Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

El collar

A la mañana siguiente, Lena bajó a desayunar con el cuerpo aún sensible y la mente revuelta. Apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos recordaba cómo Damien la había follado contra la pared mientras la fiesta seguía a tan solo unos pocos metros.

Estaba terminando el café cuando la empleada se acercó.

—El señor Valmont la espera en su despacho.

Lena apretó la taza con fuerza. Sabía que esto no iba a ser bueno.

Cuando entró en el despacho, Damien estaba sentado detrás del escritorio, relajado y con una expresión como la de quien ya ha tomado una decisión. Levantó la vista y la miró con esa intensidad que la ponía nerviosa.

—Cierra la puerta.

Lena obedeció, pero se quedó de pie cerca de la entrada, sin acercarse.

Damien sonrió ligeramente.

—Ayer te portaste bien en la fiesta. No me avergonzaste. Eso merece una recompensa.

Lena cruzó los brazos sobre el pecho.

—No quiero ninguna recompensa tuya.

Damien ignoró su comentario y abrió un cajón. Sacó una caja pequeña de terciopelo negro y la abrió sobre el escritorio.

Dentro había un collar elegante de plata y cuero negro, fino pero sólido. En el centro, una pequeña placa ovalada con la inscripción grabada: “DV”

Lena se quedó mirando el collar como si fuera una serpiente.

—No —dijo inmediatamente, dando un paso atrás—. Ni de coña.

Damien se echó hacia atrás en el sillón, observándola con calma.

—Es un collar precioso. Y muy significativo.

—No me voy a poner eso —respondió Lena con la voz temblando de rabia y miedo—. No soy tu mascota. No soy tu esclava. Esto ya ha ido demasiado lejos, Damien.

Él se levantó lentamente y rodeó el escritorio. Lena retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta.

Damien se detuvo frente a ella, muy cerca, y levantó la mano para acariciarle la mejilla. Ella apartó la cara.

—Eres mía —dijo con voz baja y peligrosa—. Estás bajo mi control. Y ahora también eres mi puta. Este collar solo va a hacer oficial lo que ya es realidad.

Lena lo miró a los ojos con desafío.

—Quítate esa idea de la cabeza. No me voy a poner un puto collar como si fuera un perro.

Damien soltó una risa baja, casi divertida, pero sus ojos seguían fríos.

—Puedes resistirte todo lo que quieras, pequeña. Pero al final vas a llevarlo. Porque yo lo decido. Y cuanto más te resistas ahora… más duro va a ser cuando te lo ponga esta noche mientras te follo.

Se inclinó hasta dejar sus labios a un suspiro de los de ella.

—Imagínatelo, Lena. De rodillas, con mi polla en la boca y ese collar brillando en tu cuello. Con esta placa —dijo acariciando la placa con aquellas letras —¿No te pone cachonda solo pensarlo?

Lena sintió que se le encendía la cara de vergüenza y rabia. Quiso empujarlo, insultarlo, salir corriendo. Pero su cuerpo reaccionó de forma traicionera, humedeciéndose entre las piernas.

Damien lo notó. Siempre lo notaba.

—Esta noche —dijo con calma absoluta— vas a venir aquí. Te vas a arrodillar voluntariamente o te voy a poner de rodillas yo. Y te voy a poner el collar y después te follaré la boca.

Dio un paso atrás, dejándole espacio.

—Decide cómo quieres que sea, pequeña. Fácil… o muy, muy instructivo.

***

Esa misma noche, poco después de la cena, Damien la llamó de nuevo al despacho.

Lena se presentó con vaqueros y una sudadera ancha, intentando cubrirse lo máximo posible. Era su pequeña forma de rebelión. Cuando entró, Damien estaba de pie junto al escritorio, con la caja de terciopelo negro abierta frente a él.

—Acércate —ordenó.

Lena se quedó junto a la puerta.

—No voy a ponerme eso, Damien. Ya te lo dije esta mañana. No soy tu mascota.

Damien la miró con esa calma peligrosa que ella tanto odiaba. Cogió el collar con dos dedos y lo levantó para que ella lo viera bien. La plata brillaba bajo la luz de la lámpara. La placa ovalada con las letras grabadas “DV” era imposible de ignorar.

—Este collar no es un adorno —dijo con voz grave—. Es un símbolo. Mientras lo lleves, todo el mundo que sepa leerlo entenderá que perteneces a mí. No solo legalmente. No solo en la cama. En todos los sentidos.

Lena sintió un escalofrío.

—Quítate esa idea de la cabeza. No voy a llevar un puto collar como si fuera tu perra.

Damien dejó el collar sobre el escritorio y se acercó a ella lentamente. Lena retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.

—¿Prefieres que te trate como a una puta cualquiera? —preguntó él, plantándose frente a ella—. Porque puedo hacerlo. Puedo follarte cuando me apetezca y luego ignorarte. O puedo tratarte como lo que eres: mía. Y las cosas que son mías llevan mi marca.

