Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Propiedad eterna

Lena no había cerrado los ojos en toda la noche.

Estaba sentada en el borde de la cama de Damien, con las rodillas contra el pecho y la mirada perdida en algún punto de la pared. El collar le pesaba contra la clavícula como si se hubiera vuelto de plomo durante la noche. Cada vez que tragaba saliva, sentía la placa fría rozarle la piel.

No había llorado más. Las lágrimas se le habían acabado en algún momento entre las cuatro y las seis de la mañana. Ahora solo quedaba un vacío pesado, casi tranquilo, que le apretaba el pecho.

Seguía viendo las fotos cada vez que cerraba los ojos.

Damien abrazando a su madre.

Damien besándola.

Damien follándosela.

Y lo que más le dolía no era eso.

Lo que más le dolía era que, mientras corría entre los olivos con los perros detrás, durante unos segundos… había sentido alivio al escuchar su voz por el megáfono.

Lena apretó los dientes y se tapó la cara con las manos.

“Qué asco”, pensó. “Qué puta asco.”

Se levantó de la cama y fue hasta el baño. Se miró en el espejo. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida y el collar brillando como una sentencia. Se tocó la placa con los dedos.

“DV”

Por un momento pensó en quitárselo. Solo para ver si todavía podía. Solo para demostrarse que todavía quedaba algo de ella misma dentro de esa habitación.

Sus manos temblaron sobre el cierre.

Pero no lo hizo.

Volvió a la habitación y se sentó otra vez en el borde de la cama. El sol ya empezaba a entrar por las cortinas. Fuera, la mansión volvía a la vida. Dentro, Lena se sentía más lejos de todo que nunca.

Oyó pasos en el pasillo.

Se tensó.

La puerta se abrió sin llamar.

Damien entró.

Llevaba solo un pantalón negro desabrochado y el torso desnudo. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Se detuvo en el umbral y la miró en silencio durante varios segundos.

Lena no levantó la vista.

Damien cerró la puerta detrás de él y se acercó despacio. Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su calor, pero sin tocarla.

—Lena —dijo con voz baja.

Ella siguió sin mirarlo.

Damien se agachó hasta quedar a su altura. Le puso dos dedos bajo la barbilla y le levantó la cara con suavidad.

Cuando sus ojos se encontraron, Lena sintió que algo se rompía dentro de ella.

Damien la miró durante un largo rato, como si estuviera buscando algo en su expresión.

Luego habló, casi en un susurro:

—Se acabó.

Lena tragó saliva. Su voz salió rota cuando contestó:

—Sí… se acabó.

***

Damien se quedó agachado frente a ella durante varios segundos, con los dedos aún bajo su barbilla. Lena no apartó la mirada esta vez. Tenía los ojos rojos, pero secos. Ya no le quedaban lágrimas.

Damien fue el primero en romper el silencio.

—Te fuiste anoche —dijo con voz baja.

Lena tragó saliva.

—Sí.

—¿Y volviste?

Ella soltó una risa amarga, casi sin sonido.

—No exactamente.

Damien asintió lentamente, como si esa respuesta le bastara. Se incorporó y se sentó en la cama, a su lado, sin tocarla. El colchón se hundió ligeramente bajo su peso.

Lena mantuvo la vista al frente.

Pasaron varios segundos antes de que ella hablara otra vez. Cuando lo hizo, su voz salió más baja de lo que pretendía.

—Vi las fotos.

Damien no respondió.

Lena giró la cabeza para mirarlo.

—Vi las cartas también. De mi madre. Para ti.

El silencio que siguió fue denso. Damien mantenía la vista fija en algún punto de la pared, con la mandíbula tensa.

Lena sintió que le temblaban las manos. Las apretó contra sus muslos.

—¿Qué había entre tú y mi madre? —preguntó directamente.

Damien cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su expresión era más dura.

—Eso ya no importa —respondió.

Lena soltó una risa corta y sin humor.

—¿No importa? ¿Me estás diciendo que no importa que mi madre te escribiera eso mientras estaba casada con mi padre? ¿Que no importa que hubiera fotos de los dos… follando?

Damien giró la cabeza y la miró. Sus ojos eran fríos, pero no vacíos. Había algo más detrás. Algo que Lena no alcanzaba a identificar.

—Fue hace mucho tiempo —dijo simplemente.

Lena sintió que la rabia le subía por la garganta.

—¿Y ahora qué? ¿Me follas a mí porque te recuerda a ella? ¿Soy el reemplazo?

Damien se tensó visiblemente. Se giró por completo hacia ella y le agarró la cara con una mano, no con violencia, pero con firmeza suficiente como para que no pudiera apartarse.

—No vuelvas a decir eso —gruñó.

Lena lo miró directamente a los ojos, sin miedo.

—Entonces dime la verdad.

