Propiedad del equipo
© inepub.com
Comienza el juego
Valeria nunca imaginó que una simple fiesta después del partido terminaría así.
Tenía 24 años, un cuerpo que llamaba la atención allá donde iba —culo redondo y firme, tetas naturales grandes y cintura estrecha— y llevaba casi dos años saliendo con Diego, el capitán del equipo de fútbol semiprofesional de la ciudad.
Diego era guapo, pero flojo en la cama. Siempre terminaba rápido y nunca la hacía correrse de verdad.
Esa noche, tras ganar el partido clave para subir de categoría, los jugadores decidieron celebrar en la casa grande que compartían tres de los titulares. La música estaba alta, había cerveza y botellas de whisky por todas partes.
—Vamos a jugar a algo interesante —dijo Marcos, el delantero centro, un tipo de 1,90 y hombros anchos que siempre miraba a Valeria como si ya fuera suya.
Los once jugadores del equipo titular estaban allí. Y Diego.
—¿Qué juego? —preguntó Valeria, sentada en las piernas de su novio.
—Verdad o reto —sonrió Marcos con malicia—. Pero con reglas especiales. Si alguien se niega… paga prenda.
Diego rio nervioso. Valeria notó que ya estaba bastante borracho.
Todo empezó inocente. Hasta que le tocó el turno a Diego.
—Reto —dijo él, intentando hacerse el valiente.
Marcos sonrió lentamente.
—Bien. El reto es… que dejes que Valeria bese a tres de nosotros. Con lengua.
Diego se quedó callado. Valeria sintió que se le helaba la sangre.
—Ni de coña —protestó ella.
—Son las reglas, nena —dijo Raúl, el portero, acercándose—. O tu novio paga la prenda… y la prenda es que te follemos todos esta noche.
La habitación se quedó en silencio. Solo se oía la música de fondo.
Diego tragó saliva. Miró a Valeria con ojos vidriosos y luego bajó la mirada.
—Solo un beso… ¿no? —murmuró.
Valeria lo miró horrorizada.
—¿Estás hablando en serio, Diego?
Él no contestó. Marcos ya se había acercado. La agarró del brazo y la levantó del regazo de su novio como si no pesara nada.
—Ven aquí, princesita.
La besó delante de todos. Fuerte. Invadiendo su boca con la lengua mientras le apretaba el culo con una mano. Valeria intentó apartarse, pero él la sujetaba con fuerza.
Cuando terminó, otro jugador ocupó su lugar. Y luego otro. Tres besos largos, húmedos y agresivos.
Valeria tenía la cara roja y le temblaban las piernas cuando volvió al lado de Diego.
—Esto ya pasó de la raya —susurró ella.
Pero Marcos no había terminado.
—Ahora viene lo bueno. Nueva ronda. Diego, te toca otra vez.
Diego estaba pálido.
—Reto otra vez —balbuceó, intentando salvar la cara.
Marcos soltó una carcajada.
—Perfecto. El reto es que te quedes sentado ahí mirando mientras nosotros probamos a tu novia. Si te portas bien y no interrumpes… quizás no la follemos todos hoy.
Valeria se levantó de golpe.
—¡Esto es una puta broma! ¡Diego, vámonos!
Pero Diego no se movió. Tenía la mirada clavada en el suelo, humillado. Dos jugadores la agarraron suavemente pero con firmeza por los brazos.
—Suéltame… —dijo Valeria, pero su voz ya no sonaba tan convencida.
Marcos se puso frente a ella y le levantó la cara con dos dedos.
—Mírame, Valeria. Llevas meses viniendo a los partidos con esos pantalones cortos que se te marcan el coño. Sabes perfectamente lo que provocas. Ahora vas a pagar.
Le metió la mano por debajo de la falda sin pedir permiso. Valeria dio un respingo cuando sintió sus dedos gruesos rozando sus bragas.
—Joder… ya estás mojada —dijo Marcos en voz alta para que todos lo oyeran—. Tu noviecito no te folla bien, ¿verdad?
Diego no dijo nada.
Valeria sintió vergüenza, rabia… y un calor traicionero entre las piernas.
—No… por favor… —susurró.
Pero Marcos ya le había bajado las bragas hasta los tobillos. La empujó suavemente contra la mesa del salón. Diego estaba sentado a menos de dos metros, mirando.
—Ábrele las piernas —ordenó Marcos a dos de sus compañeros.
Valeria sintió cómo le separaban los muslos. Estaba completamente expuesta. Marcos se arrodilló y le pasó la lengua lentamente por el coño.
—Dios… qué coño más rico —gruñó.
Valeria intentó cerrar las piernas, pero no pudo. Un gemido involuntario se le escapó cuando Marcos empezó a chuparle el clítoris con fuerza.
—Mírala, Diego —dijo Raúl riendo—. Tu novia está empapada con la lengua de otro.
Diego tenía los ojos vidriosos. No sabía si de borrachera o de excitación humillada.
Marcos se levantó, se bajó los pantalones y sacó una polla gruesa y venosa, mucho más grande que la de Diego. La frotó contra la entrada de Valeria.
—¿Quieres que pare? —le preguntó mirándola a los ojos.
Valeria temblaba. Tenía lágrimas en los ojos.
—Yo… no… esto no está bien…
Marcos sonrió y empujó. Entró de una sola embestida hasta el fondo.
Valeria soltó un grito ahogado. Dolor y placer mezclados.
—Joder… qué apretada estás —gruñó mientras empezaba a follarla con fuerza sobre la mesa.
