Capítulo 8
El secreto
Lena no podía dormir.
Después de la ducha con Damien, su cuerpo estaba relajado, pero su mente era un caos. El collar le pesaba en el cuello, aunque solo pesara unos pocos gramos. El sabor de él aún permanecía en su boca. Se levantó de la cama a media noche, se puso una camiseta larga y bajó descalza al despacho.
Necesitaba hacer algo. Cualquier cosa que le recordara que todavía tenía algo de control.
La puerta del despacho no estaba cerrada con llave. Entró y encendió la lámpara del escritorio. El olor a tabaco y cuero de Damien seguía flotando en el aire.
Empezó a abrir cajones sin saber muy bien qué buscaba. Facturas, documentos de empresas, informes que no entendía. Hasta que abrió el último cajón inferior.
Había una caja de madera pequeña, cerrada con un sencillo pestillo.
La abrió.
Dentro había fotos.
Docenas de fotos.
Lena sintió que el mundo se detenía.
Sacó algunas con manos temblorosas. En la primera, Damien, mucho más joven, abrazaba por detrás a una mujer.
Su madre. Sonriendo. Besándola en el cuello.
En otra aparecían en una cama, semidesnudos, riendo.
En otra más, Damien la tenía contra una pared, besándola con una intensidad que Lena reconoció demasiado bien.
Dejó las fotos a un lado y encontró una carta doblada. La letra de su madre.
La abrió con cuidado.
«Damien,
Cada vez que mi marido me toca, pienso en ti. Esto está mal, pero no puedo parar. Te necesito. Ven esta noche.»
Lena se tapó la boca con la mano. Las lágrimas le subieron a los ojos de golpe.
—No… —susurró.
Siguió revolviendo la caja con dedos temblorosos. Había más fotos. Más cartas. No podía terminar de leer ninguna. Todas hablaban de algo que había durado años. Algo secreto. Algo que su madre había mantenido oculto mientras estaba casada con su padre.
Lena sintió náuseas. Rabia. Una traición profunda que le quemaba por dentro.
Cogió la caja en una mano y en la otra varias fotos y la carta que acababa de leer. Se levantó temblando. El collar le apretaba el cuello como nunca.
Salió del despacho y subió las escaleras casi corriendo. La rabia le daba fuerzas, pero también le temblaban las piernas.
Llegó a la habitación principal de Damien y abrió la puerta sin llamar.
Damien estaba sentado en la cama, revisando su teléfono. Levantó la vista, sorprendido.
Lena le tiró las fotos a la cara y la carta encima de la cama.
—¿Qué coño es esto? —preguntó con la voz rota—. ¿Qué había entre tú y mi madre?
Damien miró las fotos esparcidas. Su expresión cambió. Se volvió más oscura. Más fría.
Lena temblaba de rabia y confusión.
—Dime la verdad —exigió—. ¿Por eso me tienes aquí? ¿Por eso me follas? ¿Soy un puto reemplazo de ella?
El silencio que siguió fue pesado.
Damien dejó el teléfono a un lado y la miró fijamente. Empezó a recoger las fotos con movimientos lentos. Juntándolas en su mano. No contestó. Levantó su mirada y solo la observó con esa intensidad que siempre la desarmaba.
—Devuélvelo todo —dijo al fin, con voz baja y controlada—. Ahora.
Lena dio un paso atrás, recogiendo la carta de la cama y apretándola contra su pecho.
—No. Quiero respuestas.
Damien se levantó de la cama lentamente. Su mirada era peligrosa.
—Lena… —advirtió.
Ella sintió que el corazón le latía en la garganta. Tenía las fotos y la carta en las manos, pero de repente ya no estaba tan segura de querer saber más.
Damien dio un paso hacia ella.
—Devuélvemelo —repitió, más bajo—. Ahora.
***
Damien se quedó de pie, con un puñado de cartas en la mano y el resto esparcidas entre la cama y el suelo. Miraba a Lena con una calma que solo consiguió enfurecerla más.
Lena dio un paso hacia él, temblando de rabia. Las lágrimas le caían por las mejillas sin control.
—¿Qué coño es esto? —preguntó con la voz rota moviendo la carta de él—. ¿Qué había entre tú y mi madre?
Damien no contestó de inmediato. Solo la miró con esa expresión fría y calculadora que tanto odiaba.
—Devuélvemelo todo —dijo al fin, con voz baja y controlada.
—¡Que te jodan! —espetó Lena—. ¡No me toques!— y le escupió en la cara.
