CAPÍTULO 25
«Una carta de madre muerta pesa más que mil cartas de hombres vivos.»
VALENTINA ROSSI
Llegué a Posillipo a las siete y cuarenta y cinco de la noche.
El cielo estaba morado. Las luces de la casa ya estaban encendidas. Tonio cruzó la cancela sin reducir, atravesó la alameda, paró en la escalinata principal. Las puertas dobles se abrieron antes de que bajara del coche.
Luca ya estaba en la escalinata.
No bajó, solo esperó.
Subí los escalones despacio —con la bolsa de tela en una mano, el abrigo en el otro brazo, el pelo deshecho del viaje, sin maquillaje alguno. Me detuve un escalón por debajo de él.
—Has vuelto.
—He vuelto.
Me miró, y entonces tendió la mano.
No para coger la bolsa. Para coger mi mano.
Puse la mía en la suya, y entramos en la casa juntos sin decir una palabra más.
Subimos a su despacho.
Cerró la puerta, se sentó en el gran sillón de cuero del rincón y me atrajo para que me sentara con él —en su regazo, atravesada, con las piernas sobre su pierna derecha y la cabeza apoyada en el hombro sano.
Me besó la coronilla.
—Bella mia. Cuéntame.
—Prefiero enseñártelo.
Saqué el sobre del bolsillo interior del abrigo. El sobre blanco. El sello de mi madre. Per Salvatore. Solo per lui. Aprile 2012.
Lo puse en su mano.
—Es de mi madre.
—¿De verdad quieres que lo lea?
—Quiero.
Asintió una vez y abrió el sobre, sacando las tres páginas.
Me quedé en su regazo, no me aparté. Puse mi mano en su mano libre, entrelacé los dedos, y me quedé mirando el lado derecho de su barbilla mientras leía.
Leyó despacio.
No comentó nada. No respiró distinto. Pero le vi apretar la mandíbula tres veces, en puntos diferentes —una cuando leyó el nombre de su padre, Don Marco. Otra cuando leyó lo de su hijo, Luca, al que quieres como a un hijo desde que era niño en Capri. La tercera cuando leyó mueren.
Los dos. De formas diferentes. Pero los dos.
Cuando terminó, dobló las tres páginas con la misma precisión con que ella las había doblado y las volvió a meter en el sobre.
Y se quedó en silencio unos treinta segundos.
—Bella. Tu madre lo sabía.
—Lo sabía.
—Y no paró.
—No.
Me apretó la mano. Más firme. No con fuerza —con presencia, como quien se sujeta a otro.
—Valentina. Tu madre era una santa.
—Lo sé.
—Y tu padre —empezó sin más, sin peso, con la frialdad limpia de quien ha decidido algo allá por el tercer párrafo—. Tu padre es un hombre muerto.
No dije nada. No lloré. No argumenté.
Me quedé en su regazo con la mano entrelazada con la suya, sintiendo su corazón latir despacio contra mi hombro, y asentí en silencio.
La Valentina del convento, tres meses atrás, habría retrocedido, pedido perdón, implorado misericordia por su padre.
La Valentina de esa noche —la Valentina que había leído la carta de su madre tres veces en el viaje de vuelta, que había visto por escrito que su padre había sido avisado y había elegido continuar, que sabía ahora que su propia madre había previsto la muerte del hermano y la destrucción de la hija— la Valentina de esa noche no retrocedió.
Volví la cara y apoyé la frente en su cuello.
—Voy contigo a Palermo, Luca.
—Lo sé.
—¿Lo sabías?
—Lo sabía desde que me entregaste la carta.
Me besó la frente.
—Pero no ahora —dijo tranquilo—. Primero nos casamos.
—¿Por qué?
—Porque después de la boda, bella, eres una Moretti sobre el papel. Y una Moretti no va a Palermo como hija, va como signora. Y la diferencia lo es todo.
—¿Cuándo?
—Cinco semanas.
—Cinco semanas es mucho.
—No lo es. —Me besó la frente otra vez—. Espera conmigo, bella mia. Cinco semanas. Te prometo que todo va a pasar como tiene que pasar.
Lo miré.
—Lo prometto?
—Lo prometto.
—Mors potius macula?
Se rió, sin ganas. Pero se rió.
—Mors potius macula.
Y me besó.
No con hambre esta vez, sino con promesa…