Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

«Hay hambres que uno sabe que tendrá algún día. La sorpresa es no saber nunca cuándo.»

VALENTINA ROSSI

Los relojes de la casa dieron las tres de la madrugada cuando por fin me decidí.

Llevaba cuatro horas sentada en el suelo de la habitación, con la espalda contra la puerta, oyendo dormirse la casa a mi alrededor: pasos de criada en la cocina, el motor de un coche en la alameda, el perro del vecino ladrándole a algo que quizá no existía.

Cuatro horas pensando en la palabra anzuelo. Cuatro horas pensando en su peso, en la forma en que Luca la había dicho sin titubear, como quien dice algo muy antiguo y muy decidido.

Siempre lo ha sido.

Me levanté. Las piernas protestaron, y esperé un minuto a que volviera la sangre.

No me cambié de ropa, seguí con los pantalones de lino negros y la blusa blanca que me había puesto para la biblioteca. Estaba descalza, no porque fuera sensual, sino porque era silenciosa.

Abrí la puerta de la habitación y crucé el pasillo del ala oeste sin hacer ruido. Los candelabros se habían quedado con una vela encendida cada uno: vieja costumbre de los Moretti, seguridad católica, que la casa nunca esté del todo a oscuras. Las llamas temblaban cuando pasaba.

Bajé la escalera de mármol.

Crucé el salón grande; el olor de la cena de dos noches antes seguía en las cortinas. Crucé el pasillo este y llegué a la puerta del despacho.

Había luz por debajo, y empujé sin llamar.

Luca estaba de pie en la terraza, de espaldas, fumando. Camisa blanca abierta hasta el tercer botón, sin chaqueta, la manga ya remangada. La foto que Acquaviva había dejado —la vi por el rabillo del ojo— estaba boca abajo encima del escritorio.

No se volvió, pero yo sabía que me había oído.

—Deberías estar durmiendo, Valentina.

—Tú también.

—Yo trabajo.

—Yo también.

Entonces sí se volvió.

Me miró durante dos segundos. De la cabeza a los pies descalzos. Y después dio una calada al puro.

—Allora. —Apoyó el hombro en el marco de la terraza—. ¿Qué quieres?

—Quiero que me expliques qué es un anzuelo.

La mano con el puro se le detuvo medio centímetro.

—¿Cómo?

—Te oí, Luca. —Fui hasta el escritorio y apoyé las dos manos en el borde—. Bajé la escalera de servicio y pegué la oreja a la pared. Te oí decir que Salvatore viene el viernes, que dejáis que me lleve a Palermo, que si sospecha perdéis el anzuelo. Que yo soy el anzuelo. Siempre lo he sido.

Esperé.

Cuando habló, no parecía la voz del Don que había usado en la cena. Era la voz de la terraza del viñedo, la voz baja de la madrugada del tobillo torcido.

—Oíste bien, pero no lo oíste todo.

—Entonces cuéntame el resto.

Apagó el puro en el cenicero de plata que había encima del escritorio. No se acercó hasta donde yo estaba: se quedó al otro lado de la mesa, de nuevo, con la madera entre nosotros, igual que la noche del enfrentamiento.

—Mejor siéntate.

—No.

—Siéntate, Valentina. Por favor.

La palabra «por favor» me desestabilizó más que el resto de la frase. Nunca me había dicho «por favor».

Me senté en el sillón de cuero con las manos en el regazo.

Apoyó los puños en el borde del escritorio y me miró a los ojos durante un buen rato.

—Cuando tu padre te prometió a mí, hace dos años, no acepté por el motivo que él cree que acepté.

—¿Qué motivo cree?

—Pacto político. Fin de la guerra. Sangre Rossi convirtiéndose en sangre Moretti, un hijo que heredará dos casas, paz en el sur de Italia —dijo, seco—. Ese es su motivo.

—¿Y el tuyo?

—El mío es más simple, bella. Acepté porque, mientras estuvieras aquí, en mi casa, prometida, tu padre seguiría viniendo, seguiría mandando.

Seguiría entrando y saliendo para ver a su hija y se quedaría cerca.