Damien se acercó lentamente. No parecía arrepentido. Solo… peligroso.
—Ven aquí —ordenó.
Lena retrocedió, pero Damien fue más rápido. La agarró del brazo y la atrajo contra su pecho con fuerza. Ella intentó golpearlo, pero él le sujetó las muñecas a la espalda con facilidad.
—Escúchame —gruñó cerca de su cara.
—¡Suéltame!
—Escúchame —repitió él, más bajo—. Lo que viste… no es lo que crees.
Lena soltó una risa amarga, cargada de dolor.
—¿No es lo que creo? ¿Me estás diciendo que las fotos mienten? ¿Que la carta de mi madre miente?
Damien la miró fijamente. Por un segundo, algo oscuro cruzó su expresión. No era solo rabia. Era algo más profundo. Más viejo.
Estuvo a punto de decir algo, pero calló. Lena se retorció y él le apretó más las muñecas.
—Me estás haciendo daño, cabrón.
—No deberías haber abierto esa caja —dijo finalmente, eligiendo las palabras con cuidado.
Lena lo miró con asco y traición.
—¿Y ahora qué? ¿Me estás follando a mí porque te recuerdas a ella? ¿Soy el reemplazo?
Damien apretó la mandíbula. Le agarró el collar con una mano y tiró de él para acercarla más.
—No vuelvas a decir eso —gruñó—. Eres mía. Punto. No preguntes por ella.
Lena sintió que se le rompía algo por dentro. Rabia, humillación y un dolor profundo que le quemaba el pecho.
—Todo encajó demasiado bien, ¿verdad? —continuó ella, con la voz temblando—. El testamento, que acabara viviendo contigo… ¿Desde cuándo planeabas esto?
Damien la empujó contra la pared, inmovilizándola con su cuerpo. Su respiración estaba agitada.
—Lena… —advirtió.
Ella lo miró directamente a los ojos, llorando de rabia.
—Dime la verdad. ¿Por eso me tienes aquí? ¿Por eso me follas?
Damien la miró durante varios segundos en silencio. Parecía estar decidiendo cuánto decir. Finalmente, habló con voz baja y peligrosa:
—Cuando te vi…—él se acercó y le rozó la mejilla—supe que no podía dejarte marchar. No otra vez.
Lena sintió náuseas.
—Eres un monstruo —susurró.
Damien le agarró la cara con una mano y la obligó a mirarlo.
—Puede ser —admitió con frialdad—. Pero soy el monstruo que te tiene ahora. Y el que no va a dejarte ir.
Bajó la mano y se la metió por dentro del pantalón corto. Lena jadeó cuando sintió sus dedos rozar su coño, ya empapado a pesar de todo.
—Mírate —murmuró Damien contra su oído—. Llorando de rabia… y chorreando por mí.
Lena cerró los ojos con fuerza, odiándose a sí misma. Intentó cerrar las piernas, pero Damien se lo impidió.
—Dime que pare —la retó, mordiéndole el cuello—. Dímelo y me detengo.
Lena no dijo nada.
Solo gimió cuando Damien le introdujo los dedos dentro de ella.
***
Damien no esperó más.
La levantó en brazos y la tiró sobre la cama con fuerza. Lena rebotó en el colchón, intentó incorporarse pero él se le echó encima, sujetándola por las muñecas contra el colchón.
—Damien… —susurró ella, con la voz temblorosa.
—Cállate —gruñó él, con los ojos oscuros.
Le bajó los pantalones cortos de un tirón junto con las bragas y se colocó entre sus piernas. Se sacó la polla con la mano libre y se la restregó en la entrepierna de ella buscando su coño.
Damien la rozaba con su polla, sujetándola por el collar, sin llegar a penetrarla. Cada movimiento era deliberado, como si estuviera castigándola y reclamándola al mismo tiempo.
Lena tenía los ojos llenos de lágrimas. La rabia y la confusión le quemaban por dentro.
—Dime qué había entre tú y mi madre —exigió entre gemidos y sollozos.
Damien no contestó. Siguió acariciando el cuerpo, con su polla y con sus manos, mirándola fijamente desde arriba. Solo se oía el sonido de la respiración agitada de ambos.
Lena insistió, con la voz rota:
—Dime la verdad… por favor.
Damien se detuvo de repente. Se quedó completamente quieto, mirándola con una expresión impenetrable. El silencio se hizo pesado.
