Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

La ducha

Lena estaba sentada en el borde de su cama, todavía con las piernas temblando y el coño sensible después de la follada salvaje en el salón. El collar le pesaba más que nunca alrededor del cuello. Cada vez que respiraba, sentía la placa fría contra su piel, recordándole exactamente lo que era ahora.

“DV”

No había podido quitárselo. Ni siquiera lo había intentado.

La puerta de su habitación se abrió sin llamar. Damien entró como si fuera el dueño de todo. Que lo era. Llevaba solo un pantalón de chándal negro bajo y el torso desnudo, dejando ver todos sus tatuajes y la cicatriz de la mandíbula.

—Levántate —ordenó con voz grave.

Lena lo miró. Todavía tenía el cuerpo marcado por sus manos: el culo rojo de los azotes, chupetones en el cuello y el sabor de él todavía en la boca.

—No quiero más por hoy —dijo, aunque su voz sonó más débil de lo que pretendía.

Damien se acercó y le puso el dedo índice bajo la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus ojos no eran solo hambrientos esta vez. Había algo más. Algo más profundo.

—No te he preguntado qué quieres —murmuró—. Te he dicho que te levantes.

Lena se puso de pie lentamente. Damien la observó con esa intensidad que la desarmaba.

—Vamos a ducharnos —anunció él—. Juntos.

Lena parpadeó.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Llevas todo el día con mi corrida dentro. Quiero lavarte yo mismo.

Lena sintió un calor traicionero subirle por el vientre. Intentó resistirse.

—No necesito que me duches. Puedo hacerlo sola.

Damien soltó una risa baja, casi suave, y se acercó más, hasta que su pecho desnudo rozó el de ella.

—Hoy no vas a hacer nada sola. Hoy vas a dejar que tu dueño te cuide. Quiero lavarte… tocarte… y sentir cómo te rindes bajo mis manos.

Lena tragó saliva. El conflicto dentro de ella era cada vez más fuerte. Una parte quería mandarlo a la mierda. Otra parte, la que más miedo le daba, ya estaba imaginando el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos desnudos y las manos de Damien recorriéndola.

—No soy tu juguete —murmuró, aunque ya estaba caminando hacia la puerta con él.

Damien le puso una mano en la parte baja de la espalda, guiándola por el pasillo hacia su habitación principal. Su toque era firme, pero extrañamente protector.

—Eres mucho más que un juguete, pequeña. Eres mi obsesión. Y las obsesiones se cuidan.

Entraron en el baño de Damien. Era enorme. Una ducha abierta gigantesca con varios chorros, mármol negro y cristal. Damien abrió el agua caliente y se quitó el pantalón sin vergüenza. Su polla ya estaba semierecta.

Se metió bajo el agua y extendió la mano hacia Lena.

—Desnúdate y ven aquí.

Lena se quedó en la puerta, dudando. El vapor empezaba a llenar el baño. Damien la miró con paciencia peligrosa, pero también con algo parecido a ternura.

—Puedo arrastrarte yo mismo —advirtió en voz baja—. Pero prefiero que entres tú. Quiero verte quitándote la ropa para mí.

Lena respiró hondo. Con manos temblorosas, se quitó la sudadera, los vaqueros y la ropa interior. El collar quedó brillando contra su piel desnuda.

Damien la devoró con la mirada, pero esta vez no fue solo hambre. Fue algo más profundo.

—Joder… ven aquí, pequeña.

Ella entró en la ducha. El agua caliente cayó sobre su cuerpo como una caricia. Damien la atrajo contra él inmediatamente, pegando su cuerpo al suyo bajo el chorro.

—Buena chica —susurró contra su cuello, mientras sus manos grandes empezaban a recorrerle la espalda con lentitud—. Ahora vas a dejar que te lave… y vas a sentir exactamente lo que me haces.

***

El agua caliente caía con fuerza sobre ellos, llenando el baño de vapor.

Damien la tenía pegada contra su cuerpo, una mano firme en su cintura y la otra subiendo lentamente por su espalda. Lena cerró los ojos cuando sintió el agua resbalar entre sus pieles. La polla de Damien, ya medio dura, presionaba contra su vientre, pero él no se apresuraba.

—Relájate —murmuró contra su cuello, mientras cogía el gel de ducha.

Lena intentó mantenerse tensa, pero las manos de Damien eran grandes, calientes y sorprendentemente suaves cuando empezaron a enjabonarla. Le lavó los hombros con movimientos lentos, bajó por los brazos, y luego volvió a subir por su cuello, rozando el collar con los dedos casi con reverencia.

