LUCA MORETTI
El yate salió de Mergellina a las nueve de la noche.
Valentina, la nonna con un vendaje en la sien, Matteo cargando una maleta por primera vez en siete años, cuatro soldados Moretti. Raffaele se quedó en Posillipo.
La travesía fue silenciosa.
Le sostuve la mano a Valentina todo el tiempo. Apoyó la cabeza en mi hombro. Matteo, en el asiento de delante del yate, me miró una vez, bajó la cabeza, y volvió a mirar el mar.
En Capri, en la Marina Grande, Donna Pia esperaba.
La nonna bajó primero, apoyada en Matteo.
Salté a la piedra, y le tendí la mano a Valentina.
—Dos semanas —dije.
—Dos.
—Lo prometto.
—Lo sé.
Me soltó la mano despacio. Se fue caminando con la nonna hacia la subida de la calle estrecha hasta la casa rosa, con Matteo al lado.
Antes de desaparecer en la curva, se volvió.
Saludé con la mano. Ella saludó.
Volví al yate. En el camino de vuelta a Mergellina, me quedé solo en la cubierta. Un cigarrillo encendido por primera vez en cuatro años —no un puro, un cigarrillo, del paquete que el capitán me ofreció sin preguntar.
El Vesubio apareciendo al otro lado de la bahía, oscuro, contra un cielo sin luna.
Bella mia. Te prometí dos semanas, pero voy a matar a tu padre antes de lo que prometí.
Apagué el cigarrillo en la borda y lo tiré al mar.