Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Exhibición

Habían pasado dos días desde aquella primera vez en el despacho.

Dos días en los que Damien apenas le había dirigido la palabra más allá de órdenes secas y miradas que parecían atravesarla. Lena había pasado la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación o en el gimnasio, intentando ordenar todo lo que sentía. Su cuerpo todavía recordaba cada detalle.

Esa tarde, mientras intentaba distraerse leyendo en el salón principal, Damien apareció de repente.

Llevaba un traje negro impecable, camisa blanca abierta en los primeros botones y ese aire de capo que siempre parecía llevar encima. Se detuvo frente a ella y la miró de arriba abajo con calma.

—Esta noche hay una fiesta —anunció sin preámbulos—. Gente de la organización. Es importante. Vas a venir conmigo.

Lena levantó la vista del libro, sorprendida.

—¿Una fiesta? ¿Aquí?

Damien asintió.

—En el salón grande y en el jardín. Cincuenta personas. Negocios y placer. Tú vas a estar a mi lado toda la noche.

Lena sintió un nudo en el estómago.

—No quiero ir a ninguna fiesta tuya. No soy tu acompañante.

Damien se acercó hasta quedar frente a ella. Se inclinó ligeramente y le sujetó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—Tú eres lo que yo diga que seas —respondió con calma peligrosa—. Y esta noche vas a ser mi acompañante. La mujer que está bajo mi protección.

Lena intentó apartar la cara, pero él no la soltó.

—Te he dejado un vestido en tu habitación —continuó—. Negro, corto, escotado. Te lo vas a poner. Sin sujetador. Quiero que estés guapa. Quiero que todos te miren… y sepan que no pueden tocarte.

Lena sintió que se le encendían las mejillas.

—¿Me estás vistiendo como a una muñeca?

Damien sonrió con oscuridad.

—Te estoy vistiendo para que todos entiendan algo.

Se inclinó más cerca, hasta que sus labios casi rozaban los de ella.

—Y quiero que cuando estés rodeada de hombres peligrosos, recuerdes que sigues sintiéndome dentro de ti.

Lena apretó los muslos instintivamente. El recuerdo la golpeó con fuerza.

—No voy a ponerme ese vestido —protestó, aunque su voz sonó débil.

Damien soltó su barbilla y se incorporó, mirándola desde arriba.

—O te lo pones tú… o entro en tu habitación dentro de una hora y te lo pongo yo mismo. Y te aseguro que si tengo que hacerlo yo, vas a bajar a la fiesta con el culo rojo de los azotes que te dé con mis propias manos.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta.

—La fiesta empieza a las nueve. Sé puntual, pequeña.

Antes de salir, se giró una última vez.

—Y Lena… compórtate. Porque si me avergüenzas delante de mi gente, el castigo de esta noche va a ser mucho peor que el que mereciste la última vez.

La puerta se cerró tras él.

Lena se quedó sentada en el sofá, con el corazón acelerado y un calor familiar instalándose entre sus piernas.

Miró hacia el piso de arriba, hacia su habitación, donde la esperaba el vestido que Damien había elegido para exhibirla.

Y por primera vez, tuvo miedo real de lo mucho que estaba empezando a gustarle todo esto.

***

A las nueve en punto, Lena bajó las escaleras con las piernas temblando.

El vestido que Damien había elegido era negro, corto y ajustado como una segunda piel. Tenía un escote profundo en la espalda que llegaba casi hasta la curva de su culo. Sin sujetador. Cada paso hacía que la tela se moviese peligrosamente.

Damien la esperaba al pie de la escalera. Cuando la vio, sus ojos se oscurecieron.

—Joder… —murmuró, recorriéndola con la mirada—. Estás exactamente como quería.

Se acercó y le colocó una mano en la parte baja de la espalda, justo donde terminaba el vestido. Sus dedos rozaron la piel desnuda.

—Recuerda —susurró cerca de su oído—: esta noche estás conmigo. Sonríe, calla y obedece. Si te portas bien, quizá te recompense después.

Lena sintió un escalofrío. Quiso protestar, pero ya se oían voces y risas provenientes del salón grande.

La fiesta estaba en pleno apogeo. Unos cincuenta invitados, casi todos hombres, algunos con mujeres al lado. El ambiente olía a cigarros caros, whisky y poder. La música era baja y sensual. Damien la guió entre la gente con la mano firmemente apoyada en su cintura, marcando territorio.

Varias miradas se clavaron en ella. Algunas curiosas. Otras abiertamente hambrientas.

Damien parecía disfrutar cada una de ellas.