Damien la sostuvo así durante varios segundos. Parecía estar decidiendo cuánto soltar y cuánto guardar. Finalmente, habló con voz baja y controlada:

—Lo que había entre tu madre y yo… terminó hace años. Antes de que tú nacieras.

Lena sintió un pinchazo en el pecho.

—¿Y después? —insistió—. ¿Después de que murieron mis padres? ¿Por eso me trajiste aquí? ¿Por eso me tienes con este collar?

Damien soltó su cara lentamente. Se quedó mirándola en silencio. Luego negó con la cabeza una sola vez.

—No —dijo—. No es por eso.

Lena frunció el ceño, confundida y dolida.

—Entonces ¿por qué?

Damien se levantó de la cama. Se alejó unos pasos y se quedó de espaldas a ella, mirando por la ventana. Cuando habló, su voz sonó más baja, casi como si hablara para sí mismo:

—Porque cuando te vi… supe que no podía dejarte marchar. Otra vez.

Lena sintió que se le helaba la sangre.

Damien se giró y la miró desde la distancia.

—Eso es todo lo que vas a saber por ahora.

***

Lena se levantó de la cama. Tenía las piernas temblorosas, pero se mantuvo en pie. Miró a Damien, que seguía junto a la ventana.

—No —dijo con voz firme—. No me sirve eso.

Damien giró lentamente hacia ella.

Lena dio un paso adelante. Tenía las manos apretadas a los costados.

—Vi las fotos. Leí la carta. Sé que había algo entre tú y mi madre. Y ahora… —tragó saliva— ahora quiero saber qué pasó realmente con mis padres.

El silencio que siguió fue largo.

Damien la miró sin expresión. Parecía estar decidiendo si responder o no. Finalmente, habló con voz baja:

—Tu padre descubrió algo que no debía.

Lena sintió que se le helaba la sangre.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

Damien guardó silencio otro momento. Luego respondió:

—Amenazó con llevarse todo. Incluyéndote a ti.

Lena dio un paso atrás, como si las palabras la hubieran golpeado.

Damien continuó, con la misma voz calmada y distante:

—Tomé una decisión.

Lena sintió que le costaba respirar.

—¿Qué decisión? —insistió, con la voz temblando.

Damien la miró directamente a los ojos. No apartó la vista.

—La que tenía que tomar —respondió simplemente.

Lena sintió náuseas. Se apoyó contra la pared para no caerse.

—¿Tú…? —empezó a decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

Damien no contestó. Solo la siguió mirando con esa misma expresión fría y cerrada.

Lena se tapó la boca con la mano. Las lágrimas le subieron a los ojos de golpe.

—Dime que no fuiste tú —susurró—. Dime que no tuviste nada que ver.

Damien se acercó un paso. Su voz bajó aún más:

—No voy a decirte eso.

Lena sintió que se le doblaban las piernas. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazándose las rodillas.

Damien se quedó de pie frente a ella. La miró durante varios segundos en silencio.

—Ahora ya sabes lo suficiente —dijo con voz grave.

Lena levantó la vista hacia él. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión de puro horror.

—Eres un monstruo… —susurró.

Damien se agachó lentamente hasta quedar a su altura. Le puso una mano en la mejilla, limpiándole una lágrima con el pulgar.

—Puede ser —respondió con calma—. Pero sigues aquí.

***

Lena seguía sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas contra el pecho. Las lágrimas le corrían por la cara sin control. Damien se había quedado de pie frente a ella, mirándola en silencio.

Pasaron varios minutos.

Lena levantó la vista hacia él. Tenía los ojos hinchados y una expresión de puro agotamiento.

—Dime que no fue así —susurró, con la voz rota—. Dime que no tuviste nada que ver con la muerte de mis padres.

Damien se agachó lentamente frente a ella. Le puso una mano en la mejilla y le limpió una lágrima con el pulgar.

—No te voy a mentir —respondió con voz baja.

Lena soltó un sollozo y cerró los ojos con fuerza. Damien se quedó ahí, agachado, sin apartar la mano de su cara.

—Ven aquí —dijo finalmente.

Lena no se movió al principio. Damien le puso la otra mano en la nuca y la atrajo hacia él con firmeza. Lena se dejó caer contra su pecho, llorando en silencio. Damien le puso una mano en su pelo y la otra en su espalda. La sostuvo contra él, pero sin llegar a abrazarla.

Se quedaron así durante un rato.

Luego Damien se levantó, la tomó en brazos sin esfuerzo y la llevó hasta la cama. La tumbó con cuidado, pero con decisión. Se colocó encima de ella, apoyando el peso en los antebrazos.

Lena lo miró con los ojos vidriosos.

—Damien… —susurró.

Él no contestó con palabras. Se inclinó y la besó. No fue un beso tierno. Fue profundo, posesivo, casi desesperado. Lena respondió con la misma intensidad, como si necesitara aferrarse a algo.

