Comienza el juego #2
—No… —sollozó Valeria.
Raúl paró en seco, todavía enterrado dentro de ella.
—Dilo o te follo el culo ahora mismo delante de tu novio.
Valeria tembló. El miedo y el placer la estaban volviendo loca.
—Me… me gusta… —susurró.
—Más alto, zorra.
—¡Me gusta cómo me follas! —casi gritó.
Raúl sonrió y aceleró el ritmo, follándola como un animal. El sonido húmedo de sus embestidas llenaba la habitación.
Javi no pudo esperar más. Se subió a la mesa por delante de Valeria, se sacó la polla y se la puso en la boca.
—Chupa —ordenó.
Valeria intentó girar la cara, pero Javi la agarró del pelo y se la metió hasta la garganta. Empezó a follarla la boca con fuerza mientras Raúl la penetraba por detrás sin piedad.
Estaba completamente empalada por ambos lados.
Diego observaba todo en silencio. Tenía la cara descompuesta, pero su erección era más evidente que nunca.
Nico, el tercer jugador, se acercó y empezó a manosearle las tetas, pellizcándole los pezones con saña.
—Qué puta más completa eres, Valeria —le susurró al oído—. Llevabas meses provocándonos en las gradas y ahora estás aquí, recibiendo polla por todos lados como la guarra que eres.
Valeria gemía alrededor de la polla de Javi. Lágrimas le corrían por las mejillas, pero su cuerpo respondía con traición. Sentía que otro orgasmo se estaba formando, mucho más fuerte que el anterior.
Raúl le dio varias palmadas fuertes en el culo mientras la follaba.
—¿Vas a correrte otra vez, puta? ¿Delante de tu novio otra vez?
Valeria no pudo contestar. Javi le tenía la boca llena.
El orgasmo la golpeó como una ola. Empezó a convulsionar, apretando la polla de Raúl con su coño mientras gemía ahogadamente alrededor de la de Javi. Chorros de placer le recorrían todo el cuerpo.
—Joder, se está corriendo como una loca —gruñó Raúl.
No aguantó más y se corrió dentro de ella con un rugido, añadiendo su semen al de Marcos. Salió de ella y dejó que el líquido espeso comenzara a caer al suelo.
Javi se sacó de su boca y se colocó detrás, ocupando el lugar de Raúl. Entró de golpe en su coño empapado y usado.
—Ahora me toca a mí —dijo.
La folló con rabia, agarrándola fuerte de las caderas. Nico se puso delante y le metió la polla en la boca.
Durante los siguientes minutos, Valeria fue pasada de uno a otro. Dos la follaban mientras el tercero esperaba su turno. La cambiaban de posición: a cuatro patas sobre la mesa, de lado, sentada sobre uno mientras otro la penetraba por detrás.
Diego seguía allí, obligado a ver cada detalle. En un momento, Marcos se acercó a él y le habló en voz baja:
—Mírala bien, capitán. Esta ya no es tu novia. Es la puta del equipo ahora.
Diego no contestó. Solo tragó saliva.
Valeria perdió la cuenta de cuántas veces se corrió. Su mente estaba nublada de placer, vergüenza y agotamiento. Ya no intentaba resistirse. Su cuerpo había ganado la batalla.
Cuando el último de los tres (Nico) se corrió dentro de ella, Valeria se derrumbó sobre la mesa, exhausta, con el cuerpo cubierto de sudor, semen y marcas rojas.
Tenía el pelo pegado a la cara y respiraba con dificultad.
Marcos se acercó, le levantó la cara con dos dedos y le sonrió.
—Buena chica. Esto solo es el principio.
Luego miró a Diego.
—Llévatela a casa si quieres… pero mañana después del entrenamiento la queremos de nuevo en el vestuario. ¿Entendido?
Diego asintió lentamente, derrotado.
Valeria cerró los ojos, sintiendo cómo el semen de tres hombres diferentes le corría por las piernas.
En ese momento supo, con terror y una excitación prohibida, que su vida acababa de cambiar para siempre.
Valeria no durmió esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía las imágenes: su propio cuerpo sacudido sobre la mesa, sus gemidos, la cara de derrota de Diego. Aún sentía el semen seco de tres hombres diferentes pegado en sus muslos y en su vientre.
A las 11 de la mañana del día siguiente recibió un mensaje de un número desconocido.
“Mira esto. Y piensa muy bien lo que vas a hacer.”
Era un vídeo de 47 segundos. En él se la veía claramente: boca abierta gimiendo, ojos en blanco, corriéndose mientras Raúl la follaba por detrás y Javi le metía la polla en la boca. La calidad era buena. Su cara era perfectamente reconocible.
El siguiente mensaje llegó diez segundos después:
Marcos:
Esta noche a las 20:00 en la casa. Si no vienes, este vídeo va a ir a tu familia, a tus amigas y al grupo de trabajo de tu madre. Tú decides.
Valeria se quedó mirando la pantalla con las manos temblando. Sintió náuseas.
Fue al baño y vomitó.
Cuando salió, Diego estaba sentado en la cama con la cabeza entre las manos. No habían hablado casi nada desde que llegaron a casa.
