Capítulo 3
La primera vez
La cena fue un infierno silencioso.
Lena apenas probó bocado. Movía la comida por el plato mientras sentía la mirada de Damien clavada en ella durante toda la velada. Cada vez que levantaba la vista, él estaba allí: observándola, midiendo cada gesto, cada respiración agitada, cada vez que se mordía el labio inferior sin darse cuenta.
Damien comía con calma, como si nada hubiera pasado esa tarde. Como si no la hubiera tenido de rodillas en su despacho. Como si no le hubiera hecho sentir que ya no tenía control sobre su propio cuerpo.
Cuando terminaron, Damien se limpió la boca con la servilleta y dijo con voz baja y controlada:
—Ve a tu habitación. Dúchate y ponte algo cómodo. Luego ven a mi despacho.
Lena levantó la cabeza bruscamente.
—¿Para qué?
Damien la miró fijamente. Una sonrisa lenta y peligrosa asomó en sus labios.
—Porque todavía no hemos terminado la conversación de esta tarde. Y porque lo digo yo.
Lena sintió un nudo en el estómago. Quiso negarse. Quiso levantarse y gritarle que se fuera a la mierda. Pero algo en la mirada de Damien le dijo que esa noche no iba a aceptar un no por respuesta.
Subió a su habitación con las piernas pesadas. Se duchó con agua casi hirviendo, intentando quemar la vergüenza que aún le ardía en la piel. Se puso un pantalón corto de algodón y una camiseta de tirantes fina. Nada provocativo. Solo cómodo, como él había ordenado.
Cuando bajó al despacho, la puerta estaba entreabierta. Llamó con los nudillos y entró sin esperar respuesta.
Damien estaba de pie junto al ventanal, con un vaso de whisky en la mano y la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho. Los tatuajes negros se veían claramente bajo la luz tenue. Parecía más grande. Más peligroso.
—Cierra la puerta —ordenó sin girarse.
Lena obedeció. El clic del cerrojo sonó como una sentencia.
Damien se dio la vuelta lentamente y la recorrió con la mirada. Sus ojos se detuvieron en sus pezones marcados bajo la fina camiseta, en la curva de sus caderas, en las piernas desnudas.
—Ven aquí —dijo.
Lena dio unos pasos y se detuvo a un par de metros de él. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
Damien dejó el vaso sobre la mesa y se acercó. No la tocó. Solo se quedó allí, muy cerca, invadiendo su espacio.
—Dime la verdad —murmuró, con voz grave—. ¿Has estado pensando en mí desde esta tarde?
Lena tragó saliva. Quiso negarlo. Quiso insultarle. Pero su cuerpo la traicionaba otra vez.
—No —susurró.
Damien sonrió. Una sonrisa oscura, casi cruel.
—Mentirosa.
Levantó la mano y le colocó un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja. El gesto fue casi tierno. Casi.
—Estás temblando —dijo, rozándole la mejilla con el pulgar—. Y no es de miedo.
Lena dio un paso atrás, pero Damien le siguió, acorralándola contra el borde del escritorio.
—No te escapes ahora —susurró, inclinándose hasta que su boca quedó a centímetros de la de ella—. Dime que pare y me detendré. Pero dímelo mirándome a los ojos.
Lena abrió la boca… pero no salieron palabras.
El silencio fue toda la respuesta que Damien necesitaba.
***
El silencio de Lena fue toda la respuesta que Damien necesitaba.
Sus ojos se oscurecieron. Con un movimiento rápido y firme, la agarró por la nuca y la atrajo hacia él, besándola con hambre contenida. No fue un beso suave. Fue posesivo, casi violento. Su lengua invadió su boca sin pedir permiso, reclamándola.
Lena soltó un gemido ahogado contra sus labios e intentó empujarlo por el pecho, pero Damien le sujetó las muñecas con una sola mano y las inmovilizó contra su propio cuerpo.
—Llevo días conteniéndome —gruñó contra su boca, mordiéndole el labio inferior con fuerza suficiente para dejar marca—. Días viéndote por esta casa… y deseando esto.
Lena intentó girar la cara, pero Damien le sujetó la mandíbula con la otra mano, obligándola a mirarlo.
Lena abrió la boca… pero las palabras no salieron.
Damien sonrió con satisfacción oscura y volvió a besarla, esta vez más profundo, más exigente.