—Esta es Lena —decía con naturalidad cuando alguien se acercaba—. Va a vivir conmigo una temporada.

Y mientras lo decía, su mano bajaba lentamente hasta posarse en la curva superior de su culo, apretando ligeramente la carne por encima de la tela. Lena se tensaba, pero no se apartaba. Sabía que no podía.

En un momento, Damien la llevó hacia un grupo de tres hombres que hablaban cerca de la barra. Uno de ellos, alto y moreno con una cicatriz en la ceja, sonrió al verla.

—Javier —dijo Damien con tono neutro—, te presento a Lena.

Javier la miró de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se detuvieron más tiempo del necesario en su escote y en sus piernas.

—Encantado, Lena —dijo con una sonrisa ladeada—. Damien no nos había dicho que tenía a una mujer tan… impresionante viviendo con él.

Damien apretó los dedos en la cintura de Lena, casi con fuerza. Lena sintió la tensión en su cuerpo.

—Está bajo mi protección —respondió Damien con voz fría—. Así que mírala lo justo.

Javier levantó las manos en gesto de inocencia, pero su sonrisa no desapareció.

—Tranquilo, jefe. Solo admiraba la vista.

Damien no contestó. En cambio, tiró de Lena hacia él y le plantó un beso posesivo en la sien, justo delante de Javier. Luego bajó la boca hasta su oreja y susurró para que solo ella lo oyera:

—¿Ves cómo te miran? Todos quieren lo que es mío.

Lena sintió que se le encendía la cara. La humillación era brutal. Pero también sentía cómo se le mojaban las bragas. Su cuerpo la traicionaba otra vez.

Durante la siguiente media hora, Damien la paseó por la fiesta como si fuera un trofeo.

La mano nunca abandonaba su cuerpo: a veces en la cintura, a veces rozando el lateral de sus tetas, a veces bajando peligrosamente cerca del culo.

Cada vez que alguien la miraba demasiado tiempo, Damien la apretaba más contra él, recordándole a quién pertenecía.

En un momento, mientras Damien hablaba de negocios con dos hombres, Javier se acercó a ella por detrás.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, con una sonrisa cómplice—. Pareces un poco… tensa.

Lena no contestó. Sintió la mirada de Damien clavarse en ellos desde unos metros de distancia.

Javier se inclinó un poco más.

—Si alguna vez necesitas algo… lo que sea… solo dímelo.

Antes de que Lena pudiera responder, Damien ya estaba a su lado. Le pasó un brazo por los hombros y la pegó contra su pecho con fuerza.

—Javier —dijo con tono helado—, ¿no tienes nada mejor que hacer?

Javier sonrió, levantó su copa y se alejó.

Damien esperó a que se perdiera entre la gente y luego miró a Lena con ojos oscuros.

—Al pasillo. Ahora.

Su voz no admitía discusión.

Lena sintió un nudo en el estómago mientras Damien la guiaba fuera del salón principal hacia uno de los pasillos laterales, menos iluminado.

Sabía que la fiesta no había hecho más que empezar.

Y que Damien estaba a punto de recordarle, de la forma más sucia posible, quién mandaba.

***

Damien no esperó ni un segundo más.

Con la mano firmemente agarrada a su cintura, la sacó del salón principal y la llevó por el pasillo lateral, menos iluminado y más alejado del bullicio de la fiesta. La música y las voces seguían oyéndose de fondo, pero ahora estaban más solos.

En cuanto doblaron la esquina, Damien la empujó contra la pared con fuerza controlada, pegando su cuerpo contra el de ella por detrás.

—¿Qué coño te ha dicho Javier? —gruñó contra su oído.

Lena jadeó al sentir la dureza de su polla presionando contra su culo.

—Nada importante… solo me preguntó si estaba bien —respondió, intentando sonar calmada.

Damien soltó una risa baja y peligrosa. Una de sus manos bajó hasta el borde del vestido y lo subió sin piedad, dejando su culo al descubierto.

—¿Que si estabas bien? —repitió, apretando sus nalgas con fuerza posesiva—. Ese hijo de puta te estaba mirando como si quisiera follarte delante de todos.

—No le he dejado —protestó Lena, aunque su voz se quebró cuando Damien metió la mano entre sus piernas y presionó dos dedos contra sus bragas empapadas.

—Estás empapada —gruñó él, frotando su coño hinchado por encima de la tela—. ¿Te excita que te miren?

Lena negó con la cabeza, pero un gemido se le escapó cuando Damien apartó las bragas a un lado y metió dos dedos gruesos dentro de su coño de un solo golpe.

