Capítulo 2
Primer Castigo
Lena no pudo dormir más de tres horas.
Se despertó antes del amanecer con el cuerpo tenso y la cabeza llena de imágenes que no conseguía quitarse: la mano de Damien en su barbilla, su mirada recorriéndola sin disimulo, la forma en que le había dicho que ahora era su responsabilidad.
A las siete ya estaba vestida. Vaqueros cortos y una camiseta vieja que se había llevado de casa. Nada que pudiera interpretarse como un esfuerzo por gustarle. Se bajó el pelo suelto, se miró un segundo en el espejo y salió de la habitación sin hacer ruido.
Bajó a la cocina, ignoró el desayuno que le habían dejado preparado y salió al jardín trasero. Nadie la vio marcharse. O eso pensó.
El aire de la mañana era cálido y olía a romero y tierra húmeda. Por un momento, mientras caminaba entre los olivos, casi pudo fingir que estaba libre. Que no estaba encerrada entre muros altos y hombres armados. Casi.
Cuanto más se alejaba de la casa, más rápido le latía el corazón. No era solo rebeldía. Era necesidad. Necesidad de hacer algo por decisión propia, aunque fuera algo tan simple como caminar sin pedir permiso.
Llegó hasta el muro sur, donde había una verja lateral medio oculta entre la vegetación. La empujó. Cerrada. Un candado grueso y una cadena gruesa lo impedían. Por supuesto.
Lena apretó los dientes y empujó con más fuerza, usando las dos manos. La verja no se movió.
—Hijo de puta… —susurró.
Se quedó allí un momento, con las manos apoyadas en el hierro, respirando agitada. Miró hacia atrás. La mansión se veía lejana entre los árboles. Nadie la había seguido. Nadie la había llamado. Por un segundo sintió una ridícula sensación de victoria.
Entonces oyó los pasos.
Pasos firmes. Decididos. Sobre la grava.
Se giró despacio.
Damien venía hacia ella desde el otro extremo del camino, caminando con esa calma peligrosa que parecía tener siempre. Llevaba la camisa negra remangada y la chaqueta abierta. No corría. No necesitaba correr. Sabía que no iba a escapar.
Lena sintió que se le helaba la sangre… y al mismo tiempo que le subía un calor traicionero por el cuello.
Damien se detuvo a unos diez metros. La miró. Solo la miró. Sin decir nada.
Y en ese instante, Lena supo que acababa de cometer un error.
***
Damien estaba revisando unos informes en su despacho cuando sonó el teléfono interno.
—Jefe —dijo la voz de Marcos—. La chica ha salido. Está caminando sola por el jardín sur, cerca del muro.
Damien levantó la vista del portátil. Dejó el cigarro a medio fumar en el cenicero y se levantó despacio.
—¿Cuánto tiempo lleva fuera?
—Unos veinte minutos. No avisó a nadie.
Hubo un silencio breve.
—Voy para allá —respondió.
Colgó, se puso la chaqueta negra sobre la camisa y salió del despacho con paso firme. Dos de sus hombres lo vieron cruzar el vestíbulo y se pusieron firmes automáticamente.
—Nadie la toca —ordenó sin detenerse.
Salió por la puerta trasera y cruzó el jardín con zancadas largas y controladas. El sol ya se alzaba sobre el horizonte y las sombras de los olivos se estiraban sobre la grava. La vio al fondo, cerca del muro sur, con esos vaqueros cortos y esa camiseta sencilla que le quedaba demasiado ajustada.
La vio llegar hasta la verja lateral. La vio probarla. La vio empujar.
La rabia le atravesó el pecho.
El primer día, pensó. El primer día ya me desafías.
Aceleró el paso.
Lena no lo oyó venir hasta que estuvo cerca. Cuando se giró, Damien ya estaba a pocos metros, con la mandíbula tensa y la mirada negra.
Se detuvo a unos diez metros de ella. No dijo nada al principio. Solo la miró. La recorrió de arriba abajo sin prisa: las piernas, la cintura, los pechos que subían y bajaban con la respiración agitada. Luego volvió a subir hasta sus ojos.
Lena se tensó, pero levantó la barbilla. Ese pequeño gesto de rebeldía le provocó algo entre las piernas.
Damien dio unos pasos más y se plantó frente a ella.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —preguntó con voz baja y peligrosa.
—Tomar el aire —respondió ella, intentando sonar firme.
Damien soltó una risa corta, sin humor.
—¿Crees que puedes salir cuando te da la gana? ¿Que las reglas no van contigo?
Lena retrocedió un paso, pero chocó de espaldas contra el muro. Damien avanzó otro paso más, acorralándola sin tocarla todavía.
—Te lo dije ayer —continuó él, inclinándose ligeramente—. Mientras vivas bajo este techo, respondes ante mí. Y lo que es mío no se pasea solo por la finca como si tuviera libertad.
Lena tragó saliva. Podía oler su colonia, el tabaco y algo más oscuro. El corazón le latía con fuerza.