Su mano libre bajó por su espalda hasta agarrarle el culo con fuerza, apretándola contra su erección.
Lena sintió claramente cómo le palpitaba contra el vientre y un gemido traicionero se le escapó de la garganta.
Damien la levantó sin esfuerzo y la sentó en el borde del escritorio. Con un manotazo apartó varios papeles y un cenicero que cayeron al suelo. Se colocó entre sus piernas y le subió la camiseta de tirantes hasta dejar sus tetas al descubierto.
Lena jadeó cuando él bajó la cabeza y le chupó un pezón con fuerza, mordiéndolo justo después. Sus manos se aferraron a los hombros de Damien, sin saber si quería apartarlo o atraerlo más cerca.
—Damien… —susurró, aunque su cuerpo se arqueaba hacia él.
Él levantó la cabeza, con los labios húmedos y la mirada oscura.
—¿Quieres que pare? —preguntó, metiendo una mano entre sus piernas y presionando con la palma por encima del pantalón corto—. Dímelo ahora. Dime que pare y me detendré.
Sus dedos presionaron justo donde ella más lo sentía. Lena soltó un gemido y cerró los ojos, avergonzada por lo mojada que estaba.
Damien sonrió con triunfo.
—Eso pensaba.
La besó de nuevo, devorándola mientras su mano se colaba dentro del pantalón y las bragas. Dos dedos gruesos rozaron su clítoris hinchado y Lena se sacudió violentamente contra él.
—Joder… —gruñó Damien contra su boca—. Estás empapada.
Lena temblaba entera, perdida entre el deseo, la vergüenza y la rabia.
Su mente le gritaba que esto estaba mal, que se estaba dejando llevar demasiado rápido.
Pero cuando Damien se inclinó y le mordió el cuello con fuerza, chupando hasta dejar marca, ella supo que ya era demasiado tarde para detenerlo.
Damien sacó los dedos y se los llevó a la boca, lamiéndolos lentamente mientras la miraba a los ojos.
Lena estaba al límite. Su cuerpo ardía. Su mente estaba nublada. Y cuando Damien volvió a besarla, ella ya no intentó apartarse.
***
Damien ya no podía más.
Con un movimiento brusco, le arrancó el pantalón corto y las bragas de un tirón, dejándola completamente expuesta sobre el escritorio. Lena intentó cerrar las piernas por instinto, pero él se las abrió con fuerza, colocándose entre ellas.
—Mírate —gruñó, pasando dos dedos por su coño empapado—. Tan mojada que me estás manchando la ropa. Y aun así intentas resistirte.
Lena jadeó cuando dos dedos gruesos entraron en ella sin previo aviso, follándola con ellos profundamente mientras su pulgar rozaba su clítoris hinchado.
—Damien… —gimió, agarrándose al borde del escritorio.
Él se desabrochó el pantalón con la mano libre. Su polla saltó fuera, gruesa y dura. Damien la frotó contra su entrada, torturándola, pero sin penetrarla todavía.
—¿Quieres que pare? —preguntó, mirándola directamente a los ojos—. Dímelo ahora.
Lena temblaba. Su orgullo seguía luchando, pero su cuerpo estaba traicionándola por completo. El deseo era demasiado fuerte.
—No pares… —susurró finalmente, avergonzada de su propia voz.
Damien sonrió con satisfacción oscura.
—Buena chica.
Y de un solo empellón profundo, la penetró hasta el fondo.
Lena soltó un grito ahogado. Estaba muy llena. Damien era grande y no le dio tiempo a adaptarse. Empezó a follarla con fuerza, profundo y salvaje, haciendo que el escritorio se moviera con cada embestida.
Lena gemía sin control. Cada golpe le arrancaba un sonido que la avergonzaba. Damien bajó la cabeza y le chupó un pezón con fuerza mientras la follaba sin piedad.
—Dime a quién pertenece este coño —exigió, acelerando el ritmo.
—A ti… —jadeó Lena.
—Más alto.
—¡A ti!
Damien gruñó con satisfacción y cambió el ángulo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. Le agarró el pelo con una mano y tiró hacia atrás, obligándola a arquearse mientras la follaba con fuerza.
Lena sentía que se estaba deshaciendo. El placer era intenso, sucio y abrumador. Su mente le gritaba que esto estaba mal, pero su cuerpo ya no le obedecía.
