LUCA MORETTI
La frase quedó suspendida en el aire entre los dos.
Vi la boca de Valentina decir las palabras. Vi sus labios formar las sílabas: Mat-te-o-es-tá-vi-vo. Vi su barbilla temblar levemente cuando terminó la frase, y vi sus ojos mirándome como quien espera tener que sostener a un hombre que va a caer.
No caí.
Me quedé sentado en la banqueta de cuero con las rodillas a veinte centímetros de las suyas, con las dos manos apoyadas en los muslos, sin moverme, y durante treinta segundos exactos no pensé en nada.
Fue lo más extraño que me pasó desde que mi madre murió.
No pensé. No sentí. No argumenté.
Solo me quedé sentado, oyendo el sonido de mi propia sangre pasando por los oídos con la regularidad de una marea.
Y entonces, despacio, las cosas empezaron a volver.
Lo primero que volvió fue la imagen de Matteo a los diecisiete años en la terraza de Capri, en febrero de dos mil cuatro, enseñándome a fumar puros antes de tiempo.
«Bocca chiusa, fratellino, no dejes que el humo salga por la nariz, que pareces un matón de película italiana.
» Y se había reído, con su risa amplia, con los dos dientes de delante un poco separados, y yo me había reído con él.
Lo segundo que volvió fue la imagen del ataúd cerrado en el funeral de Palermo, en octubre de dos mil diecinueve. Salvatore en la primera fila, sin llorar, con Valentina llorando a su lado con diecisiete años y todavía pareciendo la niña del convento.
Yo no había ido; a la familia no la habían invitado. Aquel día me había quedado en Posillipo bebiendo whisky solo en el despacho.
Lo tercero que volvió fue la rabia. Pero no como yo conocía la rabia. No la rabia de Don, controlada, que usaba para trabajar. La rabia que vino era la del niño de quince años que vio a su padre pegar a su madre por primera vez y no pudo hacer nada: la rabia sin músculo, sin voz, sin dirección.
La rabia que ardía en las costillas.
Matteo. Vivo.
—Luca, di algo.
—¿Dónde?
—Capri. Via Tragara. Una casa rosa con una cerca de hiedra.
—¿Quién está con él?
—Una mujer mayor. Amante de su abuelo, de mi abuelo. —Vaciló—. Bianca dijo que Salvatore lo escondió allí hace dos meses, después de siete años en una propiedad en Suiza.
La miré. Sabía que mis ojos no estaban normales, los sentía arder de una forma que no conocía.
No era llanto. Era otra cosa: algún líquido interno que aún no había catalogado.
—Bella —dije despacio—. Vete a tu habitación.
—No, Luca. No me voy. Me quedo aquí.
—Necesito quedarme solo.
—Lo sé —afirmó sin más—. Y es exactamente por eso por lo que no me voy. Sé que pasaste tres años solo con esa pregunta; hoy no te quedas solo con la respuesta.
La miré. Y por primera vez en veinticinco años —desde la tarde de un miércoles de octubre de dos mil, cuando mi madre murió delante de mí sin dejarme una despedida—, sentí que parecía que me escuchaban.
Me levanté y fui hasta la ventana, apoyando las dos manos en el marco.
La sentí detrás de mí, levantándose y cruzando la alfombra, deteniéndose a unos centímetros de mí.
—Luca.
Tardé medio minuto en lograrlo, pero me volví.
Estaba allí, frente a mí, con el pantalón negro, la blusa blanca, el moño, sin maquillaje, con los ojos verdes —ahora veía que eran verdes, no castaños como había catalogado en las dos primeras semanas— húmedos sin llorar.
Y levantó las dos manos, y las puso en mis dos mejillas.
Con las palmas firmes. No de cariño: de sostén. Del modo en que una mujer sostiene a un hombre cuando se da cuenta de que está a punto de romperse y no puede romperse ahora.
—No estás solo —dijo en voz baja—. ¿Me has oído?
Cerré los ojos y apoyé la frente despacio contra la suya.
Me quedé así treinta segundos sin moverme, solo respirando su aire.