Lena levantó la barbilla, desafiante, aunque el corazón le latía con fuerza.

—Estoy bajo tu control, pero no tu esclava. Hay una diferencia.

Damien soltó una risa baja y oscura. Levantó la mano y le acarició el cuello, justo donde iría el collar.

—La diferencia la marco yo —murmuró—. Y a partir de hoy, cada vez que te mires al espejo, cada vez que te toques, cada vez que te metas los dedos pensando en mí, vas a sentirme en tu cuello. Y vas a recordar quién te folla, quién te castiga y quién te protege.

Lena tragó saliva. Intentó apartarle la mano, pero Damien se la sujetó contra la pared.

—No quiero llevarlo —insistió, con la voz más débil de lo que le hubiera gustado.

—Lo vas a llevar —respondió Damien con absoluta certeza—. Porque en el fondo sabes que ya eres mía. Lo supiste desde el primer día que te mojaste cuando te agarré de la barbilla. Lo supiste cuando te arrodillaste. Y lo supiste cuando te corrías gritando mi nombre mientras te follaba y te llenaba.

Se inclinó hasta que sus labios rozaron los de ella.

—Este collar solo va a hacer visible lo que ya es verdad.

Lena cerró los ojos, respirando agitada. Sentía rabia, humillación… y un calor traicionero instalándose de nuevo entre sus piernas.

Damien le soltó la mano y dio un paso atrás.

—Ahora, esta misma noche, —dijo con calma— te vas a arrodillar voluntariamente y me vas a pedir que te ponga el collar. O te voy a obligar. Tú eliges cómo de humillante quieres que sea.

Señaló el suelo frente a él.

—Decide, pequeña.

Lena se quedó mirando el collar sobre el escritorio, brillando bajo la luz.

Su orgullo gritaba que no.

Pero su cuerpo… su cuerpo ya estaba empezando a rendirse.

***

Damien no tuvo que esperar mucho.

Lena se quedó mirando el collar durante casi un minuto entero, respirando agitada, con los puños cerrados a los lados del cuerpo. Finalmente, con pasos lentos y cargados de derrota, se acercó y se arrodilló frente a él.

Damien se sentó en el sillón de cuero, abriendo las piernas para que ella quedara entre ellas. La miró desde arriba con una mezcla de triunfo y deseo oscuro.

—Buena chica —murmuró—. Sabía que al final ibas a elegir bien.

Cogió el collar con una mano y lo levantó frente a los ojos de Lena. La placa de plata brilló bajo la luz.

—Repite conmigo —ordenó suavemente—: “Quiero llevar el collar de mi dueño”.

Lena apretó la mandíbula. Las lágrimas de rabia le quemaban los ojos.

—No voy a decir eso.

Damien sonrió con paciencia cruel. Le agarró el pelo con una mano y tiró hacia atrás, obligándola a mirarlo.

—Dilo —repitió, más bajo—. O te vas a quedar de rodillas toda la noche hasta que lo digas.

Lena tembló. El orgullo luchaba con todas sus fuerzas, pero su cuerpo ya había perdido la batalla.

—Quiero… —su voz se quebró—. Quiero llevar el collar de… —el odio apareció en sus ojos.

Damien soltó un sonido de aprobación afirmando con la cabeza y se inclinó hacia delante.

Con movimientos lentos y deliberados, le colocó el collar alrededor del cuello.

Las partes de plata del collar se sintieron frías y despiadadas contra su piel caliente, mientras el cuero se ceñía a su garganta.

Aseguró la hebilla con un tirón decidido.

Lena sintió que algo dentro de ella se rompía.

—DV —susurró Damien, pasando un dedo por la placa—. Ahora es oficial.

Lena respiraba con dificultad. El collar no era pesado, pero se sentía como una cadena invisible alrededor de su alma.

Damien se recostó en el sillón y se desabrochó los pantalones lentamente. Su polla gruesa y dura saltó fuera, ya completamente erecta.

—Ahora demuéstrame que entiendes lo que significa este collar —dijo con voz ronca—. Chúpame la polla, pequeña. Y quiero que lo hagas con el collar puesto.

Lena lo miró con los ojos brillantes. Quiso negarse. Quiso levantarse y salir corriendo. Pero el collar en su cuello parecía pesar cada vez más.

Se inclinó hacia delante, tomó la base de la polla de Damien con una mano temblorosa y se la metió en la boca.

—Joder… eso es —gruñó Damien, enredando los dedos en su pelo—. Mira cómo te queda el collar mientras me la chupas… Tan bonita… Tan mía.

Lena empezó a mover la cabeza, torpe al principio, pero Damien no tuvo paciencia. Le sujetó el pelo con más fuerza y empujó hacia abajo, follándole la boca con lentas embestidas profundas.

