CAPÍTULO 21
«Hay noches que empiezan en boda y terminan en guerra. En esta casa, pasan las dos cosas.»
VALENTINA ROSSI
Pasé el día mirando el reloj.
Me duché a las cuatro de la tarde, otra a las seis. Me probé tres vestidos diferentes antes de decidirme por el verde musgo de mi madre —el mismo verde de la foto del Capodanno del noventa y cinco. Me puse los pendientes de esmeralda de mi madre, me dejé el pelo suelto con un maquillaje ligero.
Me miré en el espejo a las siete y media. La Valentina del espejo me devolvió la mirada.
Por primera vez en cuatro semanas en aquella casa, ella y yo fuimos la misma persona.
A las ocho y cuarenta y dos, oí el primer disparo.
Estaba en el salón de música, sentada en la banqueta del piano, tocando Chopin bajito para hacer tiempo.
Dos.
Tres.
Y entonces —muy cerca, en el jardín sur— una ráfaga entera.
Me levanté, las manos dejaron de tocar solas. Antes de pensar qué hacer, la puerta doble del salón se abrió y Donna Beatrice entró corriendo —por primera vez en sus treinta y dos años en la casa, se le había descolocado el moño.
—¡Signorina!
—Donna Beatrice…
—Ven conmigo, ahora.
Me tiró de la muñeca y cruzamos el salón. Los disparos continuaban —ahora lejos, en ráfagas, dos puntos diferentes del perímetro. Oía a hombres gritar en napolitano, oía al perro del vecino ladrar como nunca había ladrado.
—Donna Beatrice, Matteo…
—Acquaviva está con él. Vamos.
Cruzamos el pasillo este corriendo. Subimos la escalera de servicio. Me empujó dentro de una estancia que nunca había visto —una salita entre dos habitaciones, sin ventana, con paredes de piedra más gruesas que las del resto de la casa.
—Aquí, signorina. —Cerró la puerta por dentro con una llave que sacó del bolsillo del delantal—. Treinta centímetros de piedra. Bala no pasa. No salga hasta que venga a buscarla.
—Luca…
—Está al llegar.
—Donna Beatrice. ¿Está usted armada?
Abrió un lado del delantal y mostró la culata de una Beretta vieja sujeta a la cintura.
—Treinta y dos años, signorina. No sirvo café con la mano derecha porque sí.
Salió y cerró por fuera.
Me quedé sola en la sala de piedra con el corazón en la garganta y el sonido de los disparos llegando como olas.
Veinte minutos.
Fue lo que duró.
Veinte minutos sentada de espaldas a la pared, con las manos en el regazo, con la daga en la bota porque me había puesto botas debajo del vestido por costumbre —siempre que bajaba la escalera en aquella casa, me ponía botas.
Costumbre de mujer de Moretti, había dicho Raffaele.
Los disparos fueron disminuyendo. Primero pararon las ráfagas, después los disparos sueltos, después quedó solo ruido de hombres corriendo, voces dando órdenes, motores de coche saliendo y llegando.
Y entonces silencio. Cinco minutos de silencio.
Y entonces pasos. No eran de Donna Beatrice, eran pesados y venían hacia mí, sin prisa, como quien vive en la casa.
La llave giró en la cerradura, la puerta se abrió y Luca se detuvo en el umbral.
Camisa blanca rasgada en el hombro izquierdo. Sangre en la manga derecha. Sangre en un lado de la barbilla —no suya, vi en sus ojos que no era suya. El pelo revuelto por el viaje o por la pelea, no sabía.
Los ojos negros.
Vivos.
—Bella.
Me levanté. No caminé. Corrí.
No pensé. Cinco metros de sala que crucé en tres pasos y me lancé contra él con toda la fuerza del cuerpo que tenía.
Sus brazos me cogieron antes de que llegara —una mano en la nuca, otra en la espalda— y hundí la cara en su pecho, en la sangre, en la camisa rasgada, en el olor a puro y pólvora y sándalo.
—Luca. Estás vivo.
—Lo estoy.
—La sangre…
—No es mía.
—¿De quién es?
—Después, bella.
Me apretó más. Sus dos manos firmes en mi espalda, sujetando, como me había sujetado bajo la parra, pero ahora con fuerza —fuerza de hombre que acababa de matar, que acababa de no morir, que acababa de bajar de la ola de adrenalina sin apagarse todavía.
Levanté la cara, y su boca encontró la mía antes de que me diera tiempo a pedirlo.
No fue como bajo la parra. No fue como en su habitación después de lo de Matteo.
Fue hambre.
Su boca vino dura, sin preguntar más, con el sabor a whisky y algo metálico —sangre, quizá la suya, después de todo, o se cortó el labio con algo, no sabía.
Sus manos bajaron de mi espalda a la cadera, y de la cadera al muslo, levantándome. Le rodeé la cintura con las piernas sin pensar, su espalda chocó contra el marco de la puerta, justo en el hombro herido.
—Luca, el hombro.
—Ahora no importa.
Su boca bajó por mi cuello, y eché la cabeza hacia atrás. Sentí sus dientes ligeramente en la clavícula —sin morder, marcando— y algo dentro de mí que no conocía, que debía de ser ancestral, que venía de antes del convento y de antes de mi madre y de antes de toda Italia, respondió.
—Bella. Mato a un hombre por noche hasta el día de tu boda si hace falta.
—No digas eso.
—Lo digo.
—Luca. Llévame a tu habitación.
Se detuvo.
Su boca a medio centímetro de la mía, su respiración rápida. Los ojos negros se abrieron, me miraron, se demoraron.
—¿Estás segura?
—Lo estoy.
—Bella. ¿Sabes lo que estás pidiendo? No voy a parar otra vez.
—No quiero que pares.
Me levantó entera del suelo —sin esfuerzo, sin cuidado tampoco, con la urgencia de un hombre que llevaba varios días esperando para hacer aquello.
Salió conmigo en brazos por el pasillo de la familia, y le apreté el cuello con las dos manos.
Y, por primera vez en mi vida, no pensé en la Madre Superiora.
No pensé en mi padre.
No pensé en Matteo en el sótano.
No pensé en Bianca, ni en la daga, ni en la carta de Francesca, ni en la llave de Mondello.
Pensé en una sola cosa.
En el hombre que me sostenía…