Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

«Una entierra a sus muertos por la mañana, y por la tarde tiene que aprender a vivir de nuevo. Nadie enseña cómo se hacen las dos cosas el mismo día.»

LUCA MORETTI

Enterramos a nuestros hombres una mañana gris.

La capilla de la familia estaba en el fondo de la finca, detrás del viñedo —piedra antigua, tejado bajo, un ciprés a cada lado de la puerta.

La construyó mi bisabuelo. Mi padre está enterrado allí. Mi madre también.

Aquella mañana, cuatro ataúdes.

Tonio. Pasquale. Y Enzo y Dario, los dos soldados jóvenes que cayeron en el atentado de octubre, defendiendo la casa mientras yo sacaba a Valentina por la cocina.

Cuatro hombres. Cuatro familias. Cuatro nombres que yo iba a cargar.

Yo no hacía discursos. Un Don no hacía discursos. Pero me detuve ante cada ataúd y dije el nombre en voz alta, para que todos oyeran, porque un hombre que moría por la familia merecía al menos que la boca del Don dijera su nombre.

Las viudas estaban en la primera fila. La madre de Enzo, de Salerno, que me había mandado a su hijo con una recomendación y una bendición. El hermano de Pasquale, de Caserta.

Estreché cada mano, le dije a cada uno lo que se iba a hacer —pensión vitalicia, casa pagada, los estudios de los hijos pagados.

A la antigua usanza. La familia cuidaba de la familia de los que morían por la familia.

Ante el ataúd de Tonio, me detuve más tiempo.

Tonio me llevó en el maletero de un coche en 2009, cuando me dieron un tiro en las costillas en Roma y tuve que desaparecer. Tonio condujo para mi padre doce años antes de conducir para mí. Tonio cuidó de la nonna en Capri. Tonio llevó a Valentina al altar con la nonna en el asiento de atrás.

Y Tonio murió con dos balas en el pecho, entre mi mujer y la muerte, en la puerta del office.

Puse la mano en su ataúd. La madera estaba fría.

Grazie, pensé. La protegiste, protegiste a los dos y ni sabías que eran dos.

Raffaele estaba a mi lado, pero no dijo nada. Solo me puso la mano en el hombro, una vez, y la dejó ahí.

La nonna estaba en la segunda fila, vestido negro más cerrado de lo normal, el bastón apoyado en las dos manos. Cuando nuestros ojos se cruzaron, asintió despacio.

Coraggio, decía su mirada. Coraggio, nieto.

Después del funeral, llamé a Matteo al despacho de mi padre.

Entró con cuidado, como quien aún recordaba que ese mismo hombre lo había mandado al sótano sur meses atrás.

—Siéntate —dije—. Se acabó el sótano, Matteo.

Me miró.

—Se acabó la sospecha. —Apoyé las manos en el escritorio—. Ahora eres familia. No porque seas hermano de Valentina, sino porque te lanzaste delante de mi mujer en Villa Salina. Delante de una bala, por mi mujer y por mi hijo.

La cara de Matteo cambió.

—Un hijo.

—Está embarazada.

Matteo cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos.

—Sorella —murmuró, más para sí mismo—. Madonna, sorella.

—Te lanzaste delante de ella sin saberlo —dije—. Eso paga cualquier deuda que alguna vez creí que tenías. Eres fratello en esta casa. ¿Chiaro?

Se levantó. Tendió la mano y se la estreché —no como Don y prisionero. Como cuñados, casi como hermanos.

Cuando salió, me quedé solo en el despacho.

Miré la estantería. La foto del bautizo seguía vuelta contra la madera, donde la había puesto la noche de la ejecución de Carlo.

La cogí.

Mi padre en el centro. Raffaele de bebé en su regazo. Carlo a la izquierda, traje gris. Salvatore a la derecha, traje negro.

Los dos padrinos. Los dos falsos. Los dos muertos ahora a manos mías o por la daga de mi mujer.

Cogí unas tijeras del cajón de mi padre y recorté.

Quité a Carlo y a Salvatore. Dejé solo a mi padre y a Raffaele de bebé. Recorté a los dos traidores de la foto de mi familia, y tiré los pedazos a la chimenea fría.

Después volví a poner la foto recortada en la estantería. De frente, esta vez.

VALENTINA MORETTI

La nonna volvió de Capri por la tarde.

La encontré en el jardín, en el banco de piedra cerca de la parra del bisabuelo —el mismo lugar donde, meses atrás, Luca casi me había besado y yo le había apartado la cara.

La vida entera cabe en un jardín, a veces.

Me senté a su lado.

—A Lucia le encantaba esa parra —dijo.

—¿Usted la traía aquí?

—Todos los veranos, antes de Capri. En mayo, cuando la uva estaba nueva. —La nonna sonrió de medio lado—. Ella y la madre de Luca, Marta, se sentaban en ese banco y tomaban limoncello mientras vosotros, de niños, corríais por el viñedo. Tú, Matteo, Luca, Raffaele.

Tragué saliva.

—No me acuerdo.

—Tenías tres años, signora. —La nonna puso su mano sobre la mía—. Pero estuviste aquí. Antes de todo, antes del odio. Estuvisteis todos aquí, juntos, cuando aún se podía.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Matteo apareció por el sendero del viñedo y vino hasta nosotras. Se sentó en el suelo, delante del banco, como se sentaba de niño.

—Sorella. Luca me lo contó.

Sonreí y puse la mano en el vientre.

—Vas a ser tío, Matteo.

Se rio con aquellos dos dientes de delante un poco separados, la sonrisa que yo había reconocido en aquella foto en la pared de la habitación de su madre.

La misma sonrisa de cuando éramos niños.

—Tío —repitió, como quien prueba una palabra nueva—. Madonna. Tío.

Donna Beatrice cruzó el jardín con una bandeja. Café para la nonna, té para mí —ya había cambiado mi café por té sin que yo lo pidiera, porque lo sabía, todo el mundo en esta casa lo sabía ya.

Dejó la bandeja en el banco, pero antes de irse, se detuvo y me miró.

—Va a ser bueno tener un niño en esta casa de nuevo, signora —dijo, bajo—. Hace treinta y cuatro años que no lo hay.

Y se fue, a su manera, sin esperar respuesta.

El sol empezó a bajar sobre la bahía.

Miré la casa —la Villa Moretti, blanca, inmensa. Durante meses había sido una fortaleza: ventanas cerradas, la guardia doblada, cortinas pesadas. Ahora, al final de aquella tarde, con la nonna a mi lado y Matteo en el suelo y un hijo dentro de mí, empezaba a parecer otra cosa.

Empezaba a parecer un hogar.

Miré el Vesubio, al otro lado de la bahía. Oscuro, enorme, durmiendo en el agua azul, como siempre. Pero aquella tarde, con el sol bajando detrás de él y el cielo volviéndose color de fuego, parecía, por primera vez, estar en paz.

Gracias, pensé —no sé a quién.

A mamá. A Marta. A las dos madres que se sentaron en ese banco antes que yo.

Llegué entera, no llegué sola.