Capítulo 6
Celos
Lena se despertó sintiendo el collar alrededor de su cuello.
No era pesado. Era peor. Era constante. Cada vez que tragaba saliva, cada vez que giraba la cabeza sobre la almohada, las partes frías de metal le recordaban lo que había hecho la noche anterior: arrodillarse, chupar la polla de Damien mientras él la llamaba “mi perra con collar”, tragarse hasta la última gota y darle las gracias después.
Se llevó la mano al cuello y tocó la placa ovalada. “DV”. Las letras estaban grabadas con elegancia, casi con belleza. Eso lo hacía aún más humillante.
Se levantó de la cama y se miró en el espejo del baño. El collar resaltaba contra su piel. No era ostentoso, pero era imposible de ignorar. Cualquiera que la mirara de cerca sabría exactamente lo que significaba.
—Hijo de puta… —susurró, aunque su voz no tenía tanta rabia como le hubiera gustado.
Bajó a desayunar con una sudadera de cuello alto para intentar esconderlo, aunque sabía que era inútil. Damien ya estaba en el comedor, leyendo el periódico con una taza de café en la mano. Cuando la vio entrar, levantó la vista y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Quítate la sudadera —ordenó con calma.
Lena se detuvo en seco.
—No.
Damien dejó el periódico sobre la mesa y la miró fijamente.
—He dicho que te la quites.
Lena apretó los puños. La resistencia seguía ahí, latiendo dentro de ella como un segundo corazón. Pero después de lo de anoche, también había algo más: una extraña y peligrosa curiosidad por ver hasta dónde era capaz de llegar.
Se quitó la sudadera con movimientos bruscos y la tiró sobre una silla. El collar quedó completamente visible contra su piel desnuda.
Damien la miró con satisfacción.
—Mucho mejor. Quiero verte llevarlo siempre. Incluso cuando estés sola.
Lena se sentó frente a él, intentando ignorar cómo el collar se sentía contra su clavícula. El silencio se extendió mientras desayunaban. Damien no dejaba de mirarla. Cada bocado que daba, cada vez que se llevaba la taza a los labios, sentía sus ojos clavados en ella.
***
A media mañana, mientras Lena intentaba leer en el salón, oyó voces en el vestíbulo. Damien hablaba con alguien. Reconoció la voz de Javier inmediatamente.
—…el cargamento de Valencia llega esta noche —decía Javier—. Hay que tener cuidado, la policía de allí está más nerviosa de lo habitual.
—Que se encargue Raúl —respondió Damien con tono seco—. Y dile que si hay algún problema, lo resuelva de forma definitiva. No quiero cabos sueltos.
Lena sintió un escalofrío. Mafia. Tráfico. Violencia. Todo aquello era real. No era solo un hombre rico y dominante. Era un capo.
Momentos después, Javier entró en el salón buscando a Damien. Al verla sentada en el sofá, se detuvo. Sus ojos bajaron automáticamente al collar cuya parte plateada brillaba en su cuello.
—Vaya… —murmuró con una sonrisa ladeada—. Veo que el jefe ha marcado territorio.
Lena se tensó. Javier era alto, moreno, con una presencia peligrosa pero más relajada que Damien. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja y una forma de mirar que hacía que una se sintiera desnuda.
—No es asunto tuyo —respondió ella con frialdad.
Javier soltó una risa baja y se acercó un par de pasos.
—Tranquila, princesa. Solo admiro el trabajo de mi jefe. Ese collar te queda… interesante.
En ese momento Damien apareció en la puerta del salón. Su expresión cambió al instante al ver a Javier tan cerca de Lena.
—Javier —dijo con voz cortante—. ¿No tienes nada que hacer?
Javier levantó las manos en gesto inocente, pero su sonrisa no desapareció.
—Solo venía a despedirme, jefe. Ya me iba.
Antes de salir, miró una última vez a Lena, deteniéndose un segundo de más en su cuello y en sus labios. Luego volvió a mirar a Damien y desapareció cerrando la puerta tras de sí.
***
Damien no esperó a que Javier desapareciera del todo.
En cuanto la puerta del salón se cerró, agarró a Lena del brazo y la empujó contra la pared con fuerza controlada.
—¿Qué coño ha sido eso? —gruñó, pegando su cuerpo al de ella.
Lena levantó la barbilla, desafiante.
