Propiedad del equipo Rota #2
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Rota #2

—¿Qué haces? —preguntó Diego asustado.

Valeria no lo miró.

—Me voy. No sé dónde, pero me voy.

Entonces sonó el móvil de Diego. Era una videollamada de Marcos.

Diego miró la pantalla y luego a Valeria, aterrado.

—Si no contestas… —susurró Valeria— todo se acaba.

Diego pulsó el botón verde con mano temblorosa.

La cara de Marcos apareció en la pantalla, sonriendo.

—Hola, cornudo. ¿Ya le contaste nuestro trato a tu novia?

Valeria se acercó a la cámara, con la mirada fría y rota.

—Dime una cosa, Marcos —dijo con voz sorprendentemente calmada—. ¿Hasta dónde pensáis llegar?

Marcos sonrió con crueldad y respondió:

—Hasta que no quede nada de la Valeria que eras.

Y justo antes de colgar, añadió algo que heló la sangre de Valeria:

—Ah, y dile a Diego que el entrenador también quiere participar mañana. Quiere ser el primero en follarte mientras tu novio te sujeta.

Valeria no huyó esa noche.

Aunque tenía la maleta medio hecha sobre la cama, algo la detuvo. No era valentía. Era puro terror. Sabía que si huía, el vídeo llegaría a su madre, a sus amigas, a sus compañeros de trabajo y probablemente a las redes sociales. Su vida se destruiría en cuestión de horas.

Así que se quedó.

A la mañana siguiente, apenas durmió. Diego intentó hablar con ella varias veces, pero Valeria no le dirigía la palabra. Solo lo miraba con una mezcla de asco y lástima que lo destrozaba más que cualquier insulto.

A las 18:30 recibieron un mensaje conjunto:

Marcos:

19:00 en la casa grande. No lleguéis tarde. El entrenador os está esperando.

Cuando llegaron, el ambiente era distinto. Solo estaban Marcos, Raúl y el entrenador Gustavo. Nada de fiesta, nada de música. La luz era más tenue. Había una tensión pesada en el aire.

Gustavo estaba sentado en el sillón principal, con las piernas cruzadas.

Era de complexión fuerte, pelo corto con algunas canas y una mirada penetrante que parecía leer el alma.

No era guapo en el sentido clásico, pero tenía un carisma oscuro y autoritario que imponía respeto y miedo al mismo tiempo.

Había sido jugador profesional en su juventud, hasta que una lesión grave lo retiró.

Desde entonces entrenaba equipos semiprofesionales, pero se rumoreaba que tenía un pasado turbio: deudas, mujeres rotas y un carácter que nadie se atrevía a desafiar.

—Así que tú eres Valeria —dijo Gustavo con voz grave y calmada, sin levantarse.

Ella asintió sin mirarlo a los ojos.

Gustavo se levantó lentamente y se acercó. Era más alto de lo que parecía. La rodeó como si estuviera evaluando a un caballo.

—Llevo semanas observándote en las gradas —continuó—. Siempre tan correcta, tan educada… Sonriendo como si tu vida fuera perfecta. Me preguntaba cuánto tardarías en romperte.

Valeria sintió un escalofrío. Este hombre no hablaba como los jugadores. Hablaba como alguien que disfrutaba el proceso de destrucción.

Diego estaba a su lado, pálido como un fantasma.

Gustavo lo miró con desprecio.

—Y tú… el capitán. El gran líder del equipo. Mira en qué te has convertido. Dispuesto a entregar a tu novia para salvar tu orgullo de mierda.

Diego bajó la cabeza. No dijo nada.

Gustavo volvió a centrarse en Valeria.

—Quítate la ropa. Despacio.

Valeria obedeció. Ya no lloraba. Sus movimientos eran mecánicos, como si su mente estuviera en otro lugar. Cuando se quedó completamente desnuda, Gustavo la observó durante un largo minuto sin tocarla.

—Tienes un cuerpo excepcional —dijo finalmente—. Pero lo más interesante no es tu cuerpo. Es tu mirada. Todavía queda algo de orgullo ahí dentro. Eso me gusta. Me gusta romperlo.

Se sentó de nuevo en el sillón y señaló el suelo frente a él.

—De rodillas.

Valeria se arrodilló. Gustavo le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—Desde hoy, yo estoy al mando. Los jugadores pueden follarte cuando quieran, pero yo decido cuándo, cómo y hasta dónde. ¿Entendido?

—Sí… —susurró ella.

Gustavo sonrió por primera vez. Una sonrisa fría.

—Bien. Diego, siéntate ahí y no te muevas. Hoy vas a ver cómo un hombre de verdad toma lo que es suyo.

Lo que ocurrió después fue diferente a todo lo anterior.

Gustavo no fue brusco ni animal como los jugadores. Fue cruelmente paciente. La tocó durante casi cuarenta minutos sin penetrarla: la acariciaba, la pellizcaba, le metía los dedos y estudiaba cada reacción de su cuerpo y de su cara. La obligaba a mirarlo a los ojos todo el tiempo.

—Dime qué sientes —le exigía.

Valeria temblaba.

—Asco… vergüenza…

Gustavo negó con la cabeza.

—Mentira. Tu coño está empapado. Dime la verdad.

Valeria cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas empezaron a caer.

—…También siento placer —admitió con la voz rota—. Y eso me destroza.

Gustavo sonrió satisfecho.

—Esa es la respuesta correcta.

