CAPÍTULO 27
«Hay hermanos que vuelven. Hay hermanos que solo reaparecen.»
VALENTINA ROSSI
Me desperté decidida.
No había dormido bien. Había soñado con lirios blancos creciendo en el piano de la madre de Luca, y con Matteo abriendo la puerta del sótano de mi padre, en Mondello, veinte años atrás, con aquella sonrisa de los dos dientes de delante un poco separados.
Cuando abrí los ojos, Luca ya estaba de pie, junto a la ventana, abrochándose el puño de la camisa.
—Hoy bajo —dije—. Lo dije en serio.
—Te oí, bella mia.
Me senté en la cama, me subí la sábana hasta el pecho.
—Luca…
Se volvió y vino hasta la cama, se sentó en el borde, cerca de mi rodilla.
—La llave está en la mesa del recibidor. —Estiró la mano, me apartó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Acquaviva baja contigo. Sin discusión.
—Sin discusión.
—Brava.
Se inclinó y me besó el cuello, despacio, en la curva donde la barbilla se junta con la clavícula.
—Luca. Como vuelvas a hacer eso, no bajo al sótano.
Se rio por lo bajo, contra mi cuello, y sentí la risa antes de oírla.
—Va bene, bella mia.
La escalera del sótano sur era de piedra antigua, desgastada en el centro de los escalones. Las paredes sudaban un poco —no mucho, porque la Villa Moretti estaba bien construida hasta bajo tierra. La luz era amarilla, baja, venía de unas lámparas sujetas a hierro viejo.
Acquaviva bajaba delante de mí, con la llave grande en la mano. Andaba como quien había bajado aquella escalera mil veces.
Yo llevaba la daga en la bota. Luca había mandado decir, a través de Donna Beatrice, que podía llevarla.
—Signora —dijo Acquaviva, delante de la puerta de hierro—, cualquier cosa, la signora solo tiene que llamarme. Estaré fuera.
—Grazie, Acquaviva.
—Prego.
Giró la llave y la puerta se abrió sin chirriar.
Matteo estaba de espaldas.
Sentado en una silla de madera, junto a la mesa, con un libro abierto y un lápiz en la mano. Camisa blanca limpia, pantalón negro y barba de tres semanas.
Había adelgazado.
Cuando se volvió, vi los ojos de mi padre. Pequeños, negros, resentidos.
—Matteo.
—Sorella.
La palabra le salió seca. Sin afecto.
Me quedé de pie en la puerta, no fui corriendo a abrazarlo, mucho menos lloré. Ya había llorado todas las lágrimas del mundo en la Via Tragara, en la casa rosa de Capri, en el yate de vuelta a Posillipo.
—¿Estás bien?
—Estoy vivo. —Cerró el libro. Le Cosmicomiche, de Calvino—. Bien es una palabra grande para quien vive en una habitación sin ventana.
—Tienes libros.
—Tengo libros. —Sonrió sin sonreír—. Tu carcelero es amable.
Carcelero. La palabra me golpeó la espalda como una piedra.
—No es mi carcelero, Matteo. Es mi prometido.
—Ya. —Se levantó, despacio, y fue hasta el otro lado de la habitación, donde había una jarra de agua, y se sirvió un vaso—. Eso es lo que me duele, sorella.
Me mordí el labio inferior.
No he venido aquí a discutir. He venido a ver si está vivo. Y punto.
—Matteo. He leído la carta de mamá.
Dejó de servir.
—¿Qué carta?
—La que estaba en la caja de acero de Mondello, detrás del cuadro de San Sebastián.
—¿Fuiste a Mondello?
—Fui.
Apoyó el vaso en la mesa, despacio, como si el vaso fuera de cristal y él tuviera miedo. Por primera vez, la frialdad se le fue de la cara.
—¿Qué escribió?
—Que lo sabía desde 2010. Que avisó a papá en abril de 2012. Que dijo que, si no paraba, perdería a los dos hijos.
Matteo cerró los ojos. Cuando los abrió, los vi humedecerse.
—Mamá —murmuró.
—Mamá.
Nos quedamos los dos callados. Arriba, encima de la casa, sonó una campana —debía de ser la de la iglesia de Posillipo, tres campanadas.
Las once de la mañana.
—Sorella —dijo bajo—. Hay una cosa sobre Bianca.
—¿Bianca?
—Iba a visitarme a Capri. Donna Carmela la dejaba entrar.
—Lo sé. Me lo contó Bianca.
—Sorella —y su voz bajó todavía más—, no te lo contó todo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué?
—Pregúntale quién más iba a Capri a visitarme.
—¿Quién?
Me miró. Me miró de verdad, por primera vez desde que entré, pero no respondió.
La puerta de hierro se abrió detrás de mí. Acquaviva estaba en el umbral, un paso dentro de la habitación, con la mano levantada.
—Signora.
—Un minuto más.
—Signora —repitió bajo, con aquella voz que no era una petición—. Es la hora.
Miré a Matteo, y desvió los ojos.
—Vuelvo mañana —avisé.
No respondió.
Subí la escalera con la frase pegada a la boca del estómago.
Pregúntale quién más iba a Capri a visitarme.
En la habitación, todavía con la respiración entrecortada, saqué la daga de la bota, la tiré encima de la cómoda. Me senté en el borde de la bañera de piedra, pero no encendí la luz. Dejé entrar el sol de la tarde por la ventana alta sin cortina.
Luca llegó media hora después.
Entró sin llamar, sabía que yo estaba allí. Se quitó la americana, la tiró en el sillón de la habitación y se aflojó la corbata con dos tirones. Luego vino hasta el lavabo, abrió el grifo, se lavó la cara dos veces sin decir nada.
Lo miré. Camisa blanca, espalda ancha, los músculos de la espalda moviéndose bajo la tela.
Pericoloso, pensé. Aquel hombre es peligroso hasta cuando se lava la cara.
—Bella mia.
—Sì.
—Te estás guardando algo.
—Lo estoy.
Se volvió, apoyándose en el mármol del lavabo, secándose la cara con la toalla colgada al lado, y se quedó mirándome —sin prisa, sin presión.
Del modo en que él sabía mirarme.
—Cuando quieras decírmelo, me lo dices, bella mia.
Suspiré.
—Hoy no.
—Va bene.
Vino hasta el borde de la bañera. Me echó todo el pelo hacia un solo hombro y me besó la curva desnuda del otro hombro, despacio, una vez. Después me alzó por la cintura, con aquella facilidad de quien coge a un niño en brazos, y me puso de pie en el suelo.
—Cena conmigo.
—Sì.
Me llevó fuera del baño con el brazo alrededor de la cintura, y fui.
Y la daga se quedó encima de la cómoda, olvidada.