Prometida al mafioso de Nápoles LUCA MORETTI
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LUCA MORETTI

Oí sus pasos subiendo, y entonces lancé el vaso de whisky con fuerza contra la pared del office.

El cristal explotó en mil pedazos contra el azulejo de Vietri. El sonido rebotó por las paredes. En algún lugar de la casa, un perro ladró una vez y se calló.

Apoyé las dos manos en la encimera, bajando la cabeza.

Por dentro: Pericolosa.

Pero, por primera vez en veinticinco años, la palabra no era sobre la mujer.

Era sobre mí mismo.

Estaba a punto de romper una promesa que hice a los diecinueve años en el funeral de mi madre: la promesa de no ser nunca el tipo de hombre que mi madre odió en su marido.

Hombre que bebe para no sentir. Hombre que aprieta a una mujer contra la pared del office sin pedir permiso.

No había apretado a Valentina, no la había tocado.

Pero quería.

Y entre querer y hacer, en aquel office a oscuras aquella noche, habían sobrado dos minutos.

Levanté la cabeza. Metí la mano en el bolsillo, y marqué a Acquaviva.

—Pronto.

—Acquaviva. Necesito tres días.

—¿Tres días para qué?

—De distancia de Valentina. Me voy a Roma mañana. Tú te encargas de la casa, del sótano, y sobre todo de ella.

—Sicuro, Luca?

—Sicuro.

—Capisco.

Colgué.

Miré los añicos de cristal esparcidos por el suelo del office. Una mancha pequeña de whisky en la pared blanca, donde el vaso había explotado.

Y dije, en voz alta, a nadie más que a mí mismo:

—Volveré mejor, bella mia. Lo juro.