—Esto te queda tan bien… —susurró, pasando el pulgar por la placa “DV”.

Lena tragó saliva. El contraste era brutal: el agua caliente, las caricias casi tiernas, y ese collar recordándole constantemente que era suya.

Damien vertió más gel en sus manos y empezó a lavarle las tetas con lentitud deliberada. Sus pulgares rozaron los pezones, que se endurecieron al instante. Lena soltó un pequeño gemido, incapaz de contenerlo.

—¿Ves? —dijo él con voz ronca y baja—. Tu cuerpo ya sabe a quién pertenece.

Bajó las manos por su cintura, por sus caderas, y se arrodilló frente a ella. Lena abrió los ojos, sorprendida de verlo de rodillas. Damien le separó las piernas con cuidado y empezó a lavarle los muslos, subiendo poco a poco.

Cuando llegó a su coño, lo hizo con una lentitud tortuosa y casi devota. Sus dedos enjabonados rozaron sus labios hinchados, limpiando con paciencia los restos de su corrida anterior. Lena se agarró a sus hombros, temblando.

—Damien… —susurró, con la voz entrecortada.

—Shhh —respondió él, mirándola desde abajo mientras sus dedos la lavaban con cuidado casi reverente—. Hoy quiero cuidarte… antes de volver a romperte.

Introdujo un dedo dentro de ella con suavidad, limpiándola por dentro. Lena soltó un gemido más profundo. El agua caía sobre la cabeza de Damien, resbalando por su cara y su pecho tatuado. La imagen era demasiado intensa.

Damien se levantó, la giró y pegó su espalda contra su pecho. Empezó a enjabonarle el culo, masajeándolo con fuerza contenida. Sus dedos bajaron hasta rozar su ano, jugando con él sin llegar a entrar, solo marcando territorio.

—Todo esto es mío —susurró contra su oído, mordiéndole suavemente el lóbulo—. Cada parte de ti. Cada suspiro. Cada vez que tiembles.

Lena apoyó las manos en la pared de la ducha, respirando agitada. El agua caliente, las manos de Damien, su voz grave y posesiva… todo estaba consiguiendo que su mente se nublara. Quería odiarlo. Quería seguir resistiéndose.

Pero se sentía… cuidada. Deseada. Protegida de una forma retorcida que nadie le había dado nunca.

Damien la giró de nuevo, la pegó contra la pared de mármol y la besó. No fue el beso brutal de otras veces. Fue profundo, lento, casi desesperado. Su lengua invadió su boca mientras sus manos seguían recorriéndole el cuerpo, lavándola, tocándola, marcándola como suya.

Cuando se separó, apoyó su frente contra la de ella, dejando que el agua cayera entre sus caras.

—¿Ves lo fácil que es? —murmuró—. Cuando dejas de pelear… te sientes bien, ¿verdad?

Lena no contestó. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, respirando con dificultad.

Damien sonrió con esa oscuridad que la desarmaba.

—Esto solo es el principio de la ducha, pequeña.

***

Damien cortó el beso y miró a Lena con los ojos oscuros de deseo.

—Arrodíllate —murmuró con voz ronca.

Lena dudó un segundo, el agua cayendo entre ellos. Damien le puso una mano en el hombro con firmeza pero sin violencia, guiándola hacia abajo. Ella se dejó caer de rodillas sobre el mármol mojado.

La polla de Damien, dura y gruesa, quedó justo delante de su cara. El agua resbalaba por su pecho tatuado y caía sobre la cabeza hinchada.

—Ábrela —dijo él, agarrándola suavemente del pelo mojado—. Quiero sentir esa boca tan bonita alrededor de mí.

Lena abrió los labios y Damien empujó hacia dentro con lentitud controlada. No fue brusco. Entró profundo, llenándole la boca con cuidado. Lena gimió alrededor de su grosor, agarrándose a sus muslos para mantener el equilibrio.

—Joder… así —gruñó Damien, moviendo las caderas con embestidas lentas y profundas—. Chúpame como solo tú sabes.

El agua caía sobre la cara de Lena mientras Damien le follaba la boca con ritmo cadencioso. Cada vez que llegaba al fondo de su garganta, ella se tensaba y eso parecía excitarlo aún más.

—Mírate… —susurró él, mirándola desde arriba con una mezcla de posesión y fascinación—. De rodillas en mi ducha, con mi collar puesto, tomándome tan bien. Mi zorra favorita.

