LUCA MORETTI
Lo vi todo desde la ventana de mi despacho.
La conversación no: no se podía oír, pero vi a Valentina entrar en el salón de música a las once y cinco.
Lo vi a través de la cubierta de cristal del patio, y también observé su postura cuando entró: hombros hacia atrás, la barbilla firme, un libro bajo el brazo como un arma educada.
Noté el momento en que se sentó en la banqueta del piano, y vi cómo Bianca, sentada en el sofá, fingió una sonrisa y descruzó las piernas.
Después, cuando Valentina se levantó y fue hasta la puerta, se detuvo en el marco un momento más de lo necesario para decir algo que hizo que Bianca bajara la Vogue y se quedara inmóvil en el sofá blanco como una estatua.
Apagué el puro.
—Cazzo.
Valentina había vuelto de Palermo sabiendo algo que yo aún no sabía. Y había decidido empezar a usarlo.
No conmigo. Con Bianca.
Apoyé las manos en el borde de la ventana.
Por dentro: Pericolosa.
Pero, por primera vez, sin peso en esa palabra. Sin amenaza. Como quien reconoce, por fin, a una socia.
Sonreí brevemente, muy despacio.
—Brava, bella mia —le dije a la ventana.