Cada embestida hacía que sus tetas saltaran dentro del top. Los demás jugadores miraban, tocándose por encima del pantalón.
Diego seguía sentado, con la cara descompuesta, pero sin moverse.
Marcos la follaba cada vez más duro, agarrándola del pelo.
—Dilo —le ordenó—. Di que te gusta más mi polla que la de tu novio.
Valeria negó con la cabeza, llorando.
Marcos paró en seco, todavía dentro de ella.
—Dilo o te follo más fuerte delante de él hasta que te corras como una puta.
Valeria sollozó. El placer era demasiado.
—Me… me gusta más tu polla… —susurró finalmente.
Marcos sonrió satisfecho y aceleró el ritmo.
—Más alto. Que te oiga tu cornudito.
—Me gusta más tu polla que la de Diego! —casi gritó Valeria mientras un orgasmo brutal la atravesaba.
Se corrió temblando, apretando el borde de la mesa, delante de su novio y de todo el equipo.
Marcos siguió follándola unos segundos más y luego se corrió dentro de ella con un gruñido animal, llenándola de leche caliente.
Cuando salió, el semen empezó a chorrearle por los muslos.
Marcos miró a Diego, que tenía una erección visible en los pantalones.
—Primer round terminado, capitán. ¿Quieres ver cómo la destrozamos entre todos o prefieres irte a llorar al baño?
Valeria todavía temblaba sobre la mesa del salón. El semen de Marcos le chorreaba por los muslos internos, caliente y espeso. Tenía la falda subida hasta la cintura, las bragas rotas en el suelo y el top arrugado. Le costaba respirar.
No podía creer lo que acababa de pasar. Se había corrido como nunca en su vida delante de su novio y de casi todo el equipo.
Marcos se subió los pantalones con una sonrisa satisfecha y miró a Diego, que seguía sentado en el sofá, pálido y con una erección vergonzosa marcándose en sus vaqueros.
—¿Qué pasa, capitán? —preguntó Marcos con sorna—. ¿Te ha gustado ver cómo tu novia se corría con una polla de verdad?
Diego no contestó. Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados sobre sus rodillas.
Valeria intentó bajarse la falda con manos temblorosas, pero Raúl, el portero del equipo, la detuvo agarrándola de la muñeca.
—Aún no hemos terminado contigo, preciosa.
—Por favor… —suplicó Valeria con voz rota—. Ya fue suficiente. Dejadme ir.
Raúl soltó una risa baja y oscura. Era un hombre grande, de piel morena, brazos tatuados y una mirada que intimidaba.
—Suficiente empezó cuando tu novio aceptó el juego. Ahora vas a cumplir.
Se acercó a ella por detrás y le apretó las tetas por encima del top, pellizcándole los pezones con fuerza. Valeria soltó un gemido ahogado.
—Mírala, Diego —dijo Raúl—. Tu novia tiene las tetas hinchadas y el coño chorreando. ¿Nunca la habías visto así?
Diego bajó la mirada. No era capaz de sostener la escena.
Valeria sintió una mezcla brutal de vergüenza, rabia y un calor traicionero que volvía a crecer entre sus piernas. Intentó cerrar los muslos, pero dos jugadores más (Javi y Nico) se colocaron a sus lados y se los abrieron de nuevo.
—No… por favor… —susurró ella, aunque su voz ya sonaba débil.
Marcos se sentó en un sillón cercano, como si estuviera disfrutando del espectáculo, y encendió un cigarro.
—Diego, tienes dos opciones —dijo con calma—. O te quedas ahí calladito mirando cómo follamos a tu novia, o te echamos de la casa y grabamos todo para que lo vea quien nos dé la gana. Tú eliges.
El silencio en la habitación era denso. Solo se escuchaba la respiración agitada de Valeria.
Diego tragó saliva. Miró a Valeria un segundo y luego bajó la cabeza.
—…Quédate callado —murmuró apenas audible.
Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Diego…? —preguntó con lágrimas en los ojos.
—Lo siento… —susurró él sin mirarla.
Raúl soltó una carcajada triunfal.
—Buen chico. Ahora siéntate bien y aprende cómo se folla a una mujer como Dios manda.
Empujó a Valeria contra la mesa otra vez, pero esta vez de espaldas a él. Le levantó la falda del todo y le dio una fuerte palmada en el culo que resonó en toda la habitación.
—Joder, qué culo más perfecto tienes —gruñó.
Valeria gritó por el impacto. Le ardía la piel.
Raúl se bajó los pantalones. Su polla era aún más gruesa que la de Marcos, con una cabeza grande y venosa. La frotó contra la entrada empapada de Valeria, mezclando su propia humedad con el semen que aún salía de ella.
—Estás hecha una puta desastre… y eso me pone más cachondo —dijo.
Empujó con fuerza. Entró hasta el fondo de una sola vez. Valeria soltó un grito largo y ahogado. Se sentía completamente llena, estirada al límite.
—Dios mío… es demasiado grande… —jadeó.
Raúl empezó a follarla con embestidas profundas y brutales. Cada golpe hacía que su cuerpo se sacudiera contra la mesa. Sus tetas se salían del top y rebotaban con violencia.
—Mírala, Diego —ordenó Javi—. Mira cómo se le mueven las tetas a tu novia mientras la follan.
Diego levantó la vista lentamente. Tenía los ojos rojos. No sabía si de ira, humillación o excitación.
Valeria intentaba morderse el labio para no gemir, pero era imposible. Cada embestida de Raúl tocaba un punto dentro de ella que la hacía perder el control.
—Dime que te gusta —le exigió Raúl, agarrándola del pelo y tirando hacia atrás.