Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Huida y caza

Lena no durmió ni un minuto.

Se quedó tumbada en la cama, mirando al techo, con el collar frío pegado a su piel y el semen de Damien todavía resbalando entre sus piernas. Cada vez que cerraba los ojos veía las fotos: Damien abrazando a su madre, besándola, follándosela. La traición le quemaba por dentro como ácido.

A las cuatro de la mañana se levantó. Tenía los ojos hinchados de llorar y el cuerpo dolorido, pero la rabia le daba una claridad que no había sentido en semanas.

—No puedo seguir aquí —susurró mientras se vestía con ropa cómoda: vaqueros, sudadera oscura y zapatillas.

Abrió el armario y metió en una mochila pequeña lo imprescindible: algo de dinero que había conseguido guardar, su documentación, un cargador y una muda. Se miró en el espejo. El collar brillaba contra su piel. Quiso quitárselo. Sus dedos temblaron sobre el cierre.

Pero no pudo.

—Hijo de puta… —murmuró, dejando el collar puesto. Quitárselo ahora sería como admitir que ya había perdido.

Bajó las escaleras en silencio. La mansión estaba a oscuras. Solo las luces de seguridad del jardín iluminaban débilmente los pasillos. Sabía que había cámaras, pero también sabía que a esa hora los guardias solían hacer rondas menos frecuentes.

Llegó a la cocina y cogió un cuchillo pequeño, por si acaso. Luego se dirigió hacia la puerta trasera que daba al jardín sur.

Antes de abrirla, se detuvo.

Su mente era un torbellino.

“¿Y si me pilla? ¿Y si me trae de vuelta y me castiga peor que nunca?”

“¿Y si no quiero irme de verdad?”

Esa última idea la golpeó con fuerza. Se odió por pensarlo. Pero era verdad. Una parte de ella se había acostumbrado a sus manos, a su voz, a la forma en que la hacía correrse como nadie.

Sacudió la cabeza con rabia.

—No. Tengo que irme. Ahora.

Abrió la puerta con cuidado y salió al jardín. El aire de la noche era fresco. Corrió agachada entre los olivos, con el corazón latiéndole en la garganta. Cada ruido le parecía un paso de Damien. Cada sombra, uno de sus hombres.

Llegó hasta el muro sur. La verja lateral seguía cerrada, pero esta vez había traído una pequeña navaja. Empezó a manipular el candado con manos temblorosas.

—Vamos… vamos… —susurraba.

El candado cedió con un clic.

Lena sonrió con lágrimas en los ojos. Empujó la verja y salió.

Estaba fuera.

Por primera vez desde que llegó a esa mansión, estaba fuera de la jaula.

Empezó a correr por el camino de tierra que llevaba hacia la carretera principal. El miedo le daba alas. Pero también sentía algo más: un vacío extraño en el pecho.

Miró hacia atrás una sola vez.

La mansión se veía a lo lejos, iluminada e imponente.

Y por un segundo, una parte de ella quiso volver.

Lena apretó los dientes y siguió corriendo.

—No miro atrás —se repitió—. No miro atrás.

Pero mientras corría hacia la libertad, sentía el collar en su cuello, susurrándole que, aunque huyera, Damien Valmont ya estaba dentro de ella.

***

Lena corría como si el diablo la persiguiera.

Las piedras del camino de tierra se clavaban en sus zapatillas y el aire frío de la madrugada le cortaba los pulmones, pero no se detenía. El collar le rebotaba contra el cuello con cada zancada, recordándole constantemente lo que estaba dejando atrás.

“Solo un poco más”, se repetía. “Llega hasta la carretera, para un coche, y desaparece.”

Miró hacia atrás. La mansión ya era solo un conjunto de luces lejanas entre los olivos. Nadie parecía seguirla todavía. Quizás había tenido suerte. Quizás los guardias estaban cambiando el turno.

Siguió corriendo. El miedo le daba fuerzas, pero también sentía un nudo horrible en el estómago. Cada pocos metros se le pasaba por la cabeza la misma pregunta traicionera:

“¿Y si no quiero huir de verdad?”

Sacudió la cabeza con rabia y aceleró. No. Tenía que irse. Después de lo que había descubierto, quedarse era enfermizo.

Llegó a la carretera secundaria. Estaba vacía. Miró a ambos lados, desesperada. Ningún coche. Nada.

—Vamos… por favor… —susurró.

Empezó a caminar rápido por el arcén, con el pulgar preparado para levantarlo, rezando para que alguien parara. El collar le pesaba como una cadena. Se lo tocó instintivamente. Quiso arrancárselo, pero sus dedos no obedecieron.

De repente, oyó el sonido de motores a lo lejos.

Dos coches. Luces potentes.

Lena se escondió detrás de unos arbustos al lado de la carretera, con el corazón a punto de explotar. Los vehículos redujeron la velocidad al llegar a su altura. Eran todoterrenos negros. De Damien.

—Mierda… —susurró.

Uno de los coches se detuvo. La puerta se abrió y vio la silueta de un hombre bajando. No era Damien, pero sí uno de sus hombres.