Lena gemía alrededor de su polla, las lágrimas se mezclaban con el agua. Su coño palpitaba de necesidad. Damien lo notó.

—¿Estás mojada otra vez? —preguntó con una sonrisa oscura y cálida—. Claro que sí. Te encanta cuando te tengo así.

Sacó la polla de su boca con un sonido obsceno y la levantó del suelo como si no pesara nada. La pegó contra la pared de la ducha y se arrodilló frente a ella.

—Ahora me toca a mí —dijo con voz ronca.

Le separó las piernas con cuidado y enterró la cara entre sus muslos. Su lengua atacó su clítoris con hambre contenida, lamiendo y chupando con devoción. Dos dedos entraron en ella con suavidad, moviéndose mientras le devoraba el coño.

Lena soltó un grito ahogado y se agarró al pelo de Damien.

—¡Damien!

Él gruñó contra su coño, vibrando contra su clítoris.

—Sabe a mí —murmuró entre lametazos—. Todavía estás llena de mí… y me encanta.

Lena temblaba. El agua caliente, la lengua experta de Damien y sus dedos moviéndose dentro de ella la estaban volviendo loca. Sus piernas empezaron a fallarle.

Damien levantó una de sus piernas y se la puso sobre el hombro, abriéndola más. Chupó su clítoris con más intensidad, moviendo los dedos con un ritmo perfecto.

—Quiero que te corras en mi boca —gruñó—. Vamos, pequeña. Córrete para mí.

Lena explotó con un orgasmo intenso, gritando su nombre mientras se convulsionaba contra su cara, inundándole la boca con sus fluidos.

Damien no se detuvo inmediatamente. Siguió lamiéndola con suavidad hasta que ella se retorció de sensibilidad, suplicando entre gemidos.

Cuando por fin se levantó, tenía los labios brillantes y una sonrisa oscura, casi tierna.

—Buena chica —dijo, besándola con fuerza para que probara su propio sabor—. Pero esto todavía no ha terminado.

El agua seguía cayendo sobre ellos.

***

Damien apagó el agua y se quedó mirándola bajo el vapor que llenaba la ducha.

Lena tenía la espalda apoyada contra la pared de mármol, las piernas temblando y la respiración entrecortada.

El collar brillaba mojado contra su piel enrojecida.

Damien se acercó, la levantó en brazos como si no pesara nada y la sacó de la ducha.

La envolvió en una toalla grande y la llevó hasta la cama de su habitación.

La tumbó con cuidado y se colocó a su lado, apoyando el peso en un antebrazo. El agua todavía resbalaba por sus cuerpos. No intentó penetrarla. Solo la atrajo contra su pecho y la rodeó con los brazos.

Lena lo miró a los ojos. Tenía la mirada vidriosa, confundida.

—¿Por qué haces esto? —susurró—. Un momento me follas como si me odiaras… y al siguiente me lavas como si… como si realmente te importara.

Damien se quedó en silencio unos segundos, observándola. Su mano subió lentamente y le acarició el pelo mojado. Le dio un beso en la sien.

—Porque eres mía —respondió con voz grave y baja— y porque nadie más volverá a hacerte daño.

Lena sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas le quemaban los ojos.

—Y esto… ¿esto es cuidarme? —preguntó con la voz rota y los ojos húmedos— Yo no soy una cosa.

—No. No eres una cosa.

Le acarició el cuello con la mano abierta.

—Eres peor.

Damien suspiró y la apretó más contra su pecho, acariciándole la espalda con lentitud.

Lena cerró los ojos y se acurrucó contra él. Sentía el calor de su cuerpo, el latido fuerte de su corazón, el collar frío contra su piel y su mano enorme acariciando su delicado cuello.

—No puedo seguir así… —murmuró—. Te odio… pero cuando me abrazas así, ya no sé qué siento. Me estoy perdiendo, Damien.

Él le acarició la mejilla y le levantó la barbilla para que lo mirara.

—Entonces déjate perder. Yo voy a estar aquí. No voy a soltarte. Ni aunque tú me lo pidas.

Se quedaron en silencio, abrazados, con el vapor todavía flotando en el aire y el collar brillando entre sus cuerpos.

Lena no contestó. Solo cerró los ojos y se dejó sostener, exhausta, confundida y cada vez más enganchada a ese hombre que la destruía y la reconstruía al mismo tiempo.

Fuera de la habitación, la mansión seguía en silencio.

Pero dentro de Lena, algo había cambiado para siempre.

Ya no solo tenía miedo de Damien.

Tenía más miedo de necesitarlo.