Propiedad del equipo Las nuevas reglas
33%

Las nuevas reglas

El viernes por la tarde, Valeria recibió un mensaje claro y directo:

Marcos:

A las 21:00 en la casa. Ven sola. Diego no está invitado esta vez. Si llegas tarde, el vídeo se envía.

Valeria leyó el mensaje varias veces sentada en el sofá de su piso. Diego estaba en la cocina, preparando café en silencio. Apenas se hablaban desde el miércoles. El ambiente entre ellos se había vuelto espeso, incómodo, casi irrespirable.

—No voy a ir —dijo Valeria en voz alta, aunque sabía que mentía.

Diego no contestó. Se limitó a mirarla un segundo y volvió a bajar la vista hacia su taza. Esa pasividad la enfurecía más que cualquier otra cosa.

A las 20:45 salió de casa. Se puso unos vaqueros ajustados y una sudadera amplia, intentando parecer lo menos atractiva posible. Sabía que no serviría de nada.

Cuando llegó a la casa grande, solo estaban cinco jugadores: Marcos, Raúl, Javi, Nico y Sergio. Los demás llegarían más tarde, según le explicaron.

La hicieron sentarse en el centro del salón, como si fuera una reunión de trabajo. Marcos se colocó frente a ella con un papel en la mano.

—Estas son las reglas a partir de ahora —dijo con voz firme—. Las vas a leer en voz alta y luego las vas a aceptar.

Valeria cogió el papel con dedos temblorosos. Tragó saliva y comenzó a leer:

Estaré disponible siempre que el equipo me lo exija, sin importar el día o la hora.

No podré negarme a ningún acto sexual que se me pida.

Deberé mantener mi cuerpo depilado y listo en todo momento.

Usaré la ropa que se me indique.

Diego no podrá intervenir ni protestar. Si lo hace, el vídeo se hará público.

No podré contárselo a nadie.

Deberé responder a los mensajes en menos de cinco minutos.

Cuando terminó de leer, el silencio era absoluto.

—¿Entiendes todas las reglas? —preguntó Marcos.

Valeria asintió lentamente.

—Quiero oírtelo decir.

—Sí… las entiendo —respondió con voz apagada.

—Bien. Ahora vas a firmar aquí.

Le tendió un bolígrafo. Valeria miró el papel como si fuera un contrato con el diablo. Tras unos segundos de duda, firmó con mano temblorosa.

Raúl sonrió satisfecho.

—Buena chica. Como recompensa, hoy vamos a ser un poco más suaves… siempre que cumplas.

La noche no fue suave.

La llevaron al dormitorio principal, una habitación grande con una cama enorme. Le ordenaron desnudarse lentamente mientras ellos se sentaban alrededor. Esta vez no había prisa. Querían observarla.

Valeria se quitó la sudadera, luego la camiseta, el sujetador… Cuando llegó a los vaqueros, dudó.

—Continúa —ordenó Javi.

Se bajó los pantalones y se quedó solo con un tanga negro. Sergio se levantó, se acercó y pasó un dedo por el borde de la tela.

—Muy bonito. Pero a partir de ahora solo usarás tangas o irás sin ropa interior. ¿Entendido?

—Sí… —susurró ella.

Le quitaron el tanga. La tumbaron en la cama y durante casi una hora la tocaron, la besaron y la exploraron sin penetrarla todavía.

Le pellizcaban los pezones, le mordían el cuello, le metían dedos en el sexo y en la boca.

Valeria intentaba mantenerse quieta, pero su cuerpo reaccionaba contra su voluntad.

Marcos fue el primero en penetrarla. Lo hizo despacio, mirándola a los ojos, mientras los demás observaban.

—¿Sientes cómo te llena? —le preguntó.

Valeria cerró los ojos con fuerza.

—Mírame —exigió él.

Abrió los ojos. Marcos empujó hasta el fondo y se quedó allí, sin moverse.

—Responde.

—Sí… lo siento —admitió ella con voz entrecortada.

Durante las siguientes dos horas, los cinco la poseyeron por turnos. A veces uno solo, a veces dos al mismo tiempo. No fue tan brutal como las veces anteriores, pero fue más humillante precisamente por eso: había control, había método.

En un momento, mientras Javi la penetraba desde atrás y Nico le metía la polla en la boca, Marcos grabó un pequeño vídeo con el móvil.

—No te preocupes —dijo al ver el pánico en sus ojos—. Este es solo para nosotros. Por ahora.

Cuando terminaron, Valeria estaba exhausta, tumbada en medio de la cama con el cuerpo marcado y lleno de fluidos. Tenía la mirada perdida en el techo.

Marcos se sentó a su lado y le acarició el pelo casi con ternura.

—Estás empezando a entender tu nueva posición, ¿verdad?

Valeria no contestó.

—Puedes irte a casa —continuó él—. Pero el lunes después del entrenamiento te queremos en el vestuario. A las 22:00. No llegues tarde.

Ella asintió débilmente.

Cuando Diego la recogió a la una y media de la madrugada, Valeria apenas podía caminar. Subió al coche en silencio. Tenía el pelo revuelto y olía a sexo.

Diego arrancó sin preguntar nada. Después de varios minutos, se atrevió a hablar:

—¿Qué te han hecho hoy?

Valeria giró la cabeza hacia la ventanilla.

—Todo lo que han querido —respondió con amargura—. Y tú les has dejado.

El resto del trayecto lo hicieron en completo silencio.

Esa noche, mientras Diego dormía en el sofá, Valeria se metió en la ducha y se quedó bajo el agua caliente durante mucho tiempo. Se lavó el cuerpo con fuerza, intentando borrar las huellas de las manos ajenas.

Pero por más que se frotaba, no conseguía borrar la sensación.

Ni la vergüenza.

Ni aquella extraña y peligrosa excitación que empezaba a instalarse en su interior cada vez que recordaba las miradas de aquellos hombres.

Se miró al espejo empañado y susurró para sí misma:

—¿Hasta cuándo voy a poder resistir?

Sabía que la respuesta era aterradora.

Quizá ya no estaba resistiendo tanto como quería creer.