Damien la follaba con más intensidad, como si quisiera marcarla por dentro. Una de sus manos bajó hasta apretarle la garganta con firmeza, sin llegar a ahogarla.
—Vas a correrme dentro —gruñó contra su cuello—. Y vas a quedarte llena de mí toda la noche.
Esas palabras, combinadas con la forma en que la follaba, fueron demasiado.
Lena explotó con un orgasmo brutal, gritando su nombre mientras su coño se contraía alrededor de su polla. Damien no se detuvo. Siguió follándola a través de su orgasmo, alargándolo hasta que ella casi sollozaba de placer.
—Joder… eso es —gruñó él—. Apriétame.
Con un último empellón profundo, Damien se corrió dentro de ella con un gruñido ronco. La llenó con chorros calientes y espesos, empujando hasta el fondo como si quisiera asegurarse de que no se le escapara nada.
Lena temblaba entre sus brazos, completamente destrozada.
Damien se quedó dentro de ella unos segundos más, respirando pesado contra su cuello. Luego le mordió el hombro con rudeza y susurró contra su piel:
—Esto solo es el principio.
***
Lena tardó casi un minuto en recuperar el aliento.
Seguía sentada en el escritorio, con las piernas abiertas y temblando, sintiendo cómo el semen de Damien se escapaba lentamente de su coño y caía sobre la madera oscura. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, el cuello lleno de chupetones y los labios hinchados.
Damien todavía estaba dentro de ella, semi-duro, respirando pesado contra su cuello. Sus manos grandes le sujetaban las caderas con posesión absoluta.
—Joder… —murmuró él finalmente, besándole el hombro con rudeza—. Has apretado mi polla como si llevaras toda la vida esperándome.
Lena cerró los ojos, avergonzada. No podía creer lo que acababa de pasar. Se había dejado follar encima del escritorio como si no tuviera voluntad propia. Y se había corrido gritando su nombre.
Damien salió de ella lentamente. Un chorro espeso de semen cayó al suelo. Él lo miró con satisfacción oscura antes de pasar dos dedos por su coño hinchado y recoger parte de su propia corrida.
Llevó los dedos a los labios de Lena y se los metió en la boca sin pedir permiso.
—Chupa —ordenó suavemente.
Lena, todavía aturdida, obedeció. Probó el sabor salado y espeso de su semen mezclado con sus propios fluidos. Damien la miró con los ojos brillantes mientras ella chupaba sus dedos.
—Buena chica —susurró—. Ya empiezas a aprender.
La bajó del escritorio con cuidado y la sostuvo cuando sus piernas flaquearon. La abrazó contra su pecho durante unos segundos, con una mano en su espalda. Esa ternura, sin embargo, duró poco.
—Esto no ha sido un polvo cualquiera —dijo contra su pelo—. Ahora eres mía de verdad. No solo por el testamento. Eres mía porque te he follado. Porque te he llenado. Y porque te ha gustado.
Lena levantó la cabeza y lo miró. Tenía los ojos brillantes, casi llorosos.
—Esto está mal… —susurró.
Damien le limpió una lágrima con el pulgar.
—Puede ser —respondió con calma—. Pero va a seguir pasando. Cada vez que te desee, te voy a follar. En este despacho, en tu habitación, donde me dé la gana. Y tú vas a abrir las piernas porque en el fondo lo quieres tanto como yo.
La besó en la frente, un gesto extrañamente suave después de la brutalidad anterior.
—Ahora ve a tu habitación. Dúchate. Duerme. Mañana seguiremos.
Lena recogió su ropa del suelo con manos temblorosas. Cuando llegó a la puerta, Damien habló de nuevo:
—Ah, y Lena…
Ella se giró.
—Ni se te ocurra lavarte el coño demasiado bien. Quiero que te acuestes sintiéndome todavía dentro de ti.
Lena salió del despacho sin decir nada más, con las piernas débiles y el semen de Damien resbalando por sus muslos.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta, se apoyó contra ella y se deslizó hasta el suelo.
Tenía el cuerpo dolorido. El coño hinchado. El sabor de él todavía en la boca.
Y lo peor de todo… era que una parte de ella ya estaba deseando que volviera a hacerlo.
Abajo, en el despacho, Damien Valmont se sirvió otro whisky y sonrió con satisfacción mientras miraba el escritorio manchado.
La jaula seguía cerrada.
Pero ahora Lena sabía que la llave no estaba solo en manos de Damien.