Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

«Siempre supe que iba a casarme, pero no sabía que iba a entrar sola para encontrarme con dos madres en el altar.»

Valentina ROSSI

La iglesia olía a incienso quemado durante siglos.

Me detuve en la puerta trasera, con Donna Beatrice ajustándome el velo por última vez, viéndolo todo de lejos.

Luca estaba a la derecha del altar. Traje negro de tres piezas, camisa blanca, corbata negra de seda. La postura tensa, de esa forma en que se tensaba cuando no sabía qué hacer con las manos.

Se había peinado el pelo hacia atrás. Nunca lo había visto con el pelo peinado.

Se volvió antes de tiempo y me miró.

El corazón me dio un vuelco.

Francesca estaba en el escalón del altar, a mi lado, con el vestido azul noche que había elegido ella sola en Palermo. Bolso de mano negro a la cintura, un cigarrillo guardado dentro, porque Francesca no aguantaba una hora sin cigarrillo, y yo lo sabía.

Cuando me vio, apretó los labios, pero no lloró. Casi.

El órgano empezó. No era la marcha nupcial de siempre. Era Schubert —Ave Maria. Lo había elegido Adelina.

Anduve.

Anduve despacio, sola, sin padrino, sin padre, sin hermano —el mío estaba en el sótano sur de la Villa Moretti, con libros y una jarra de agua, y yo llevaba en el pecho la frase de la nonna: se entregó para salvar a su madre.

Anduve los veinticuatro pasos del pasillo de la iglesia con las dos esmeraldas —una en la oreja, otra en el anular derecho.

Anduve con once kilos de tela marfil. Anduve con la nonna Adelina en el primer banco de la derecha, vestido negro absoluto, el bastón apoyado en la rodilla, los ojos negros fijos en mí.

En el segundo banco de la izquierda —vacío. El sitio de mi padre.

La prensa social napolitana iba a fijarse. La nonna había mandado dejarlo vacío aun así. Que vean, había dicho anoche. Que vean el sitio del muerto.

Llegué al escalón y Francesca me apretó la mano con suavidad por encima del ramo.

—Estás preciosa, cabrona —susurró.

Casi me reí. Casi.

Subí el escalón y me detuve al lado de Luca.

Se inclinó —solo un centímetro, nadie lo vio— y susurró en mi oído tan bajo que solo lo oí yo:

—Bella mia.

El cura habló en italiano antiguo.

No lo entendí todo, y no hacía falta. Sabía lo que estaba diciendo, las frases pasaron por mí como pasan por los novios de todas las iglesias del mundo —incomprendidas y comprendidas a la vez.

Cuando llegó a los votos, Luca fue primero.

Se volvió hacia mí, y tomó mis dos manos con las dos suyas. Tenía las manos frías.

Madonna, pensé. El hombre tiene las manos frías.

—Yo, Luca Vincenzo Moretti —dijo bajo—, te recibo, Valentina Rossi, como mi mujer.

Tragué saliva.

—Prometo serte fiel. En la alegría y en el dolor. En la salud y en la enfermedad. Todos los días de mi vida.

Sus ojos negros no se apartaron de los míos ni un segundo, y entonces el cura me miró.

—Signora.

—Yo, Valentina Rossi, te recibo, Luca Vincenzo Moretti, como mi marido.

Mi voz no tembló. Mi boca, sí. Pero la voz no.

—Prometo ser fiel. En la alegría y en el dolor.

—Sì, bella mia —murmuró, tan bajo que solo lo oí yo.

—En la salud y en la enfermedad. Todos los días de mi vida.

Francesca, a mi lado, soltó el aire.

El cura tendió la bandeja de plata. Dos anillos de oro. Finos. Sin piedra. Iguales.

Luca cogió el mío y levantó mi mano izquierda —el anular— y lo encajó. Y, por un segundo, sentí las dos esmeraldas brillar juntas: la de Marta en el derecho, la de Lucia en la oreja izquierda.

Dos madres. No me estoy casando a ciegas.

Cogí su anillo.

Su mano era enorme. El dedo grueso, con las venas marcadas bajo la piel bronceada.

Encajé el anillo.

—Ció che Dio ha unito —dijo Don Alessandro—, l'uomo non lo separi.

Luca se inclinó.

Su mano subió hasta mi cara, la palma entera en mi mejilla, a su manera, y entonces me besó.

No fue un beso corto de cortesía. Fue un beso de Luca Moretti —tres segundos enteros, tres, con la iglesia respirando alrededor y nadie atreviéndose a moverse.

Cerré los ojos, sentí el calor de su cuerpo a través de la americana de lana pesada.

Cuando se apartó, me reí. Por primera vez en todo el día, sonreí.

Los aplausos de toda la iglesia lo llenaron todo.

Salimos.

Granos de arroz en el pelo, en el velo, en el hombro de su americana. Fotógrafos en el escalón de abajo, gritando en italiano y en inglés a la vez. Francesca detrás de nosotros con el ramo en la mano.

La nonna esperaba en el segundo escalón, apoyada en el bastón. Cuando Luca pasó por su lado, se detuvo y le besó la mano. Ella le besó la frente, después me miró.

—Signora Moretti.

—Nonna.

Vi su primera sonrisa en todo el tiempo que llevaba conociéndola.