—Se detuvo—. Y necesito a tu padre cerca, Valentina.

Lo necesito desde hace siete años. Porque es la única forma de descubrir lo que hizo, con quién y cuándo.

—Entonces soy el cebo.

—Eres lo único que no puede dejar de venir a buscar.

—Soy el cebo.

—Yo no he dicho eso.

—Dijiste anzuelo. El anzuelo es cebo, Luca, no una metáfora bonita. Es lo que se clava en la boca del pez para que no pueda salir.

No respondió.

Me levanté y fui hasta la terraza. Miré la bahía a oscuras, las luces de los barcos, el Vesubio.

—¿Cuándo ibas a contármelo?

—Quizá nunca.

—¿Por qué?

—Porque, mientras no lo supieras, eras convincente.

Entonces sí me volví.

—Eres despreciable.

—Sì.

—Sabes que lo eres.

—Sì.

Lo dijo sin más, sin defenderse. Fue peor que si hubiera argumentado.

Volví hasta el escritorio y me detuve frente a él. Siguió apoyado en los puños, sin moverse, con el escritorio entre los dos.

—¿Qué ha cambiado para que me lo cuentes ahora?

Me miró largamente.

—Ha cambiado que lo has oído.

—Antes de eso.

—¿Antes?

—Antes de que yo oyera nada, Luca. ¿Qué cambió ayer, anteayer, la semana pasada? No me estabas contando nada, sé que no. Ibas a usarme hasta el viernes que viene y dejarme ir a Palermo con mi padre sin avisarme.

Bajó la mirada al escritorio.

—La foto ha cambiado algunas cosas.

—¿Qué foto?

—La foto que anotó mi bisabuelo.

Me atraganté medio segundo.

—Sabías que la iba a encontrar.

—Dejé que Raffaele te llevara al libro azul de la balda, Valentina. Le dije que te llevara al libro azul. —Levantó la mirada—. ¿Crees que decidió solo qué libro sacar de una estantería con cuatro mil volúmenes?

—Has usado a tu hermano.

—He usado el libro.

—Has usado a tu hermano para plantar el libro. Es diferente.

—Planté el libro hace un mes, bella, esperando a una novia cualquiera. Fuiste tú quien apareció.

Se acercó al borde del escritorio, al lado en que yo estaba, muy despacio.

No me tocó: se detuvo a medio metro de mí. Olí el puro, olí el whisky y, por debajo, aquel olor distinto, pero bueno, que aún no había conseguido nombrar.

—Te lo cuento ahora —dijo en voz baja—. Porque te lo mereces. No porque sea estratégico. Esto está arruinando mi estrategia, pero te lo mereces, Valentina. Y no puedo seguir haciéndote esto como te lo hice la primera semana.

—¿Por qué no puedes?

No respondió, solo miró mi boca y volvió a los ojos.

—Lo sabes.

Y fue eso lo que me desestabilizó.

No fue que se acercara, ni mucho menos el olor. Fue que dijera «lo sabes» como si fuera algo obvio entre nosotros desde hacía días, como si fuera algo que ya hubiéramos hablado sin palabras desde el viñedo, y yo ya no pudiera fingir que no lo sabía.

Retrocedí medio paso.

—Me voy a mi habitación. No vas a impedírmelo.

—No te impido nada.

Fui hasta la puerta y puse la mano en el pomo, pero me detuve, sin volverme:

—Luca... Cuando mi padre llegue el viernes, me iré a Palermo con él. Y volveré.

—Lo sé.

—Pero no como anzuelo.

Entonces me volví.

Estaba de pie al otro lado del escritorio, con la luz amarilla de la lámpara dándole desde abajo en la cara, y la cicatriz de la ceja brillando, y los ojos negros esperando.

—Voy a volver —dije en voz baja— como pescadora.

Sonrió muy despacio.

—Brava.

Salí del despacho.

Subí la escalera de servicio descalza y llegué a la habitación.

Me senté en la cama. Y por primera vez en diez días, no fue rabia lo que sentí subir.

Fue hambre.