—Más profundo —ordenó—. Quiero sentir cómo esa garganta se aprieta alrededor de mi polla. Eso es… buena puta. Mi puta con collar chupándome la polla como una profesional.

Lena gemía alrededor de su grosor, las lágrimas le corrían por las mejillas. La humillación era absoluta. Y sin embargo, su coño estaba empapado.

Damien la miró con los ojos entrecerrados de placer.

—Esto es lo que eres ahora, Lena. Mi perra con collar. Cada vez que lleves esto puesto, vas a recordar que tu boca, tu coño y tu culo me pertenecen. ¿Lo entiendes?

Ella solo lo miró con odio, con la polla llenándole la boca, y su cuerpo traicionándola y humedeciendo su entrepierna.

Damien aceleró el ritmo, follándole la garganta con más fuerza.

—Cuando me corra, te lo vas a tragar todo. Y después me vas a dar las gracias por ponerte el collar. ¿Está claro?

Lena hizo como que no lo había escuchado. Se le pasó por la cabeza hincarle los dientes en la polla y morderla con todas sus fuerzas. Así que empezó a cerrar la mandíbula y sintió la polla de Damien entrando y saliendo rozando sus dientes. Quería hacerle daño.

Damien echó la cabeza hacia atrás con un gruñido y se corrió con fuerza en su boca, llenándola hasta que Lena tuvo que tragar desesperadamente para no ahogarse. Pero aun así, el semen le desbordó por los labios, chorreando de su boca.

Cuando terminó, Damien le acarició el pelo con falsa ternura, mirándola arrodillada frente a él con el collar brillando en su cuello y los labios hinchados y brillantes.

—Dime las palabras —susurró.

Lena, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas, murmuró:

—Eres un cabrón.

Damien sonrió como si aquellas palabras fueran las que esperaba.

—Aún tienes mucho que aprender. Chica traviesa y mala…

***

Damien se quedó mirándola durante un largo momento, todavía con la polla morcillona y semidura entre los labios de Lena. Le acarició el pelo con una lentitud casi tierna, contrastando brutalmente con todo lo que acababa de hacerle.

—Limpia y trágatelo todo —murmuró—. Hasta la última gota.

Lena obedeció, lamiendo y tragando con dificultad. Cuando Damien por fin la soltó, ella se quedó de rodillas, respirando agitada, con los labios hinchados y el collar brillando en su cuello.

Damien se abrochó los pantalones con calma y luego la levantó del suelo como si no pesara nada. La sentó en su regazo, de lado, y la rodeó con los brazos. Lena se tensó al principio, pero terminó apoyando la cabeza contra su pecho, exhausta.

—Esto es lo que eres ahora —dijo Damien en voz baja, pasando un dedo por la placa del collar—. Cada vez que te mires al espejo, cada vez que te duches, cada vez que te toques … aquí estaré yo.

Lena cerró los ojos. Sentía una profunda vergüenza, casi dolorosa. Pero también algo más. Una rendición extraña y peligrosa que le calentaba el pecho y el vientre.

—No soy tu propiedad —susurró, aunque su voz ya no tenía tanta convicción.

Damien soltó una risa suave y le besó la sien.

—Sí lo eres. Y cuanto antes lo aceptes, mejor será para ti. Este collar no es solo un castigo. Es una protección. Mientras lo lleves, nadie en mi mundo se atreverá a tocarte. Ni siquiera Javier, por mucho que te desee.

Lena levantó la cabeza y lo miró.

—¿Y si me lo quito? —espetó desafiante.

Damien la miró fijamente, con esa intensidad que la desnudaba.

—Puedes intentarlo. Pero si te lo quitas sin mi permiso… el castigo será mucho peor que arrodillarte y chuparme la polla. Te lo prometo.

Le pasó el pulgar por los labios hinchados y añadió con voz más grave:

—Este collar significa que tu entrenamiento acaba de empezar. Voy a enseñarte a complacerme. Voy a enseñarte a obedecer. Y voy a enseñarte a correrte solo cuando yo te lo permita.

Lena sintió un escalofrío. Quiso protestar, quiso decirle que no era su juguete. Pero el peso del collar en su cuello y el sabor de Damien todavía en su boca le recordaban lo inútil que sería resistirse ahora.

Damien la abrazó más fuerte contra su pecho y le acarició la espalda.

Lena se quedó en silencio, acurrucada contra él. Su mente era un torbellino de emociones contradictorias: rabia, humillación, miedo… y un deseo oscuro que cada vez era más difícil de negar

Damien le besó el pelo.

—Duerme esta noche con el collar puesto. Vete a la cama.

Lena no respondió.

***

Cuando llegó a su habitación, se quedó varios minutos frente al espejo.

No podía dejar de mirar aquella pequeña placa de plata apoyada sobre su garganta.

Alargó la mano para quitársela.

Sus dedos se detuvieron a medio camino.

Bajó la mano.

Y apagó la luz.