—No ha sido nada. Solo ha entrado y me ha mirado.
Damien soltó una risa oscura y peligrosa. Le agarró el collar con dos dedos y tiró hacia arriba, obligándola a ponerse de puntillas.
—Ese hijo de puta te ha mirado el cuello, las tetas y el culo como si quisiera arrancarte el vestido. Y tú te has quedado ahí, quieta, dejándole hacerlo.
Lena sintió un escalofrío. La dureza de Damien presionaba contra su vientre.
—No le he hecho nada —protestó.
Damien metió la mano por debajo de su sudadera y le apretó una teta con fuerza, pellizcándole el pezón.
—Tienes los pezones duros —gruñó contra su cuello—. Te excita que esté celoso, ¿verdad? Te gusta saber que voy a follarte más duro solo porque Javier te ha mirado.
Lena intentó negar, pero un gemido se le escapó cuando Damien le bajó los vaqueros de un tirón y metió la mano dentro de sus bragas. Sus dedos encontraron su coño completamente empapado.
—Joder… —susurró Damien, metiendo dos dedos de golpe—. Chorreando. Mi puta con collar se moja cuando otro hombre la desea delante de su dueño.
En ese momento, la voz de Javier se oyó de nuevo en el pasillo, hablando con uno de los hombres sobre el cargamento de la noche.
Damien tensó la mandíbula. Sus celos explotaron.
—Se acabó —dijo con voz ronca.
La giró bruscamente, la inclinó sobre el respaldo del sofá y le bajó las bragas de un tirón. Lena se agarró al mueble, respirando agitada.
—Damien… aquí no…
Él se sacó la polla dura y, sin avisar, se la metió hasta el fondo de un solo empujón brutal.
Lena soltó un gemido ahogado.
—Calla —ordenó Damien, empezando a follarla con fuerza—. Quiero que Javier pase por aquí y te oiga. Quiero que sepa exactamente a quién pertenece este coño, estas tetas y este culo.
Cada embestida era profunda y salvaje. El sonido de piel contra piel llenaba el salón. Damien le tiró del collar hacia atrás mientras la taladraba, obligándola a arquear la espalda.
—Dilo —gruñó—. Dime a quién coño perteneces.
—A ti… —jadeó Lena, sintiendo que se deshacía—. Soy tuya…
—Más alto.
—¡Soy tuya, joder! ¡Tu puta!
Damien aceleró, follándola como un animal, castigándola con cada embestida.
—Esto es lo que pasa cuando otro te mira —susurró contra su oído—. Te follo más duro. Te lleno más. Hasta que solo puedas pensar en mi polla.
Lena explotó con un orgasmo brutal, mordiéndose el brazo para no gritar. Damien la siguió segundos después, corriéndose dentro de ella con un gruñido gutural, llenándola hasta rebosar.
Cuando terminó, se quedó dentro de ella, respirando pesado.
—Recuerda esto la próxima vez que Javier te mire —susurró, mordiéndole el hombro—. Este coño tiene dueño.
***
Damien no le dio ni un segundo para recuperarse.
Todavía con la respiración agitada y el cuerpo temblando, Lena sintió cómo él se apartaba ligeramente, pero sin soltarla del todo. El semen caliente le bajaba ya por los muslos, empapando las bragas que Damien acababa de subirle con rudeza.
En ese preciso momento, la voz de Javier volvió a oírse en el pasillo, más cerca, dando instrucciones a uno de los hombres sobre el cargamento.
Damien tensó la mandíbula. Sus ojos brillaron con una mezcla de furia y satisfacción oscura. Agarró a Lena del brazo y la colocó de pie a su lado, justo cuando Javier asomaba por la puerta del salón.
Javier se detuvo en seco al verlos. Su mirada bajó instintivamente al collar en el cuello de Lena, a su pelo revuelto, a sus mejillas enrojecidas y a la forma en que ella apretaba las piernas.
—Jefe… —empezó Javier con una sonrisa ladeada, pero Damien lo interrumpió.
—Creí que ya te habías ido —dijo Damien con voz peligrosamente calmada, mientras su mano bajaba posesivamente hasta posarse en la curva del culo de Lena, apretando la carne por encima de la tela.
Javier no se amedrentó. Dio un paso más dentro del salón, mirando alternativamente a Damien y a Lena.