—Mentira —susurró Damien mientras la follaba con los dedos sin piedad, curvándolos para golpear ese punto que la volvía loca—. Te gusta que te exhiba. Te gusta que todos sepan que este coño me pertenece.

Los dedos entraban y salían con facilidad, mojados y ruidosos. Lena mordió su propio brazo para ahogar los gemidos. La fiesta estaba a solo unos metros. Cualquiera podía aparecer y verlos.

—Damien… nos pueden ver… —jadeó.

—Que nos vean —gruñó él, mordiéndole el cuello con fuerza mientras aceleraba el ritmo—. Quiero que sepan que este coño tiene dueño.

Lena temblaba entera, al borde del orgasmo. La humillación y el riesgo la estaban volviendo loca.

Damien sacó los dedos de golpe y se los metió en la boca.

—Chupa —ordenó.

Lena obedeció, chupando sus propios jugos con los ojos vidriosos mientras él se frotaba la polla dura contra su culo.

—Buena chica —susurró, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Pero esto no es suficiente.

La giró bruscamente, aplastándole la cara contra la pared, y le subió el vestido hasta la cintura. Lena oyó la cremallera bajándose.

—Damien… aquí no… —suplicó débilmente.

Él se rió contra su cuello y le abrió las piernas con la rodilla.

—Aquí sí, pequeña.

***

Damien no esperó más.

Con una mano en la nuca de Lena, la mantuvo pegada de cara contra la pared mientras con la otra se sacaba la polla dura. Le subió el vestido hasta la cintura y le apartó las bragas a un lado.

—Separa las piernas —gruñó contra su oreja.

Lena obedeció, temblando. Podía oír las voces y risas de la fiesta a solo unos metros de distancia. Alguien podía aparecer en cualquier momento.

Damien colocó la gruesa cabeza de su polla contra su entrada empapada y, sin piedad, empujó hacia arriba, metiéndosela de un solo golpe hasta el fondo.

Lena soltó un gemido ahogado. Damien le tapó la boca con la mano al instante.

—Calla —le ordenó al oído, empezando a follarla con embestidas profundas y fuertes—. No quiero que nadie te oiga… todavía.

Cada embestida la levantaba ligeramente del suelo. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo era obscenamente audible en el pasillo.

—Joder, qué coño más goloso —gruñó Damien, follándola sin compasión—. Está chorreando para mí.

Lena negó con la cabeza, pero su cuerpo la traicionaba. Sus paredes internas apretaban la polla de Damien con cada embestida.

Damien le mordió el hombro y aceleró el ritmo, follándola como un animal. Le quitó la mano de la boca y le tiró del pelo hacia atrás, arqueándole la espalda.

—Dime a quién pertenece este coño —exigió, sin dejar de taladrarla.

—A ti… —jadeó Lena, casi sollozando de placer—. Es tuyo, Damien…

—Más alto.

—¡Es tuyo!

Damien soltó un gruñido salvaje y le metió dos dedos en la boca mientras seguía follándola sin piedad.

—Así me gusta —susurró con voz ronca—. Mi zorra particular. Voy a correrme dentro de ti otra vez. Y vas a llevar mi semen toda la noche, goteando mientras hablas con mis socios.

Esas palabras fueron el detonante.

Lena explotó con un orgasmo brutal, apretando la polla de Damien con fuerza mientras se corría temblando.

Damien la siguió casi inmediatamente, empujando hasta el fondo y corriéndose con un gruñido gutural.

La llenó con chorros calientes y espesos, tanto que Lena sintió cómo le rebosaba y le bajaba por los muslos.

Damien se quedó enterrado dentro de ella unos segundos más, pulsando, asegurándose de que no se le escapara nada.

Luego salió lentamente y le colocó las bragas en su sitio, tapando su coño lleno de semen.

—Ni se te ocurra limpiarte —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que vuelvas a la fiesta sintiéndome correr por tus piernas.

La giró, le bajó el vestido y le limpió las lágrimas de placer con el pulgar. Luego le dio un beso posesivo y profundo.

—Buena chica —murmuró contra sus labios—. Ahora vuelve ahí fuera con la cabeza alta. Y recuerda quién te acaba de follar mientras todos te miran.

Lena, con las piernas temblorosas y el coño lleno y palpitante, volvió al salón principal del brazo de Damien.

Nadie sabía lo que acababa de pasar en el pasillo.

Pero ella sí.

Y cada paso que daba le recordaba que ya no había vuelta atrás. Volvieron al salón principal.

Y Javier también pareció entenderlo cuando la vio entrar de nuevo del brazo de Damien.

Su sonrisa se borró apenas un segundo.

Damien lo vio. Y no sonrió.