Propiedad de mi Tutor (Saga Cuervo nº 1)
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Capítulo 1
La Jaula Dorada
El coche negro redujo la velocidad y se detuvo frente a las altas verjas de hierro forjado. Lena Cruz apretó las manos sobre sus muslos, notando cómo el sudor se le pegaba a la piel a pesar del aire acondicionado del coche. Veintiún años. Huérfana. Y ahora esto.
La mansión se alzaba al final de un camino de grava flanqueado de olivos centenarios, una mole blanca y moderna con toques de estilo andaluz antiguo, rodeada de muros altos y cámaras de seguridad que brillaban bajo el sol de Sevilla. Parecía una cárcel de lujo.
El conductor, un hombre callado con auricular en la oreja, bajó a abrirle la puerta.
—Señorita Cruz. El señor Valmont la está esperando.
Lena tragó saliva y salió. El calor de finales de mayo le golpeó la cara como una bofetada. Llevaba una maleta pequeña y una mochila con lo poco que había podido salvar de su antigua vida. Todo lo demás se había quedado atrás, junto con los cadáveres de sus padres.
Y allí estaba él.
Damien Valmont.
De pie en lo alto de la escalinata principal, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón negro de traje y una camisa del mismo color remangada hasta los antebrazos.
Rondaba los cuarenta años. Metro noventa.
Pelo oscuro ligeramente revuelto, mandíbula marcada con una cicatriz fina y blanca que bajaba desde la comisura de los labios.
Tatuajes negros asomaban por el cuello y los antebrazos.
No sonreía. Solo la observaba como quien evalúa una posesión recién llegada.
Lena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor.
—Lena —dijo él con voz grave, profunda, acostumbrada a mandar—. Sube.
No era una invitación. Era una orden.
Ella subió los escalones sintiendo que cada paso la acercaba más a algo irreversible. Cuando llegó arriba, Damien la miró de arriba abajo sin disimulo: las piernas bronceadas bajo el vestido veraniego, la cintura estrecha, las tetas que subían y bajaban con su respiración agitada.
—Has crecido —murmuró—. La última vez que te vi eras una cría.
—Eras amigo de mi padre —respondió ella, intentando sonar firme—. No te recuerdo mucho.
Damien soltó una risa baja y oscura.
—Tu padre y yo éramos amigos desde niños. Y después servimos juntos. Eso une a la gente de por vida.
Se hizo a un lado y le indicó que entrara. El interior de la mansión era fresco, lujoso y opresivo. Suelos de mármol, cuadros caros, un silencio que pesaba. Dos hombres trajeados y con bultos evidentes bajo la chaqueta custodiaban el pasillo. No eran mayordomos. Eran soldados.
Damien cerró la puerta principal con un golpe seco.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Lena.
Ella se giró hacia él.
—No es mi hogar. Es temporal. En cuanto cumpla los veinticinco…
Damien dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Su colonia cara, mezclada con un leve olor a tabaco y algo más oscuro, la envolvió.
—Para cobrar la herencia de tus padres —dijo lentamente, como explicándole algo a una niña—, debes vivir bajo mi techo y hasta los veinticinco años.
Eso dice el testamento. Si te vas antes, lo pierdes todo.
Absolutamente todo. Y yo soy el albacea y tus padres confiaron en mí.
Así que sí, nena… esto es tu hogar. Durante los próximos cuatro años.
Lena sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Y si no quiero?
Damien sonrió por primera vez. Una sonrisa lenta, peligrosa, que no llegó a sus ojos.
—Entonces aprenderás lo que cuesta desafiarme.
Se acercó un poco más. Lo suficiente para que ella tuviera que levantar la cabeza para mirarlo. Lo suficiente para que notara el calor que desprendía su cuerpo.
—Soy el hombre que tus padres pusieron al frente de tu vida y de tu fortuna hasta que cumplas veinticinco. Y debes hacerme caso. Tus padres confiaban en mi criterio. No pienso traicionar esa confianza.
Sus ojos bajaron un segundo a los labios de ella antes de volver a subir.
—Deshaz tu maleta. Descansa. Esta noche cenaremos juntos y te explicaré las reglas completas.
Dio media vuelta y empezó a caminar por el pasillo, pero antes de desaparecer por una puerta, se giró un último segundo.
—Ah, y Lena…
—¿Qué?
—No voy a fallarles.
La puerta se cerró tras él.
Lena se quedó sola en el enorme vestíbulo, con el corazón latiéndole en la garganta y una humedad traicionera entre las piernas que la hizo odiarse a sí misma.
Fuera, dos hombres más patrullaban el jardín con armas visibles.
Esto no era una mansión.
Era una prisión.
Y Damien Valmont era su carcelero.
***
Damien no la dejó sola mucho tiempo.
Apenas habían pasado cinco minutos cuando una empleada uniformada (una mujer de unos cincuenta años con cara de no haber sonreído en su vida) apareció y le indicó que la siguiera.
—El señor Valmont la espera en su despacho.
Lena caminó tras ella por un pasillo largo y fresco, con cuadros de arte contemporáneo y alguna que otra fotografía antigua de la familia. En una de ellas reconoció a un Damien mucho más joven, ya con esa mirada peligrosa.
El despacho estaba al final del pasillo. Puerta doble de madera oscura. Cuando la abrió, el olor a cuero, tabaco y madera cara la golpeó.
