Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

«Hay bodas que se hacen con flores. Hay otras que se hacen con la flor que el enemigo manda primero.»

VALENTINA ROSSI

Me desperté en su regazo.

No en la cama, sino en el sillón del despacho, donde habíamos dormido después de la carta de mi madre.

Lo primero que vi fue la luz amarilla de la mañana dando en el panel de caoba. Lo segundo, la barbilla de Luca, sin afeitar todavía, áspera contra mi frente. Lo tercero fue su mano. Abierta, quieta en mi espalda, como si hubiera pasado toda la noche allí sin moverse un milímetro.

—Bella mia.

Su voz salió ronca, baja. No era una pregunta ni un saludo. Era una constatación.

Respiré hondo. Su olor me invadió.

—¿Qué hora es?

—Las seis y veinte.

—Madonna —murmuré—. He dormido toda la noche en un sillón.

—Has dormido toda la noche encima de mí.

Sentí el calor subirme del cuello a la cara.

Cinco semanas, pensé. Cinco semanas hasta convertirme en su mujer sobre el papel. Y ya lo voy siendo cada día.

Me sujetó el pie izquierdo por debajo del borde del albornoz. Mano grande, pie pequeño, y aquel silencio suyo que no pedía respuesta.

—Cinco semanas —dije, en voz alta, para oír cómo sonaba.

—Cinco —confirmó.

—¿Es mucho tiempo?

—Es poco. —Se le tensó un poco la mandíbula, como se le tensaba cuando estaba pensando en algo—. Pero es lo que tenemos.

Donna Beatrice sirvió el desayuno en la terraza pequeña, la que daba al jardín de limoneros. Moño de acero, delantal negro, ojos que no se perdían nada.

—Buongiorno, signora Moretti.

Ya me había llamado signora dos veces desde el atentado. A la primera me bloqueé. A la segunda me bloqueé también, pero menos. A esta tercera solo incliné la cabeza.

—Buongiorno, Beatrice.

Sirvió el cappuccino, cortó el pan delante de mí, untó ricotta fresca con miel en un solo trozo y acercó el platito a mi mano.

—Ha llegado la signorina Lina. Está en el salón azul, con el vestido.

—¿Ya?

—Signora, faltan cinco semanas. Ya tendría que haber llegado ayer.

Tragué saliva.

Cinco semanas, otra vez. Por lo visto, la palabra era ahora moneda corriente de la casa.

—¿Y el padrone?

—Subió al despacho con el señor Acquaviva. —Limpió el borde de la bandeja con el paño doblado tres veces, como siempre—. No bajará tan pronto.

Lina era pequeña, huesuda, el pelo blanco recogido en una coleta apretada, y tenía alfileres prendidos en el pecho del vestido como medallas. Cuando me vio, dio unas palmaditas suaves, en un gesto de quien aplaude algo sagrado.

—Signora, Madonna santa. Levante los brazos, por favor.

Obedecí. El vestido era marfil, sin brillo, con encaje antiguo en la manga hasta el codo. Pesaba más de lo que recordaba de la primera prueba.

—Once kilos de tela —dijo Lina, arrodillada, con la boca llena de alfileres—. La nonna Moretti hizo la lista de lo que tenía que bordarse a mano. No me pida que quite nada.

—¿La nonna hizo la lista?

—La nonna Adelina, signora. Viene de Capri dentro de dos semanas, ¿lo sabía? —Lina sonrió de medio lado, peligrosa—. Para que la signora Moretti no llegue al altar con un trapo cualquiera encima.

—Dos semanas —repetí.

Dos semanas hasta que llegue la nonna. Cinco hasta que el hombre que se llama mi padre esté muerto.

—La nonna Adelina va a dormir en la habitación de... —Donna Beatrice apareció en la puerta con una toalla doblada en el brazo— en la habitación que era suya antes, signora. La habitación de la señora Marta.

—Sì.

—La signora sabe cosas —continuó Donna Beatrice en voz baja, sin mirar a Lina, que andaba con el dobladillo— que ni el padrone sabe.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Cosas?

Donna Beatrice no respondió. Solo dejó la toalla en el brazo del sillón, se alisó el delantal por delante con la palma de la mano, y salió.

