Capítulo 1 #2
Dio un paso hacia ella. Lena retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared fría.
Damien colocó una mano grande al lado de su cabeza, acorralándola sin tocarla todavía.
Estaba tan cerca que podía oler su colonia cara mezclada con un leve aroma a tabaco y algo metálico, como hierro o sangre seca.
—Eres mi responsabilidad legal —continuó, casi en un susurro—.
Tus padres me pusieron al frente de tu vida y de tu fortuna hasta que cumplas veinticinco años.
Eso significa que estás bajo mi protección…
y bajo mi control. Si alguien de fuera intenta acercarse a ti, si alguien intenta hacerte daño…
yo me encargo. Pero eso también significa que nadie te toca.
Nadie te mira. Nadie respira cerca de ti sin mi permiso.
Su mirada bajó lentamente por su cuello, por el escote de su vestido, y volvió a subir.
—Eres muy joven —murmuró—. Muy bonita. Y muy peligrosa para ti misma.
Lena sintió que le faltaba el aire. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—Damien… yo no quiero problemas —susurró.
—Entonces no los busques —respondió él, inclinándose un poco más. Su aliento le rozó la oreja—. Porque si me desobedeces, si intentas huir, si piensas que puedes jugar a ser una niña rebelde… te voy a enseñar exactamente quién manda aquí.
En ese momento sonó su teléfono. Damien lo sacó del bolsillo sin apartarse de ella. Miró la pantalla y su expresión se volvió aún más oscura.
—Javier —contestó con tono cortante—. ¿Qué coño pasa?
Escuchó durante unos segundos. Su mandíbula se tensó.
—Soluciona eso. No me importa cómo. Pero que sea limpio y rápido. No quiero cabos sueltos.
Colgó sin despedirse y guardó el móvil. Miró a Lena, que había palidecido.
—¿Ves? —dijo con calma, como si acabara de hablar por teléfono con alguien para comentar el tiempo—. Este es mi mundo. Y ahora es el tuyo también.
Levantó la mano y, con dos dedos, le agarró suavemente la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Su pulgar rozó el labio inferior de Lena.
—Sé una buena chica, pequeña. Come, descansa, obedece… y todo irá bien.
Se quedó así unos segundos más, mirándola fijamente, dejando que el silencio y la cercanía hicieran el resto del trabajo. Luego soltó su barbilla con lentitud, casi a regañadientes.
—La cena es a las nueve. No me hagas ir a buscarte.
Dio media vuelta y se alejó por el pasillo, dejando a Lena apoyada contra la pared, con las piernas temblando, una mezcla de terror y ese calor traicionero entre los muslos que la hizo sentirse sucia.
Fuera, los hombres armados seguían patrullando.
Y dentro, Lena Cruz acababa de entender la primera verdad de su nueva vida:
No había escapatoria.
***
Damien desapareció por el pasillo y Lena se quedó varios segundos apoyada contra la pared, intentando recuperar el aliento. El corazón le latía desbocado y tenía las palmas de las manos sudorosas.
“Esto no puede estar pasando”, pensó.
Pero estaba pasando.
Subió a su habitación siguiendo las indicaciones de la empleada. Era enorme, casi un apartamento completo: cama king size con sábanas negras, vestidor vacío, baño de mármol con jacuzzi y vistas al jardín trasero. Todo olía a nuevo, como si lo hubieran preparado específicamente para ella.
Se sentó en el borde de la cama y sacó su teléfono nuevo. Quiso entrar en Instagram, pero le pedía una contraseña que no tenía. Intentó abrir WhatsApp. Bloqueado. Solo podía hacer llamadas y enviar mensajes a números aprobados.
—Hijo de puta… —susurró.
Desde la ventana vio cómo dos todoterrenos negros entraban en la finca. De ellos bajaron varios hombres. Damien salió a recibirlos. Habló brevemente con uno de ellos, le entregó un sobre y este le hizo una reverencia casi militar antes de marcharse.
No eran invitados.
Eran soldados.
Lena sintió un escalofrío. Esto no era solo una mansión con un hombre rico y controlador. Esto era algo mucho más oscuro.
A las nueve en punto bajó al comedor principal. La mesa estaba puesta para dos, con velas y vajilla cara. Damien ya estaba sentado en la cabecera, con una copa de vino tinto en la mano. Se había cambiado de camisa, pero seguía llevando ese aire de depredador tranquilo.
—Siéntate —dijo sin levantar la vista del teléfono.
Lena se sentó a su derecha. La empleada sirvió ensalada, carne asada y vino. Damien esperó a que se marchara para hablar.
—He visto que has intentado usar internet —comentó con tono casual, como si hablara del calor que hacía—. No vuelvas a hacerlo sin pedirme permiso.
Lena apretó el tenedor.
—¿Me estás espiando?
—Te estoy protegiendo —respondió él, clavando sus ojos negros en ella—. Hay gente que mataría por tocarte solo para hacerme daño a mí. Mientras vivas aquí, eres un objetivo. Y yo no pierdo lo que es mío. Creo que lo he dejado lo suficientemente claro.
Lena sintió un nudo en la garganta. Quiso gritarle, insultarle, decirle que se fuera a la mierda. Pero las palabras se le quedaron atascadas.
Damien cortó un trozo de carne con lentitud y se lo llevó a la boca. Mientras masticaba, la miró con esa intensidad que parecía desnudarla.
—Eres más parecida a tu madre de lo que pensaba —dijo de repente—. Los mismos ojos. La misma boca. El mismo fuego.
Lena levantó la cabeza bruscamente.
—¿Qué sabes tú de mi madre?
Damien sonrió con esa sonrisa peligrosa.
—Más de lo que te imaginas, pequeña.
Dejó el tenedor y se inclinó ligeramente hacia ella. Su mano grande descansó sobre la mesa, muy cerca de la de Lena.
—Esta noche duerme. Mañana empezaremos tu nueva rutina. Clases, gimnasio, horarios… y obediencia. Si te portas bien, te trataré bien. Si no…
Dejó la frase en el aire.
Lena notó que le temblaba ligeramente la mano al coger la copa de vino. Bebió un sorbo largo, intentando calmarse.
Cuando terminaron de cenar, Damien se levantó y la acompañó hasta el pie de la escalera. Antes de que subiera, la detuvo poniéndole una mano en la cintura. No apretó. Solo la dejó ahí, caliente y pesada.
—Una última cosa, Lena —murmuró cerca de su oído—. No intentes huir. No intentes llamar a nadie. Y sobre todo… no intentes mentirme. ¿Lo entiendes?
Su pulgar rozó suavemente la curva de su cadera.
—Porque si lo haces, te prometo que el castigo va a ser mucho más placentero para mí que para ti.
La soltó y dio un paso atrás.
—Buenas noches, Lena.
Lena subió las escaleras sintiendo su mirada clavada en la espalda hasta que desapareció en el pasillo del piso de arriba.
Cuando cerró la puerta de su habitación, se apoyó contra ella y soltó todo el aire que había estado conteniendo.
Estaba atrapada.
Con un hombre peligroso.
Con un hombre que la miraba como si ya fuera suya.
Y lo peor de todo… era que una parte enferma de ella, una parte que odiaba, se había humedecido cuando él le había tocado la cintura.
Fuera, en la finca, las luces de seguridad barrían el jardín y los hombres armados seguían vigilando.
Lena Cruz acababa de entrar en la jaula dorada.
Y Damien Valmont acababa de cerrar la puerta… guardándose la llave.