—Está cerca —oyó que decía por radio—. El rastreador del collar sigue activo. No puede haber ido muy lejos.

Lena se tapó la boca con la mano. El puto collar. Tenía rastreador. Por supuesto que lo tenía.

Los faros barrieron la zona. Se agachó más, conteniendo la respiración. Los pasos se acercaron. Estaban buscando.

—Lena —oyó la voz de Damien a través de la radio del hombre—. Si me oyes, vuelve ahora. No hagas esto más difícil.

Su voz sonaba calmada. Demasiado calmada. Eso era lo que más miedo le daba.

Lena esperó a que el hombre se alejara un poco y empezó a correr de nuevo, campo a través, entre los olivos. Intentó arrancarse el collar mientras corría, pero no pudo. Las ramas le arañaban los brazos y el rostro, pero no le importaba. Tenía que alejarse.

Corrió durante lo que le parecieron horas, hasta que le ardían los pulmones y las piernas le temblaban.

En un par de ocasiones se detuvo e intentó manipular el collar para quitárselo, pero no pudo.

Siguió corriendo campo a través, sin saber hacia dónde iba.

Finalmente se escondió detrás de un tronco grueso y se dejó caer al suelo, intentando recuperar el aliento.

Por un momento, se permitió sentir una pequeña victoria.

Lo había conseguido. Estaba fuera.

Pero entonces oyó los perros.

Ladridos lejanos, pero acercándose.

Y la voz de Damien, ahora mucho más cerca, cortando la noche:

—Lena… no me obligues a cazarte como a un animal.

Lena se levantó de golpe, con el pánico inundándole las venas, y siguió corriendo.

Pero ya sabía la verdad.

La caza había empezado.

Y Damien Valmont nunca perdía lo que era suyo.

***

Los ladridos se acercaban.

Lena corría a ciegas entre los olivos, con las ramas arañándole la cara y los brazos.

El corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a reventarle el pecho.

Notaba el collar en su cuello chocando contra la clavícula con cada zancada, como un recordatorio constante de que Damien la estaba siguiendo.

“El rastreador… joder, el rastreador”, pensó desesperada.

Oyó motores. Dos, quizás tres coches moviéndose por los caminos cercanos. Voces de hombres gritando órdenes. Y por encima de todo, la voz de Damien, clara y fría, a través de un megáfono:

—Lena. Para ahora mismo. No hagas esto más difícil.

Ella siguió corriendo. Las lágrimas le nublaban la vista. Tropezó con una raíz y cayó al suelo, raspándose las manos y las rodillas. Se levantó rápidamente, ignorando el dolor, y siguió adelante.

De repente, unos faros la iluminaron desde el lado izquierdo. Un todoterreno negro frenó en seco a unos veinte metros. La puerta se abrió.

Damien bajó.

Solo. Sin hombres. Con paso largo y decidido, como un depredador que ya tenía a su presa acorralada.

Lena intentó correr más rápido, pero sus piernas estaban al límite. Damien la alcanzó en menos de diez segundos. La agarró por la cintura desde atrás y la levantó del suelo como si fuera una muñeca.

—¡Suéltame! —gritó ella, pataleando y golpeándole los brazos.

Damien la giró en el aire y la pegó contra el capó caliente del coche, inmovilizándola con su cuerpo. Su respiración estaba agitada, pero su voz salió sorprendentemente calmada.

—Se acabó —dijo contra su oído—. Se acabó huir.

Lena lloraba de impotencia, intentando empujarlo.

—¡Te odio! ¡Eres un puto enfermo!

Damien la giró para que lo mirara de frente. La sujetó por el collar con una mano y por la mandíbula con la otra. Sus ojos ardían de rabia contenida.

—Sí —respondió con voz baja—. Y lo volvería a hacer. Porque eres mía. Y nadie, ni tú, ni tu madre, ni Dios, me va a quitar lo que es mío.

Lena intentó morderle la mano que le sujetaba la cara, pero Damien se la apretó con más fuerza, obligándola a mirarlo. Ella le arañó el antebrazo y una línea roja apareció en la piel de Damien.

—Basta —ordenó.

Ella siguió forcejeando, pero Damien era mucho más fuerte. La desarmó con facilidad, quitándole el cuchillo que aún llevaba en la mano y tirándolo al suelo.

—Sube al coche —dijo con voz fría.

—¡No!

Damien no discutió. La levantó en brazos sin esfuerzo y la metió en el asiento trasero del todoterreno. Entró detrás de ella y cerró la puerta. Los cristales eran tintados. Nadie podía ver lo que pasaba dentro.

Lena se pegó contra la puerta opuesta, respirando agitada.

—Damien… por favor… —suplicó.

Él la miró durante varios segundos en silencio. No se abalanzó sobre ella. No la tocó más de lo necesario. Solo la observó con esa calma peligrosa que tanto miedo le daba.

—Ahora —dijo simplemente—, te vas a quedar quieta.

Lena temblaba. Esperaba furia. Esperaba que la follara allí mismo como castigo. Pero Damien no hizo nada de eso.

