CAPÍTULO 48
«Mi marido se pasó la vida transformando casas en fortalezas. Ahora lo veo hacer el camino de vuelta: abrir las ventanas exige más valor que cerrarlas.»
Luca moretti
La primera cosa que hice cuando volvimos de Capri fue prescindir de la mitad de los soldados.
La guerra había terminado. Salvatore estaba muerto. La Cosa Nostra de Palermo seguía neutral —el Capo dei Capi había mandado, la semana siguiente al funeral, una botella de vino y una nota de una línea: La pace è la pace.
Así que ya no necesitaba dieciséis hombres en la finca. Mantuve seis —los necesarios, los de siempre. A los otros diez los reubiqué en los negocios, con un aumento, porque el hombre que sirve en la guerra merece servicio en la paz.
Después, mandé abrir las ventanas.
Todas. Las del salón de música, las del salón verde, las de los pasillos que se quedaron con cortina pesada y contraventana cerrada por meses de asedio.
Donna Beatrice anduvo por la casa detrás de mí abriendo cada una, y el sol de noviembre entró en estancias que estaban a oscuras desde el atentado de octubre.
Contraté a un jardinero. Un viejo de Posillipo, recomendado por la nonna, que entendía de vides. Le pedí que cuidara las vides del bisabuelo y el limonero de Donna Beatrice, que habían crecido salvajes durante la guerra.
Matteo ahora trabajaba conmigo. No en la Camorra —Raffaele asumió esa parte, oficial, con todo el peso. A Matteo lo puse en Moretti Holdings, en la parte legal, en la importación. Tenía cabeza para los números, siempre la tuvo, incluso de chaval en Capri.
De prisionero en mi sótano a socio en mi empresa legal en siete meses.
La vida da esas vueltas.
Pasé por la habitación que iba a convertirse en cuarto de bebé.
Me detuve en la puerta. Era la habitación de mi madre —la habitación donde Valentina durmió la primera noche en Posillipo, encerrada por fuera, odiándonos a todos. Después se convirtió en la habitación de la nonna cuando venía de Capri.
Y ahora iba a convertirse en el cuarto de un nieto.
Miré los muebles antiguos de mi madre. El tocador. El crucifijo. El cuadro de la Madonna con el Niño.
Mamma, pensé. Te habría gustado saberlo. Tu habitación se convirtió en el cuarto de tu nieto. La casa que el papà hizo fortaleza, yo la estoy volviendo a hacer un hogar. Como tú querías, antes de que él lo estropeara todo.