Después de varios segundos, habló con voz baja y calmada:
—No.
Lena lo miró, confundida y enfadada.
—¿No? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
Damien inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera estudiándola.
—Te he dicho que me devuelvas mis fotos —dijo simplemente.
Volvió a moverse, esta vez más lento, empujando más fuerte. Lena gimió a pesar de sí misma.
—Damien… —suplicó.
Él se inclinó sobre ella hasta que sus labios rozaron los de ella.
—Ahora cállate —murmuró contra su boca—. No hables más.
Lena cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas le corrían por las sienes mientras Damien seguía rozándola con su polla con un ritmo constante y dominante. Cada vez que intentaba volver a preguntar, él la besaba con fuerza o le apretaba el collar, impidiéndole hablar.
Lena lloraba en silencio, rota.
Damien le besó una lágrima con ternura.
***
Damien respiraba pesado contra su cuello. Lena tenía la mirada perdida en el techo, las lágrimas cayéndole silenciosas por las sienes.
Pasaron varios minutos en silencio.
Finalmente, Damien se incorporó ligeramente sobre los antebrazos, sin retirarse ni un centímetro, y la miró a los ojos. Lena tenía los ojos hinchados y el collar brillando contra su piel.
—Suelta las fotos —murmuró él.
Lena tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz salió rota:
—Eres un monstruo —y soltó el resto de las fotos que aún tenía en las manos, que cayeron esparciéndose en el suelo.
Damien no se inmutó. Le limpió una lágrima con el pulgar.
—Un monstruo…? Puede ser —contestó con calma.
Lena cerró los ojos con fuerza. Quería gritar. Quería pegarle. Quería que se apartara de ella.
—Aléjate de mí —susurró, con la voz temblorosa—. Ya para… y quítame tu polla de encima.
Damien se quedó completamente quieto. La miró durante varios segundos en silencio, como si estuviera evaluando su petición.
—No —respondió simplemente.
Lena abrió los ojos, sorprendida y dolida.
—Damien…
—No —repitió él, más bajo. Le agarró las muñecas y se las puso por encima de la cabeza, inmovilizándola contra la cama.
Lena soltó un sollozo. Intentó moverse, pero Damien la tenía bien sujeta. Le metió la polla y empezó a moverse dentro de ella otra vez, lento pero profundo.
—Dime que te vas a quedar —exigió, follándola con embestidas controladas.
Lena negó con la cabeza, llorando.
—No puedo… no puedo seguir aquí.
Damien aceleró ligeramente el ritmo, mirándola fijamente a los ojos.
—Sí puedes —gruñó—. Y lo harás.
Lena gimió, odiándose por cómo su cuerpo respondía incluso ahora. Damien se inclinó sobre ella, pegando su frente a la de ella sin dejar de moverse.
—Ódiame —susurró contra sus labios—. Ódiame todo lo que quieras. Pero esto ya no tiene marcha atrás.
Damien se corrió dentro de ella con un gruñido bajo y posesivo. Lena se corrió poco después, con un gemido roto y lágrimas en los ojos.
Se quedó encima de ella, todavía enterrado hasta el fondo, abrazándola con fuerza contra su pecho. Lena lloraba en silencio.
Damien le acarició el pelo y le susurró al oído:
—Descansa. Mañana hablaremos.
Lena no contestó. Se quedó acurrucada contra él, con el cuerpo todavía conectado al de Damien y miles de preguntas sin respuesta dándole vueltas en la cabeza.
Y ahora Lena ya no sabía qué era peor: lo poco que sabía… o todo lo que todavía le quedaba por descubrir.
—Esto no ha terminado —dijo Damien.
Se apartó lentamente, se levantó de la cama y empezó a vestirse sin decir nada más. Lena se quedó tumbada, mirando el techo, con el cuerpo todavía temblando y miles de preguntas sin respuesta dándole vueltas en la cabeza.
Damien recogió las fotos y la carta del suelo con cuidado, y lo guardó todo en la caja.
Se incorporó y le habló dándole la espalda.
—No vuelvas a tocar esta caja.
Luego se giró hacia ella.
—Descansa —dijo con voz neutra—. Mañana hablaremos.
Salió de la habitación sin mirar atrás llevándose la caja.
Lena se quedó sola, con el semen de Damien resbalando entre sus piernas y un vacío enorme en el pecho.
La puerta se cerró y Lena se tocó el collar.
No sabía qué era peor: lo que había visto… o lo que Damien no le había contado.