Se sentó a su lado, cerró la puerta y arrancó el coche. Durante todo el trayecto de vuelta a la mansión no volvió a mirarla. No le dijo una sola palabra más.

Solo conducía.

Y Lena, por primera vez, sintió verdadero miedo.

No por lo que iba a hacerle.

Sino porque Damien parecía… tranquilo.

Como si ya supiera que esto iba a pasar.

Como si lo hubiera previsto todo.

***

El trayecto de vuelta a la mansión fue en silencio.

Lena iba sentada en el asiento trasero, temblando. Damien conducía con una mano en el volante. No la tocó. No la miró por el retrovisor. Solo conducía, como si ella ya no fuera una amenaza… sino un problema ya resuelto.

Cuando llegaron, la mansión estaba iluminada. Varios hombres de Damien esperaban fuera, pero él les hizo un gesto seco para que se alejaran.

—No quiero que nadie nos moleste —ordenó.

Agarró a Lena del brazo y la sacó del coche. Ella caminaba con las piernas débiles, pero Damien no la ayudó. La llevó directamente al interior y subió las escaleras hacia su habitación principal.

En cuanto cerró la puerta, la soltó.

Lena se quedó de pie en medio de la habitación, respirando agitada. Esperaba que la empujara contra la pared. Esperaba que la follara como un puto animal como castigo.

Se quitó la chaqueta con calma y la dejó sobre una silla. Luego se giró hacia ella.

—Quítate la ropa —dijo con voz neutra.

Lena lo miró, confundida.

Damien no repitió la orden. Solo la observó en silencio.

Lena, con las manos temblorosas, se quitó la sudadera, los vaqueros y la ropa interior. Quedó completamente desnuda, salvo por el collar que brillaba en su cuello.

Damien se acercó despacio. No la tocó de inmediato. Se detuvo frente a ella y le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—Intentaste irte —dijo con voz baja—. Después de todo lo que he hecho por ti. Después de protegerte.

Lena tragó saliva. Las lágrimas le quemaban los ojos.

Damien bajó la mano y rozó con el dedo el collar que ella llevaba.

—Solo quería ver hasta dónde llegarías.

Lena sintió que se le helaba la sangre.

Damien dio un paso más cerca. Su voz bajó aún más.

—La próxima vez que intentes algo así, no voy a ir a buscarte yo. Voy a enviar a otros. Y cuando te traigan de vuelta… no voy a ser tan amable.

La miró directamente a los ojos.

—Ahora vete a la ducha. Y no intentes quitarte el collar otra vez. Si vuelves a intentarlo… lo soldaré a tu cuello.

Lena se quedó paralizada.

Damien se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—Cuando termines, quédate en la cama. No salgas de esta habitación hasta que yo te lo permita.

Abrió la puerta, pero antes de salir, se detuvo y habló sin mirarla:

—Esto no es un castigo, Lena. Esto es una advertencia.

Cerró la puerta tras de sí.

Lena se quedó sola en la habitación, completamente desnuda, con el collar apretándole el cuello y un miedo nuevo, más frío y más profundo, instalándose en su pecho.

Por primera vez desde que llegó a esa mansión, sintió que la jaula ya no era sólo física.

Era mental.

Y Damien acababa de demostrarle que ya tenía las llaves de ambas.

***

Lena se quedó mucho tiempo bajo la ducha.

El agua caliente le caía por el cuerpo, pero no conseguía quitarle el frío que sentía por dentro. Se frotó la piel hasta que quedó roja, como si pudiera borrar todo lo que había pasado esa noche. El collar, empapado, le pesaba más que nunca contra la clavícula.

Cuando por fin salió, se secó con torpeza y se puso una de las camisetas de Damien que había en el armario. No se molestó en ponerse ropa interior. Se metió en la cama y se quedó mirando el techo, abrazada a sí misma.

La habitación estaba en silencio.

Demasiado silencio.

No había nadie vigilándola. La puerta no estaba cerrada con llave. Damien ni siquiera le había puesto vigilancia extra. Como si supiera que ya no necesitaba hacerlo.

Lena se tocó el collar con los dedos. Lo recorrió lentamente. Por un momento pensó en quitárselo. Solo por ver qué pasaba. Solo por demostrar que todavía tenía algo de control.

Pero sus manos no se movieron.

Se quedó quieta, con los dedos sobre la placa fría que decía “DV”.

Cerró los ojos.

En su cabeza seguían apareciendo las mismas imágenes: las fotos de Damien con su madre, la voz de Damien por el megáfono mientras la cazaba, la forma en que la había mirado en el coche sin decir nada, la calma con la que le había advertido que la próxima vez no iría él personalmente a buscarla.

Y lo peor de todo…

Era que una parte muy pequeña de ella se había sentido aliviada cuando lo vio bajar del todoterreno.

No alivio por volver.

Alivio porque él había venido.

Lena abrió los ojos de golpe, como si pudiera ahuyentar ese pensamiento. Se giró hacia el lado contrario de la cama y se hizo un ovillo.

No quería pensar en eso.

No quería admitir que, durante unos segundos, mientras corría entre los olivos con los perros detrás, una parte de ella había esperado que Damien la encontrara.