LUCA MORETTI
Carlo llegó a las ocho en punto.
Le estreché la mano en la entrada. Su mano era la misma de siempre —flaca, fría, con la alianza de viudo en el anular izquierdo.
—Padrone.
—Carlo.
—Bagnoli.
—Sì. Bagnoli.
Me senté en la silla de mi padre, y le señalé el sillón.
—Padrone, sobre el cargamento. Los Rossi ya se están moviendo. —Abrió la carpeta. Sacó tres fotos del hotel en Pozzuoli, de los tres hombres entrando—. Como usted previó.
—Capisco.
—El jueves por la noche, sugiero una emboscada en la rotonda de Bagnoli. Cuatro hombres nuestros.
Cuarenta años.
El hombre que me tuvo en brazos en el funeral del tío. El hombre que leyó las cartas para Lorena. El hombre que me llamó capo a los diecinueve en el cementerio de mi madre.
—Carlo.
—Sì, padrone.
—Antes de Bagnoli, quiero que hables con Matteo en el sótano. Hoy.
Vaciló un poquito.
—Sì, padrone.
—Ven.
Me levanté y salí con él siguiéndome.
Bajamos las dos escaleras y cruzamos el salón de entrada. Bajamos la del sótano, Raffaele estaba al pie de la escalera, apoyado en la pared, esperando. Cuando Carlo lo vio, se frenó a medio paso.
Pero no corrió, fue hasta el final del pasillo.
Lo paré en uno de los cubículos laterales, un lugar pequeño, paredes de piedra, sin ventana, sin nada.
Saqué la pistola de la americana, el silenciador ya enroscado.
Carlo no corrió, no gritó, solo apoyó la espalda en la pared de piedra, despacio. Luego se quitó las gafas redondas, guardándolas en el bolsillo interior de la americana.
—Carlo.
—Sì, Luca.
Por primera vez en veinte años me llamó Luca, no padrone.
—¿Por qué?
Suspiró, mirando al techo.
—Nunca ibas a dejarme ser capo, Luca. Soy viejo. Sesenta años. En 2018 Salvatore me ofreció el veinticinco por ciento de la casa Rossi por tu caída. Bianca fue quien trajo la invitación. —Bajó los ojos—. Acepté.
—Fuiste padrino de mi hermano.
—Lo sé. —La voz le falló—. Perdóname, Luca.
—Reza.
Cerró los ojos, cruzando las manos delante del cuerpo.
—Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus…
Esperé el final.
—…nunc et in hora mortis nostrae. Amen.
Y sin pensarlo mucho disparé.
La pistola hizo un sonido corto, sordo, contenido por el silenciador.
Carlo cayó de lado, despacio, contra la pared de piedra. La sangre resbaló por la pared en una sola línea.
Raffaele entró en el cubículo, pero no me miró a mí, sino al cuerpo.
—Fratellone.
—Ocúpate de esto.
—Sì.
Salí. Me lavé las manos en el baño de la planta baja, y me cambié la camisa en la habitación de invitados de la segunda planta, no en la nuestra, porque no quería que ella viera la sangre en la ropa.