recepcionista en una clínica dental.
Normalmente era un trabajo tranquilo, pero ese día apenas podía concentrarse.
Cada vez que sonaba su teléfono, el corazón se le aceleraba pensando que era Marcos.
Había respondido a todos los mensajes en menos de tres minutos, tal como exigían las reglas.
A media mañana recibió una llamada de su madre.
—Hija, ¿estás bien? Te noto rara últimamente.
Valeria apretó el teléfono con fuerza. Por un segundo pensó en contárselo todo. En pedir ayuda. Pero la imagen del vídeo apareció en su mente y las palabras se le murieron en la garganta.
—Estoy bien, mamá. Solo cansada.
Colgó y se quedó mirando la pantalla en blanco. Sentía que su vida se estaba partiendo en dos: la Valeria de siempre y esta nueva versión que ya no controlaba.
Cuando llegó a casa por la tarde, Diego estaba sentado en el sofá con el ordenador. Apenas levantó la mirada.
—¿Vas a ir? —preguntó sin rodeos.
Valeria se quitó los zapatos con gesto cansado.
—No tengo opción.
Diego soltó una risa amarga.
—Claro que tienes opción. Podríamos denunciarlos. Podríamos…
—¿Y que todo el mundo vea el vídeo? —le cortó ella con rabia—. ¿Quieres que mi madre, mis amigas y mis compañeros de trabajo me vean como una puta? ¿Eso es lo que quieres?
Diego se quedó callado. Valeria notó que tenía los ojos enrojecidos. Parecía haber envejecido cinco años en cuatro días.
—Esto nos está destruyendo —murmuró él.
—No —respondió Valeria con frialdad—. Esto te está destruyendo a ti. A mí ya me destrozaron el viernes.
Se metió en la ducha sin decir nada más. Mientras el agua caía, pensó seriamente en huir. En coger el coche y marcharse a otra ciudad. Pero sabía que no llegaría lejos. Ellos tenían su número, su dirección, sus redes… y el maldito vídeo.
A las 21:50 llegó al campo de entrenamiento. El vestuario de los jugadores estaba en la parte trasera. La puerta estaba entreabierta. Entró con el corazón latiéndole en la garganta.
Dentro había ocho jugadores. Algunos todavía con la camiseta sudada del entrenamiento. El olor a sudor, hierba y desodorante masculino llenaba el ambiente.
Marcos sonrió al verla.
—Llegas puntual. Eso me gusta.
Valeria se quedó de pie en medio del vestuario, sin saber muy bien qué hacer. No era como la casa. Aquí todo parecía más real, más peligroso. Había taquillas, bancos, duchas abiertas al fondo.
—Hoy no solo vas a follar —dijo Marcos—. Hoy vas a aprender tu lugar.
Le ordenaron quitarse la ropa, pero esta vez no la tocaron inmediatamente. La hicieron caminar desnuda por el vestuario mientras ellos terminaban de cambiarse. Le hacían preguntas humillantes:
—¿Cómo se siente una chica decente sabiendo que es la puta del equipo?
—¿Tu novio te ha tocado desde el viernes?
—¿Ya te masturbas pensando en nosotros?
Valeria respondía con monosílabos, roja de vergüenza. Cada respuesta era recibida con risas o comentarios crueles.
Luego llegó la parte más dura.
La sentaron en uno de los bancos y le explicaron que, a partir de ese momento, cada vez que el equipo ganara un partido, ella tendría que “celebrarlo” en el vestuario. Si perdían, también tendría que “consolarlos”.
—Esto no es solo sexo —dijo Raúl mirándola fijamente—. Esto es un contrato. Tú nos das lo que necesitamos y nosotros guardamos tu secreto.
En ese momento entró el entrenador principal, un hombre de unos 45 años llamado Gustavo. Valeria se tapó instintivamente.
—No te preocupes —dijo Marcos riendo—. El entrenador ya lo sabe. De hecho, fue él quien sugirió que necesitábamos… motivación extra esta temporada.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ya no eran solo los jugadores. Ahora había más gente involucrada.
Gustavo la miró de arriba abajo sin disimulo, pero no la tocó. Solo dijo:
—Que no baje el rendimiento. Si ella distrae más de lo que ayuda, se acabó el acuerdo.
Y se marchó.
Lo que vino después no fue solo sexo salvaje. Fue controlado y psicológico.
La tumbaron sobre uno de los bancos largos. Cuatro jugadores la usaron mientras los demás observaban y comentaban. Pero esta vez había pausas. Le hacían preguntas. La obligaban a responder mientras la penetraban.
—¿A quién prefieres ahora, a tu novio o a nosotros?
—A vosotros… —respondió ella entre jadeos.
—¿Quieres que paremos?
—No…
La palabra se le escapó antes de poder pensarla. En cuanto la dijo, se arrepintió. Pero ya era tarde.
Cuando terminaron, casi dos horas después, Valeria estaba destrozada física y mentalmente. Le dieron una toalla para que se duchara allí mismo.
Mientras el agua caía sobre su cuerpo, Marcos entró en la ducha y se apoyó en la pared.
—No eres la primera, ¿sabes? —dijo con calma—. Hubo otra chica hace dos temporadas. Duró cuatro meses. Al final se enamoró de uno de nosotros y todo se complicó. Espero que tú seas más inteligente.
Valeria lo miró a través del agua.
—¿Qué pasó con ella?
—Se fue de la ciudad. Pero el vídeo sigue existiendo. Como el tuyo.
Esa noche, cuando Diego la recogió, Valeria ya no lloraba. Tenía la mirada vacía.
—¿Qué tal? —preguntó él con miedo.
Valeria tardó en responder.
—Cada vez es peor… y cada vez es más difícil odiarlo todo.
Diego frenó el coche en seco.
—¿Qué estás diciendo?
—No lo sé —susurró ella—. Ya no sé nada.
Se quedaron en silencio dentro del coche aparcado, mirando la oscuridad de la calle.
Por primera vez, Valeria se dio cuenta de algo aterrador:
Ya no solo tenía miedo de ellos.
Empezaba a tener miedo de sí misma.