Damien extendió la mano y le agarró la muñeca con firmeza. No le hizo daño, pero su agarre era inquebrantable.
—O caminas —dijo con calma fría—, o te llevo en brazos como a una niña pequeña. Tú decides.
Lena lo miró, furiosa y excitada al mismo tiempo. Intentó soltarse girando las muñecas. Fue inútil. Al final, se rindió y empezó a caminar.
Damien le soltó la muñeca pero se quedó pegado a su lado durante todo el trayecto de vuelta. Cada pocos pasos, su brazo rozaba el de ella. Los dos hombres que vigilaban se apartaron en cuanto los vieron llegar.
Cuando entraron en la mansión, Damien la condujo directamente al despacho. Cerró la puerta y echó la llave. El sonido del cerrojo fue seco, definitivo.
Lena se giró hacia él, respirando agitada.
—Damien, yo solo quería—
—Calla.
La palabra fue baja, pero cortante. Damien se acercó despacio hasta quedar a muy poca distancia. La miró a los ojos durante varios segundos sin decir nada.
Luego levantó la mano y, con dos dedos, le agarró suavemente la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Te lo advertí —murmuró, con la voz ronca—. Te dije que si me desafiabas, te iba a enseñar quién manda aquí.
Su pulgar rozó el labio inferior de Lena, despacio. Casi con ternura… si no fuera porque la intensidad de su mirada era cualquier cosa menos tierna.
Lena temblaba. De rabia. De miedo. Y de algo más que le empezaba a quemar entre las piernas y que odiaba reconocer.
Damien separó un poco su cara de la de ella, pero no la soltó.
—Ahora —dijo con voz grave—, vas a aprender la primera lección, pequeña.
***
Damien no soltó la barbilla de Lena. La mantuvo ahí, con el pulgar rozándole el labio inferior, mirándola a los ojos como si pudiera leer cada pensamiento que ella intentaba esconder.
—Te lo dije —repitió, con voz baja y ronca—. Te dije que si me desafiabas, te enseñaría quién manda aquí.
Con un movimiento firme, la giró y la empujó hacia el escritorio.
Lena tropezó ligeramente, pero antes de que pudiera reaccionar, Damien ya la había sentado en el borde de la mesa de madera oscura.
Se colocó entre sus piernas, abriéndoselas con las rodillas, y le puso una mano grande en la garganta.
No apretó. Solo la dejó ahí. Caliente. Pesada. Dueña absoluta.
Lena tragó saliva contra su palma. El pulso le latía desbocado bajo los dedos de Damien. Podía sentir el calor de su piel y el leve roce de su aliento cuando se inclinó un poco más hacia ella.
—Mírame —ordenó él.
Ella obedeció. Sus ojos se encontraron. Los de Damien eran negros, intensos, sin rastro de piedad ni de duda. Solo control.
—Mientras vivas bajo este techo —dijo, despacio—, respondes ante mí. Y cuando me desobedeces… te castigo. No es una amenaza. Es una consecuencia. ¿Lo entiendes?
Su mano en la garganta apretó ligeramente. No lo suficiente para ahogarla. Solo lo justo para recordarle quién tenía el poder. Lena sintió que se le entrecortaba la respiración. Y peor aún: sintió un latido traicionero, profundo y vergonzoso, entre las piernas.
Damien lo notó. Una sonrisa oscura, casi cruel, asomó en sus labios.
—¿Te excita esto, pequeña? —murmuró, inclinándose hasta que su boca rozó la oreja de Lena—. ¿Te gusta que te agarre así?
Lena cerró los ojos, avergonzada. Quería negarlo. Quería insultarle. Pero el calor que sentía entre las piernas era imposible de ignorar. Su cuerpo la traicionaba.
Damien soltó su garganta y, sin previo aviso, la agarró de las caderas y la sentó en su regazo mientras él se dejaba caer en el sillón de cuero.
Lena quedó a horcajadas sobre él, con las manos apoyadas en su pecho para no perder el equilibrio.
Podía sentir la dureza de Damien contra ella, incluso a través de la ropa.
El calor que desprendía su cuerpo. El olor a colonia cara, tabaco y algo más oscuro.
Damien la sujetó por la cintura con fuerza posesiva.
—Cada vez que me desobedezcas —dijo, mirándola desde abajo—, te voy a castigar. Y no va a ser un castigo bonito, Lena. Va a ser uno que te haga entender, de verdad, que ya no decides nada.
Una de sus manos subió por la espalda de Lena hasta enredarse en su pelo. Tiró suavemente hacia atrás, obligándola a arquear el cuello. Lena sintió el tirón en el cuero cabelludo y un nuevo latido traicionero entre las piernas.
—Y si sigues portándote como una niña rebelde —continuó Damien, con la voz más grave—, te voy a follar hasta que llores. Te voy a romper hasta que solo sepas decir mi nombre. ¿Me entiendes?
Lena temblaba sobre su regazo. Sus muslos se apretaban instintivamente alrededor de las caderas de Damien. Quería bajarse. Quería huir. Pero su cuerpo no se movía.