—Solo quería confirmar los detalles del cargamento antes de marcharme. Pero veo que estás… ocupado. —Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el cuello de Lena—. Ese collar le queda muy bien. Felicidades, jefe. Has marcado bien tu territorio.
Damien sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Tiró suavemente del collar de Lena, obligándola a levantar la barbilla.
—Más que marcado —respondió con tono bajo y cargado—. Acabo de recordarle a quién pertenece. ¿Verdad, pequeña?
Lena se tensó, humillada, pero no se atrevió a contradecirlo delante de Javier. Damien apretó más el culo de ella, casi como una advertencia.
Javier soltó una risa baja, aunque sus ojos se endurecieron.
—Entiendo. Siempre tan… concienzudo. Algunos dirían que exageras con la protección. —Hizo una pausa deliberada—. Pero claro, cuando la mercancía es tan… valiosa, es normal ponerse celoso.
El aire en el salón se volvió espeso. Damien dio un paso adelante, colocando a Lena detrás de él de forma protectora y amenazante al mismo tiempo.
—Cuidado, Javier —dijo Damien con voz suave pero letal—. Hay cosas que no se tocan. Ni se miran demasiado tiempo. Y mucho menos se comentan. A menos que quieras que te recuerde cuál es tu lugar en esta organización.
Javier levantó las manos en gesto de paz, pero su sonrisa seguía siendo desafiante.
—Tranquilo, jefe. Solo admiro tu trabajo. No todos tenemos la suerte de tener algo tan… obediente en casa. —Miró una última vez a Lena—. Nos vemos esta noche en el muelle.
Se dio la vuelta y salió del salón.
En cuanto la puerta se cerró, Damien se giró hacia Lena, con los ojos ardiendo de celos y rabia contenida.
—Ese cabrón está jugando con fuego —gruñó, empujándola de nuevo contra la pared—. Y tú… tú vas a llevar mi semen todo el día para que no se te olvide a quién coño perteneces.
***
Damien se quedó mirando la puerta por donde había salido Javier durante varios segundos, como si estuviera conteniendo las ganas de ir detrás de él. Luego se giró hacia Lena, que aún estaba apoyada contra la pared, con las piernas temblorosas y el cuerpo marcado.
Se acercó lentamente y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con una delicadeza engañosa. Su dedo bajó después hasta el collar, tirando ligeramente de él para obligarla a mirarlo a los ojos.
—Ese cabrón está empezando a olvidar su lugar —murmuró Damien—. Pero tú no vas a olvidarlo, ¿verdad?
Lena tragó saliva. Sentía el semen caliente aún moviéndose dentro de ella con cada pequeño movimiento, el culo ardiendo de los azotes y el peso constante del collar en su cuello.
—No… —susurró.
Damien sonrió satisfecho y la besó con rudeza, metiendo la lengua como si quisiera reclamarla también por dentro. Cuando se separó, apoyó su frente contra la de ella.
—Buena chica. Este collar no es solo por celos. Es para que todos sepan que estás protegida… y que eres mía. Mientras lo lleves, nadie en mi mundo se atreverá a tocarte. Ni siquiera Javier.
Hizo una pausa y su voz bajó aún más, casi un susurro peligroso:
—Pero si alguna vez me entero de que le das pie… el castigo que te espera será mucho peor que arrodillarte y tragarte mi polla. ¿Entendido?
Lena asintió en silencio, exhausta, rendida y con un torbellino de emociones contradictorias: rabia, humillación, miedo… y ese deseo oscuro que cada vez era más difícil de negar.
Damien le dio un último beso en la sien, casi tierno.
—Ve a ducharte. Pero no te quites el collar. Y no te limpies demasiado bien. Quiero que bajes a cenar sintiéndome todavía dentro de ti.
Lena se dirigió hacia la puerta con las piernas débiles. Antes de salir, Damien habló una última vez, con tono casual pero cargado de advertencia:
—Ah, y Lena… si Javier vuelve a acercarse demasiado, ni siquiera le contestes. Baja la mirada y ven directamente a buscarme. No me obligues a recordártelo de otra forma.
Ella asintió sin mirarlo y salió del salón.
Mientras subía las escaleras, sentía el collar frío contra su piel y el semen de Damien goteando con cada paso. Su mente era un caos.
Abajo, Damien se sirvió un whisky y miró por la ventana. Dio un largo trago. Esta vez no sonreía.