Damien le bajó la camiseta por los hombros y le quitó la ropa interior que aún llevaba. Se desabrochó el pantalón y se colocó entre sus piernas. La penetró suavemente, con cuidado, lento, pero profundo. Lena arqueó la espalda y soltó un gemido entrecortado.

Damien empezó a moverse dentro de ella con embestidas fuertes y controladas. Cada golpe parecía querer recordarle que ya no había escapatoria. Lena lloraba mientras lo abrazaba, clavándole las uñas en la espalda.

—No puedo más… —sollozó—. No puedo seguir así.

Damien la follaba con más intensidad, pegando su frente a la de ella.

Lena sacudió la cabeza, llorando.

—Te odio… te odio tanto…

—Y aun así estás aquí —respondió Damien, follándola más profundo—. Y aun así me aprietas con tus piernas como si no quisieras que me fuera nunca.

Lena soltó un gemido roto. Damien aceleró el ritmo, sujetándola por las caderas. Cada embestida era más fuerte que la anterior. Lena sentía que se estaba rompiendo por dentro.

Damien le agarró la cara con una mano y la obligó a mirarlo.

—Mírame —ordenó.

Lena abrió los ojos. Las lágrimas le corrían por las sienes.

—Dime que te quedas.

Lena negó con la cabeza, pero su cuerpo la traicionaba. Se estaba acercando al límite.

—Dime que te quedas conmigo —repitió Damien, más bajo.

Lena se corrió con un sollozo desgarrador, arqueándose debajo de él mientras las lágrimas seguían cayendo. Damien la siguió pocos segundos después, corriéndose dentro de ella con un gruñido profundo.

Se quedó encima de ella, todavía dentro, respirando agitado contra su cuello. Lena lloraba en silencio, abrazada a él como si temiera que se fuera.

Damien le besó la sien y le susurró al oído:

—Ahora ya no hay vuelta atrás.

Lena cerró los ojos. Seguía llorando, pero ya no intentaba apartarlo.

Por primera vez, no tenía fuerzas para resistirse.

Ni ganas.

***

Damien se quedó encima de ella durante un largo rato, todavía dentro, respirando pesado contra su cuello. Lena tenía los ojos cerrados y las lágrimas secándose en las sienes. Ya no lloraba. Solo respiraba.

Damien se retiró lentamente y se tumbó a su lado. La atrajo contra su pecho con un brazo y la abrazó con fuerza por primera vez desde que entró en la habitación. Lena se dejó hacer sin resistencia. Apoyó la cabeza en su pectoral y escuchó el latido fuerte y constante de su corazón.

Ninguno de los dos habló durante varios minutos.

Fue Lena quien rompió el silencio primero. Su voz salió baja, ronca y sin fuerzas:

—Esto ya no tiene arreglo, ¿verdad?

Damien le acarició el pelo con lentitud.

—No —respondió simplemente.

Lena tragó saliva. Seguía sin abrir los ojos.

—Mataste a mi padre… o al menos ordenaste que lo mataran. Y aun así estoy aquí. En tu cama. Con tu semen dentro de mí.

Damien guardó silencio un momento antes de contestar. Cuando lo hizo, su voz fue baja y calmada:

—Nunca fue tan sencillo.

Lena soltó una risa amarga, casi sin sonido.

—No te entiendo… Soy una enferma.

—No —dijo Damien, con voz más baja—. Eres mía. Estás aquí, conmigo. Y ya no puedes fingir que no me necesitas.

Lena abrió los ojos y levantó la vista hacia él. Tenía una expresión agotada, pero también algo más profundo. Una rendición que ya no intentaba ocultar.

Damien le sostuvo la mirada.

—Puedes odiarme todo lo que quieras —continuó—. Puedes tenerle miedo a lo que soy. Pero ya no puedes fingir que no quieres esto.

Lena bajó la vista y apoyó otra vez la cabeza en su pecho.

—Estoy asustada —confesó en un susurro.

—¿De mí?

Lena negó levemente con la cabeza.

—De lo que estoy dispuesta a aceptar con tal de no perderte… Con tal de estar siempre así.

Damien le besó la coronilla. No dijo nada durante un rato. Luego habló con voz grave y tranquila:

—Entonces ya no tienes que tener miedo. Porque no voy a dejarte ir. Ni aunque me odies. Ni aunque me temas. Ni aunque intentes huir otra vez.

Lena cerró los ojos. Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla y cayó sobre el pecho de Damien.

Damien la abrazó con más fuerza.

—Duerme —susurró contra su pelo—. Mañana todo seguirá igual. Y pasado mañana también. Y todos los días después de eso.

Lena no contestó. Se acurrucó más contra él y, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar por el cansancio.

Damien se quedó despierto, mirando el techo, con Lena dormida entre sus brazos.

Fuera, el sol ya estaba alto.

Damien Valmont, por primera vez en muchos años, sintió que algo dentro de él se calmaba.

Aunque sabía que esa calma era peligrosa.

Porque ya no solo quería poseerla.

Ahora también la necesitaba.