LUCA MORETTI
Acquaviva entró en el despacho a las once y cuarenta.
Yo estaba de pie, junto a la ventana. Puro apagado entre los dedos, vaso de whisky en la mesa de al lado. La casa entera estaba en silencio —Valentina se había dormido hacía una hora, en nuestra habitación, con la mano debajo de la almohada, como dormía ella.
—Padrone. Lo he reducido a tres nombres.
No me volví.
—Tres.
—Sì, padrone.
—No me los digas aún.
—¿Padrone?
Encendí el puro y di una calada larga.
—Cuarenta y ocho horas, Carlo. Necesito cuarenta y ocho horas antes de oír los tres nombres.
—Capisco.
Esperó un segundo, después hizo la mínima inclinación de cabeza y salió.
Me quedé junto a la ventana. Fuera, el Vesubio dormía, negro contra el cielo negro. No respondió, claro. El Vesubio nunca respondía.
Di otra calada. Pensé en Valentina durmiendo, la mano debajo de la almohada, el pelo negro esparcido sobre la sábana blanca. Pensé en los tres nombres que Acquaviva había doblado dentro de aquella carpeta marrón.
Si es alguien a quien ella ama, pensé, lo mato igual.