Finalmente la penetró. Lo hizo sentado en el sillón, con ella encima, obligándola a moverse. Mientras la follaba, le hablaba en voz baja, casi íntima:

—Sé que te sientes rota. Pero yo te voy a reconstruir. No como la novia tonta que eras antes. Te voy a convertir en algo mejor. En una puta consciente. En alguien que sabe exactamente lo que es.

Valeria gemía contra su voluntad. El placer era más intenso y más humillante que nunca, porque venía de un hombre que parecía entenderla mejor que ella misma.

En un momento, Gustavo miró a Diego.

—Ven aquí, capitán.

Diego se acercó con las piernas temblando.

—Sujétala por los hombros —ordenó Gustavo—. Quiero que sientas cómo tiembla tu novia mientras la follo.

Diego obedeció. Sujetó a Valeria mientras el entrenador la penetraba con fuerza. Valeria lo miró a los ojos a pocos centímetros. Había tanto dolor, traición y confusión en esa mirada que Diego empezó a llorar en silencio.

Cuando Gustavo se corrió dentro de ella, lo hizo con un gruñido bajo, agarrándola fuerte de las caderas.

Después, mientras Valeria estaba todavía encima de él, recuperando el aliento, Gustavo le susurró algo al oído que la dejó helada:

—Sé un secreto tuyo, Valeria. Sé que una parte de ti ya no quiere escapar. Y voy a hacer que esa parte gane.

Luego miró a Diego y añadió con una sonrisa peligrosa:

—Y tú… mañana vas a traer a tu novia al entrenamiento. Vas a ser tú quien la prepare y quien la entregue delante de todo el equipo.

Esa misma noche, a las 23:40, Valeria y Diego llegaron a la casa grande.

Estaban todos los titulares más el entrenador Gustavo. El ambiente era distinto. Había demasiada luz, demasiadas cámaras puestas en trípodes, y un silencio que no presagiaba nada bueno.

Gustavo estaba sentado en el centro del salón, con una copa en la mano.

—Bienvenidos —dijo con voz calmada—. Hoy es una noche especial. Diego, cumple con tu parte del trato.

Diego, con las manos temblando, le quitó el abrigo a Valeria como si fuera un muñeco. Luego le bajó el vestido lentamente hasta que quedó solo con lencería roja.

Valeria no opuso resistencia. Ya no le quedaban fuerzas. Solo quería que terminara rápido.

Pero Gustavo tenía otros planes.

—Esta noche —anunció— vamos a subir de nivel. Valeria ya no es solo nuestra puta. Va a convertirse en la puta oficial del equipo. Y vamos a dejar constancia.

Encendieron todas las cámaras.

Lo que ocurrió después fue brutal incluso para los estándares a los que ella ya se había acostumbrado.

La tumbaron en el suelo del salón, sobre una manta negra. Durante casi una hora la usaron sin descanso. Primero de dos en dos, luego de tres. La penetraban por todos los lados mientras Gustavo dirigía la escena como un director de cine.

—Más fuerte —ordenaba—. Quiero que se escuche cómo se rompe.

Valeria ya no gemía. Emitía sonidos roncos, casi animales. Su mente iba y venía. En algunos momentos se desconectaba completamente.

En un punto, mientras tres jugadores la follaban al mismo tiempo (uno en cada agujero), Gustavo se acercó a Diego, que estaba sentado en una silla obligado a mirar.

—Graba esto con tu móvil —le ordenó.

Diego obedeció con lágrimas en los ojos.

Entonces pasó lo fuerte.

Mientras Valeria estaba siendo follada salvajemente, con la cara contra el suelo y el cuerpo completamente sometido, Gustavo se agachó junto a ella, la agarró del pelo con fuerza y le susurró al oído:

—Tu madre ya ha visto parte del vídeo.

Valeria abrió los ojos de golpe. Todo su cuerpo se tensó.

—¿Qué… qué has dicho?

Gustavo sonrió con crueldad.

—Anoche le envié un fragmento de 18 segundos a tu madre. Sin tu cara completa, pero suficiente para que reconozca tu voz y tu cuerpo. Le puse un mensaje anónimo diciendo que su hija es la zorra del equipo de fútbol local.

Valeria soltó un grito desgarrador. Intentó levantarse, pero los jugadores la sujetaron con más fuerza.

—¡Hijo de puta! —gritó con toda su alma—. ¡Te voy a matar!

Por primera vez en muchos días, la rabia fue más fuerte que el miedo.

Se revolvió como una fiera. Consiguió darle un codazo en la cara a uno de los jugadores y arañar a otro. Durante unos segundos reinó el caos.

Gustavo se levantó, furioso, y le dio una bofetada tan fuerte que Valeria cayó de lado.

—Tranquila, perra —dijo con voz gélida—. Tu madre todavía no sabe que eres tú del todo… pero si sigues portándote mal, mañana le envío el vídeo completo con tu cara.

Valeria sangraba por el labio. Miró a Gustavo con un odio puro, profundo.

—Eres un monstruo —escupió.

Gustavo se rio.

—No. Soy solo el que te está mostrando quién eres en realidad.

Luego miró a todos los jugadores y dijo algo que cambió completamente el tono de la noche:

—Esta noche no vais a usar condón ninguno. Y vais a correros dentro de ella todos. Queremos ver si conseguimos preñarla antes de que acabe la temporada.

Valeria sintió que el mundo se derrumbaba.

Miró a Diego, buscando algo, cualquier cosa. Pero Diego solo lloraba en silencio, con el móvil grabando como le habían ordenado.

En ese momento, Valeria tomó una decisión interna.

Ya no quería huir.

Quería destruirlos.