Prometida al mafioso de Nápoles LUCA MORETTI
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LUCA MORETTI

Tiré de Valentina hacia detrás de mí.

Bajé los ojos hacia Salvatore.

De rodillas en medio del recibidor. Dos de mis hombres sujetándole los brazos. El traje ancho, el pelo blanco, el blanco de los ojos amarillento, las manos con manchas.

Ese era el hombre que mandó matar a Tonio.

Que mandó matar a Pasquale. Que hirió a mi nonna en la sien.

Que encerró a su propio hijo siete años.

Que reclutó a Carlo hacía siete años y me dejó ciego dentro de mi propia casa.

Que mandó a tres hombres a matar a Valentina, mientras ella tomaba café en el salón verde.

Saqué la daga de la americana.

Salvatore miró la daga, y la reconoció.

—Esa es de Lucia —murmuró.

—Era de su bisabuela —dije—. Me la dio Valentina.

El viejo se rio. Una risa seca, sin alegría.

—Eras amigo de mi hijo —dijo—. Comías en mi mesa en Capri cuando erais chavales. Te conozco desde los doce años, Moretti.

—Y mataste a tu hijo —afirmé—. Fingiste su muerte, lo encerraste siete años. Le mostraste a Valentina un ataúd cerrado y la dejaste llorar a un hermano que estaba vivo. Siete años, Salvatore.

—Te di a mi hija, Moretti. —Su voz se aceleró—. Paré la guerra. Hice el trato. Te entregué a Valentina en bandeja, yo…

—Me diste una bomba —interrumpí—. La mandaste a mi casa llena de odio, queriendo que me matara en la cama alguna noche de noviembre. Ese era tu plan. Que ella me odiara, me matara, y tú te quedaras con todo.

Salvatore no respondió, porque era verdad.

—Pero me amó —continué, más bajo—. Ese fue tu único error de cálculo, Salvatore. La mandaste a odiarme, y me amó.

Miré atrás.

Valentina estaba en la puerta de servicio, llevada por Matteo. Pero se había parado, se había vuelto y me estaba mirando —los ojos verdes, la cara pálida, la mano abierta en su vientre sin darse cuenta de que estaba ahí.

La miré. Me miró. Y asintió.

Una vez, despacio.

Permiso.

Ella no iba a matar a su padre, yo no iba a dejar que cargara con eso, y lo había aceptado. Pero me miró a los ojos y asintió, y entendí: no estaba huyendo de la decisión.

Me la estaba dando. La venganza era suya, y me la estaba entregando, igual que me había entregado la daga.

Brava, bella mia.

Me volví hacia Salvatore.

—Mors potius macula —dije, bajo—. Antes la muerte que la deshonra. Lo llevo tatuado en el pecho desde los diecinueve años. Le juré a mi madre que nunca iba a ser el tipo de hombre que ella odió en mi padre. —Apreté el puño de marfil—. Tú fuiste el tipo de hombre que tu mujer odió. Hasta el final.

Salvatore abrió la boca para decir algo.

No hubo tiempo.

Fue rápido. Fue limpio. Fue a la antigua usanza, con la daga que las mujeres de su familia llevaban para defenderse de los maridos. La hoja de Toledo de trescientos años hizo lo que había sido forjada para hacer.

El hombre que se hacía llamar su padre cayó al suelo del recibidor.

El tiroteo había terminado hacía minutos, y ni me había dado cuenta. La casa entera en silencio. Solo el mar de Mondello rompiendo contra las rocas a los dos lados de la península, fuera, igual que rompía cuando esos chavales —yo, Matteo— corríamos por la playa en mil novecientos y pico.

Limpié la daga en el faldón de mi propia camisa, y la guardé en la americana.

Miré a Valentina en la puerta.

Yo me encargué de esto, bella mia. Por lo que llevas.

Crucé el recibidor, pasé junto al cuerpo sin mirar hacia abajo. Llegué a la puerta donde ella estaba, con Matteo sujetándole los hombros.

No hablé.

Solo la abracé, la apreté contra mi pecho, contra el tatuaje latino, con la casa muerta detrás de nosotros y el mar rompiendo fuera.

Ella no lloró. Yo no lloré.

Su mano subió y se cerró en mi camisa, encima del corazón. Y nos quedamos así, en medio del recibidor de Villa Salina.