Prometida al mafioso de Nápoles LUCA MORETTI
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LUCA MORETTI

Se durmió en mi regazo a las nueve y media de la noche.

No tuve valor para levantarme. Me quedé en el sillón, con ella encima de mí, con su pelo esparcido en mi pecho, con su respiración haciéndose más lenta a cada minuto.

Puse su mano sobre mi tatuaje.

Mors potius macula.

Me había tatuado esa frase a los diecinueve años, en el funeral de mi madre, jurando que nunca sería el tipo de hombre que ella había odiado en su marido.

Hombre que hace daño. Hombre que hace daño calculado a la mujer que durmió en su cama.

Casi había roto esa promesa dos semanas atrás, en el office, a oscuras, con whisky en el vaso.

Pero no la rompí.

Me fui a Roma y volví.

Y esa mujer había dormido encima de mí sin miedo, con la carta de su madre muerta todavía dentro del sobre encima de la mesa de mi despacho, después de pedirme que matara a su padre.

Por primera vez en veinte años de Don, pensé en algo que no tenía sentido:

Tengo que ser mejor con ella de lo que he sido con nadie hasta hoy. Si no, la profecía de su madre se cumple.

Le besé la coronilla.

—Bella mia —susurré, en voz baja, para ella dormida—. No voy a perderte.

Su mano apretó ligeramente sobre mi pecho, y apagué la lámpara.

Y, por segunda vez en veinte años, dormí con una mujer encima de mí.