Damien estaba sentado detrás de un escritorio enorme, con una copa de whisky en la mano y varios papeles extendidos frente a él. La chaqueta colgaba del respaldo. La camisa negra se ajustaba a sus hombros anchos y se podía ver el inicio de los tatuajes subiendo por el pecho.
—Siéntate —ordenó sin levantar la vista.
Lena obedeció y se sentó en una de las butacas frente al escritorio. Se sentía pequeña. Vulnerable. Como si acabara de entrar en la boca del lobo.
Damien por fin levantó la mirada. Sus ojos negros la recorrieron lentamente, deteniéndose en sus labios, en su cuello, en el escote de su vestido.
—Vamos a dejar las cosas claras desde el primer minuto, Lena —dijo con esa voz grave y calmada que parecía capaz de ordenar una ejecución sin subir el tono—.
No soy tu amigo. Soy quien debe protegerte y, además, el albacea de la herencia de tus padres.
Eso significa que controlo tu dinero, tus propiedades y tu vida hasta que cumplas veinticinco años.
Lena apretó los dedos sobre sus rodillas.
—¿Y si no quiero quedarme aquí?
Damien sonrió con frialdad y se echó hacia atrás en su sillón.
—Entonces pierdes todo. El testamento es muy claro: para que puedas acceder a la fortuna familiar…
la casa en Sevilla, los apartamentos en Marbella, las acciones de las empresas y el fideicomiso…
debes residir bajo mi techo y aceptar lo que te diga hasta los veinticinco.
Si te vas antes, lo pierdes absolutamente todo.
Te quedarías solo con lo que llevas en la maleta.
Lena sintió que le faltaba el aire.
—¿Mis padres… sabían esto?
—Claro que lo sabían —respondió Damien, dando un sorbo lento a su whisky—. Ellos mismos me nombraron. Supongo que pensaron que yo era la mejor opción para… mantenerte a salvo.
Hizo una pausa y la miró fijamente.
—Y yo siempre cumplo mis promesas.
Se levantó y rodeó el escritorio. Se apoyó en el borde, justo frente a ella, tan cerca que Lena tenía que levantar la mirada para poder mirarle a los ojos.
—Reglas —continuó—. Uno: no salgas de la finca sin mi permiso expreso o sin uno de mis hombres.
Dos: tu teléfono y tus dispositivos estarán monitorizados.
Tres: nada de novios, ni fiestas, ni amigos que no apruebe yo.
Cuatro: obedeces mis órdenes sin cuestionarlas.
Cinco: si te portas mal… serás castigada.
La palabra “castigada” sonó demasiado sexual en su boca.
Lena tragó saliva.
—¿Castigada cómo?
Damien inclinó ligeramente la cabeza y una sonrisa oscura asomó en sus labios.
—De formas que todavía no estás preparada para imaginar, pequeña.
Se inclinó un poco más hacia ella. Su mano grande rozó el brazo de la butaca, muy cerca de su hombro.
—Eres una chica muy guapa, Lena. Más de lo que recordaba. Y vives ahora bajo mi techo. Eso te convierte en mi responsabilidad. Mientras vivas aquí, harás lo que yo diga. ¿Entendido?
Sus ojos bajaron un segundo a sus labios.
—Así que te sugiero que seas una buena chica. Porque cuanto más obediente seas, mejor será tu vida aquí. Y cuanto más te rebeles… peor lo pasarás…
El silencio se volvió denso. Lena notaba el corazón latiéndole en la garganta y un calor incómodo entre las piernas que la avergonzaba.
Damien se incorporó, como si nada hubiera pasado.
—Ahora ve a tu habitación. Deshaz la maleta. La cena se servirá a las nueve en el comedor principal. No llegues tarde.
Se giró hacia el escritorio, pero antes de que ella se levantara, añadió sin mirarla:
—Ah, y Lena…
—¿Sí?
—Ahora sí. Bienvenida oficialmente a tu nueva vida.
***
Damien no la dejó marchar inmediatamente.
En lugar de eso, se apartó del escritorio y le hizo un gesto seco con la cabeza para que le siguiera.
Lena obedeció, caminando un paso por detrás de él mientras recorrían un pasillo amplio con ventanales que daban al jardín trasero.
La mansión era enorme, mucho más de lo que parecía desde fuera.
Techos altos con vigas de madera oscura, suelos de mármol blanco y negro, y un silencio roto solo por el eco de sus pasos.
A través de los ventanales vio a tres hombres más patrullando el perímetro. Llevaban chalecos oscuros, gafas de sol y algo que claramente abultaba bajo la axila. No eran jardineros.
—Esto no es una casa normal —murmuró Damien sin girarse—. Es un fuerte. Y ahora tú vives dentro.
Llegaron a una zona más abierta: un salón enorme con chimenea de piedra, sofás de cuero negro y una barra de bar bien surtida. Damien se detuvo frente a uno de los ventanales y se giró hacia ella. La luz de la tarde le caía sobre la cicatriz de la mandíbula, dándole un aspecto aún más peligroso.
—Quiero que entiendas algo muy claro, Lena —dijo bajando la voz—. Yo no pedí esto. Tus padres lo dejaron todo en mis manos. Incluida tú. Y yo protejo lo que es mío.