—Diego… —dijo con voz quebrada—. Tienen un vídeo.
Él levantó la mirada. Tenía ojeras profundas.
—Lo sé —respondió—. Me mandaron el mismo.
—¿Y no vas a hacer nada? —preguntó ella, incrédula.
—¿Qué quieres que haga? Son once. Y yo solo soy uno. Si esto sale… se acaba mi carrera, mi reputación, todo.
Valeria sintió una rabia profunda mezclada con decepción. El hombre al que creía su protector estaba dispuesto a entregarla para salvar su imagen.
A las 19:40 llegaron a la casa grande. Valeria llevaba un chándal holgado, intentando ocultar su cuerpo. Le temblaban las piernas.
Los once jugadores estaban allí. Esta vez no había música ni fiesta. Solo ellos, sentados en el salón como un tribunal.
Marcos fue directo al grano.
—Bien. Ya sabes la situación. Ese vídeo es nuestra garantía. A partir de ahora vas a ser la puta del equipo mientras dure la temporada.
Valeria apretó los puños.
—No podéis obligarme…
—Claro que podemos —intervino Raúl, levantando el móvil—. Una llamada y tu vida se va a la mierda.
Se hizo un silencio pesado.
Marcos continuó:
—Las reglas son simples:
Estarás disponible cuando te llamemos.
Nunca dirás que no.
Diego no puede interferir. Si lo hace, el vídeo sale.
Valeria miró a Diego. Él estaba de pie a su lado, cabizbajo, sin decir una palabra.
—¿Y si me niego? —preguntó ella desafiante.
Marcos sonrió con frialdad.
—Entonces mañana por la mañana tu madre recibirá esto.
Le enseñó la pantalla. El vídeo estaba pausado en el momento exacto en que ella se corría gritando.
Valeria sintió que le fallaban las rodillas. Se sentó en el sofá.
—¿Qué… qué tengo que hacer hoy? —preguntó con voz casi inaudible.
Marcos se acercó y le levantó la barbilla.
—Hoy vas a aprender a complacernos mejor. Y Diego va a seguir mirando. Es parte del castigo.
Le ordenaron desnudarse lentamente en medio del salón. Valeria tardó casi dos minutos en quitarse la sudadera. Le temblaban las manos. Cuando se quedó solo con el tanga, varios jugadores ya se estaban tocando por encima del pantalón.
—Quítaselo con los dientes —le ordenó Nico.
Valeria se arrodilló frente a él y, con lágrimas silenciosas, usó la boca para bajarle el tanga.
Lo que siguió fue más metódico y cruel que la noche anterior.
No fue un frenesí caótico. Esta vez querían humillarla con calma.
La pusieron a cuatro patas en el centro de la alfombra. Durante casi cuarenta minutos, cinco jugadores la fueron usando por turnos: uno en su boca, otro en su coño, mientras los demás miraban y comentaban.
—Fíjate cómo aprieta —decía uno.
—Se está mojando más que ayer —reía otro.
—Tu novia nació para esto, Diego.
Diego estaba sentado en una silla frente a ella, obligado a mirar. En un momento, Marcos le puso una mano en el hombro.
—Dile lo que piensas.
Diego tragó saliva.
—Valeria… lo siento —murmuró.
Ella lo miró directamente a los ojos mientras tenía una polla en la boca. La mirada que le devolvió estaba llena de dolor, rabia y algo más oscuro… algo que ni ella misma quería reconocer.
Placer.
Cuando le tocó el turno a Marcos de nuevo, la puso boca arriba, le levantó las piernas y la penetró lentamente, mirándola a los ojos.
—¿Te gusta sentirte nuestra? —preguntó.
Valeria no contestó. Pero su cuerpo sí: arqueó la espalda y soltó un gemido largo cuando él tocó fondo.
Marcos sonrió.
—Tu mente dice que no… pero tu coño dice que sí.
La folló con embestidas profundas y controladas. Cada vez que ella intentaba cerrar los ojos, él le daba una palmada suave en la cara.
—Mírame. Quiero que sepas exactamente quién te está follando.
Cuando se corrió dentro de ella, Valeria tuvo un orgasmo silencioso pero intenso, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre.
Después de Marcos vinieron otros tres más. La llenaron uno tras otro sin descanso. Al final, Valeria estaba tirada en la alfombra, con el cuerpo cubierto de sudor y semen, respirando agitadamente.
Marcos se agachó a su lado y le apartó el pelo de la cara con sorprendente delicadeza.
—Buena chica. Vas aprendiendo.
Luego miró a Diego.
—Puedes llevártela. Pero el viernes después del partido la queremos toda la noche.
Cuando salieron de la casa, Valeria no podía caminar bien. Diego tuvo que sujetarla.
En el coche, ninguno de los dos habló durante los primeros diez minutos.
Finalmente, Valeria susurró:
—Te odio.
Diego no contestó.
Valeria apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos. Entre sus piernas sentía cómo seguía chorreando semen ajeno.
Y lo peor no era el asco.
Lo peor era que una parte de ella ya estaba contando las horas para el viernes.