Bajé al jardín después de comer, sola. Necesitaba respirar.

Sin embargo, incluso el jardín era ahora diferente.

Antes del atentado, había dos soldados visibles en la cancela y cuatro escondidos en la espesura. Lo sabía, porque los había contado, el segundo día en la casa, cuando todavía planeaba huir.

Ahora conté nueve solo desde donde estaba. Tres en la cancela, dos entre los limoneros, dos en el muro sur, dos en la escalera de la casa. Todos con traje negro y mirada de quien no dormía.

—Signora.

Tonio. El chófer de Luca, alto, hombros anchos, siempre con una toalla blanca doblada en el bolsillo interior de la americana, porque Luca no soportaba las marcas de dedos en el cristal del coche.

Tenía un ramo en las manos. Lirios blancos.

—Ha llegado para la signora —informó, y su voz estaba controlada del modo en que se controla la de un soldado cuando el hombre de dentro está esperando la orden de reventar a alguien—. Por la cancela de servicio. Repartidor normal. Tarjeta sin nombre.

Tragué saliva.

—¿Puedo ver la tarjeta?

Me tendió el sobre. Cartulina blanca, gruesa, con una sola frase escrita a mano en italiano.

Per la sposa che sposerà un morto.

Me quedé helada.

—Tonio.

—Sì, signora.

—Llévalo al padrone ahora.

—Sì, signora. —Vaciló medio segundo—. ¿La signora está bien?

Lo miré. Miré a los nueve hombres armados que alcanzaba a ver desde allí, miré los limoneros del bisabuelo de Luca, miré la parra allá al fondo, donde un hombre casi me había besado y yo le había apartado la cara.

Cinco semanas.

—Lo estoy —dije. Y mira que es una mentira del tamaño del Vesubio, pensé—. Estoy genial. Llévalo.

Subí al despacho.

Acquaviva estaba saliendo. Calvo, gafas redondas, una carpeta de cuero marrón bajo el brazo. Se detuvo para dejarme pasar, hizo una mínima inclinación de cabeza.

—Signora Moretti.

—Signor Acquaviva.

Su mirada se cruzó con la de Luca, dentro de la sala. Fue rápido, fue el tipo de mirada que dos hombres intercambian cuando están cerrando una red en torno a alguien.

Acquaviva bajó la escalera con la carpeta, y entré.

Luca estaba de pie, junto a la ventana. Los lirios estaban encima de su mesa, todavía en el celofán. No había mandado quitarlos.

—Lo has visto —dije.

—Lo he visto.

—¿Fue él?

—Fue él.

Respiré hondo. Aquel hombre iba a destruirme y yo iba a dejarlo —no, aquel hombre iba a protegerme y yo iba a dejarlo.

La confusión era nueva. La confusión era la novia nueva.

—Cinco semanas más —dijo bajo, sin apartar la cara de la ventana—. Cinco, bella mia. Aguanta cinco semanas.

—¿Y Matteo?

—Después de la nonna.

—¿Por qué?

—Porque la nonna sabe leer al hombre antes de que el hombre abra la boca. Y quiero que lea a tu hermano antes de que yo decida qué hacer con él.

Me mordí el labio inferior.

—Luca. Dame la llave del sótano. —No dijo que no, pero tampoco dijo que sí—. Piénsalo.

—Bella mia, no pienso en nada más que en ti desde que te encontré dormida en ese sillón de ahí.

Sentí un cosquilleo en el estómago, y enseguida bajé la escalera despacio.

Donna Beatrice estaba en el salón de música. Había quitado el paño de seda negra del piano, el piano que había sido de la madre de Luca. Las teclas blancas brillaban en la luz de la tarde.

—La signora lo va a necesitar —dijo, sin volverse—. La nonna Adelina va a querer oír.

Me senté en la banqueta. Apoyé los dedos en una tecla, sin pulsar. Do. Solo do.

Op. 9 n.º 2. El nocturno de mamá.

Cerré los ojos.

Cinco semanas hasta que toque el piano de su madre para su abuela, con el vestido que su abuela mandó bordar, sobre el cadáver del hombre que se llama mi padre.