LUCA MORETTI
Ella subió, y yo me quedé en el banco de piedra bajo la parra quince minutos más.
Sin fumar, sin moverme, mirando el suelo de piedra entre mis dos pies, donde la luz del sol filtrada por la vid hacía franjas irregulares que se movían cuando se movía el viento.
Madonna.
La última mujer que me dijo que no fue mi madre, cuando tenía once años y quise salir de casa de madrugada con Matteo para ver el volcán.
Más de treinta años, más de treinta años sin que nadie me dijera la palabra no.
Y aquella muchacha de veintitrés años, criada en un convento, hija de un hombre al que voy a matar antes de que acabe el año, aquella muchacha me había dicho que no en el rincón de mi propia parra, con la mano en la pulsera de mi propio reloj, y me había bajado la mano de su cara como quien apaga una llama.
Y no conseguí enfadarme.
Me llevé la mano a la comisura de la boca, donde el pulgar casi había rozado la suya. Sentí su calor todavía allí: tal vez fuera imaginación, tal vez fuera la luz de la parra, tal vez fuera el whisky de la noche anterior haciéndome subir la sangre de la manera equivocada.
No retiré la mano, me quedé cinco minutos más con la mano en la boca, sintiendo algo que no sentía desde hacía tantos años que ya no tenía palabra para ello.