Damien lo notó todo. Y sonrió.
—Buena chica —susurró, rozándole la oreja con los labios—. Ya empiezas a entender.
Le soltó el pelo y le pasó la mano por el cuello, bajando despacio, rozando con los nudillos la piel caliente de su clavícula, hasta llegar al escote de su camiseta. Sus dedos se detuvieron allí, jugueteando con el borde de la tela, sin llegar a tocarle las tetas. Solo amenazando con hacerlo.
—Ahora —dijo, con voz baja y controlada—, vas a pedirme perdón por haber salido sin permiso. Y lo vas a hacer de rodillas.
Lena lo miró, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada. Su orgullo gritaba que no. Que no iba a arrodillarse. Que no iba a ceder.
Pero otra parte de ella —esa parte oscura, húmeda y traicionera— ya se estaba imaginando cómo se sentiría tener a Damien mirándola desde arriba mientras ella estaba de rodillas frente a él.
Damien arqueó una ceja, esperando. Su mano en la cintura de Lena apretó ligeramente, recordándole que no tenía elección.
Y Lena, por primera vez desde que había llegado a esa mansión, sintió que su voluntad empezaba a resquebrajarse.
***
Damien se quedó mirándola en silencio, con esa ceja arqueada y la mano todavía apoyada en su cintura. No repetía la orden. No hacía falta. El silencio era la orden.
Lena respiró hondo, temblando. Su orgullo luchaba con todas sus fuerzas, pero su cuerpo ya había tomado una decisión. Lentamente, casi contra su voluntad, se deslizó del regazo de Damien y se arrodilló entre sus piernas abiertas.
El suelo de madera estaba frío bajo sus rodillas.
Damien se echó hacia atrás en el sillón de cuero, abriendo un poco más las piernas para darle espacio. Desde arriba, la observaba con una mezcla de satisfacción y hambre oscura.
—Buena chica —murmuró—. Ahora… pídeme perdón.
Lena tragó saliva. Tenía la boca seca. Miró hacia arriba y se encontró con los ojos negros de Damien clavados en ella. Nunca se había sentido tan pequeña, tan expuesta.
—Lo… lo siento —susurró.
Damien negó lentamente con la cabeza.
—No. Así no. Quiero que lo digas bien. Quiero que lo sientas.
Lena cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió de nuevo, su voz salió más baja, más rota.
—Siento haber salido sin permiso… Damien.
Él sonrió, satisfecho, y le pasó los dedos por el pelo con una falsa ternura.
—Así está mejor. Pero no es suficiente.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y acercó su cara a la de ella. Estaban tan cerca que Lena podía sentir su aliento en los labios.
—Cada vez que me desafíes —continuó, con voz baja y grave—, te voy a traer aquí. Te voy a sentar en mi regazo. Te voy a poner de rodillas. Y voy a hacer que me pidas perdón hasta que te tiemblen las piernas.
Su mano bajó por su mejilla hasta sujetarle la barbilla con firmeza.
—Y algún día —añadió, con voz ronca—, cuando hayas aprendido de verdad quién manda aquí…
no te voy a exigir que me pidas perdón. Te voy a follar encima de este escritorio hasta que grites.
Me voy a correr dentro de ti tan profundo que vas a sentirme durante días.
Y vas a suplicarme que lo haga otra vez.
Lena sintió un latigazo de calor entre las piernas. Estaba mojada. Mucho. Y lo odiaba. Odiaba lo fácil que le resultaba a su cuerpo traicionarla.
Damien lo vio en su cara. Lo olió.
Se incorporó un poco y le acarició la mejilla con el pulgar.
—Puedes levantarte —dijo al fin.
Lena se puso de pie con las piernas temblorosas. Damien también se levantó, quedando frente a ella, mucho más alto. Le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con una delicadeza que contrastaba brutalmente con todo lo que acababa de decir.
—Esta es tu primera advertencia —murmuró—. La próxima vez no seré tan paciente.
Dio un paso atrás, rompiendo el contacto físico, pero no la mirada.
—Ahora ve a tu habitación. Date una ducha fría. Piensa en lo que ha pasado hoy. Y cuando bajes a cenar, quiero que me mires a los ojos y me demuestres que has aprendido la lección.
Lena asintió, incapaz de hablar. Se giró y comenzó a andar hacia la puerta.
Cuando llegó al pomo, Damien habló de nuevo:
—Ah, y Lena…
Ella se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—Si alguna vez vuelves a intentar huir… no te voy a traer de vuelta de rodillas. Te voy a traer de otra forma mucho más divertida.
Lena abrió la puerta y salió casi corriendo.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada. Se llevó una mano entre las piernas por encima de los vaqueros y sintió lo empapada que estaba.
—Maldito seas… —susurró.
Abajo, en el despacho, Damien Valmont se sirvió un whisky y sonrió con oscuridad.
La jaula ya no solo estaba cerrada.
Y, por primera vez, no estaba segura de querer seguir desafiándola.