Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Y al lado de la madre de Luca, en el centro de la foto, sonriendo: mi padre.

Salvatore Rossi, treinta y cinco años de edad. De traje claro. Padrino de Raffaele.

Mi padre era el padrino de Raffaele Moretti.

Tragué saliva y pasé a la siguiente foto.

Capodanno 1995, Capri. Nochevieja en casa de la nonna Adelina, en Capri.

La foto era en la terraza de la Villa, con el mar al fondo, todos de esmoquin y vestido largo.

Don Marco en el centro, la madre de Luca al lado.

Luca adolescente, catorce años, con esmoquin por primera vez, con el aire irritado del adolescente que preferiría estar en cualquier otro sitio.

Y detrás de él, con la mano en el hombro, sonriendo: mi padre. Y al lado de mi padre: mi madre.

Mi madre muerta.

Vestido verde musgo, pendientes de esmeralda que todavía hoy tengo en mi cajón.

Sonriendo. Preciosa. Viva.

Mi madre nunca me contó que había pasado la Nochevieja en casa de los Moretti, en Capri. Mi padre nunca me contó que era el padrino de Raffaele.

Nadie me contó nunca nada.

Seguí. Verano de noventa y nueve. Verano de dos mil. Verano de dos mil dos. En casi todas las fotos de familia de los Moretti de los años noventa en adelante, en Capri, mi padre estaba allí.

En la mitad de ellas, mi madre. En algunas, un niño de pelo negro que crecía foto a foto, flacucho, con la sonrisa abierta: Matteo.

Mi hermano había crecido con ellos, mi hermano había crecido con Luca.

Eran hermanos de otro tipo. De fin de semana, de verano, de cena de domingo, del tipo que crean las familias de la mafia italiana cuando dos capos deciden que sus hijos van a ser primos sin sangre.

Llegué a la última foto de la serie. Verano de dos mil quince.

Estate 2015, Capri — gli ultimi giorni.

La última foto.

Matteo estaba en el centro, con veintiocho años, y la sonrisa de la foto de mi habitación, solo que más cansada. A su lado, Luca —treinta y cuatro, seis años mayor—, sin sonreír, mirando directo a la cámara. La mano en el hombro de mi hermano, como quien sujeta algo.

Detrás de los dos, de pie, sin sonreír tampoco, con los brazos cruzados: mi padre.

La leyenda manuscrita bajo la foto, que el bisabuelo había escrito cuando aún vivía, decía:

Los últimos días antes de la ruptura.

Y debajo, en letras más pequeñas, con otro bolígrafo —uno más nuevo, escrito mucho después—, era de Luca; lo reconocí al instante porque era la letra del margen del sobre:

Salvatore se llevó a Matteo de Capri por la fuerza el 19 de agosto de 2015. Esa fue la última vez que vi a Matteo con vida.

Cerré el libro.

Me quedé sentada en la cama con el libro en las manos durante un tiempo que no consigo medir.

Mi padre no rompió con los Moretti en dos mil diecinueve, sino en dos mil quince.

Se llevó a mi hermano de Capri por la fuerza. Y, cuatro años después, mi hermano estaba muerto.

Fui hasta la ventana y la abrí.

La bahía estaba morada por el atardecer, los barcos volviendo a puerto, el Vesubio dorándose al otro lado del agua.

Y en algún lugar de esta ciudad, Luca Moretti estaba sentado en un despacho cualquiera, sabiendo lo de esta foto desde hacía años, sabiendo lo de esta fecha desde hacía años, y había esperado a que yo lo descubriera sola, porque sabía —lo sabía— que, si me lo contaba de golpe, no lo creería.

No me estaba engañando. Me estaba dejando descubrirlo.

Y eso era más violento que mentir.

Me senté en la cama de nuevo.

Dejé el libro en la mesilla de noche y me quedé mirando la pared.

Y entonces oí las voces.

Lejanas: venían del piso de abajo, del ala opuesta, por las cañerías o por la arquitectura antigua de esta casa, que llevaba el sonido por conductos que nadie conocía.

Me levanté y salí de la habitación, hacia el pasillo. Las voces se hicieron más altas cerca de la escalera de servicio.

Bajé dos tramos y me apoyé en la pared del pasillo que daba al despacho de Luca.

Una reunión.

La voz de Luca la reconocí primero: baja, sin afecto.

Después la de Raffaele, más ligera. Después una voz mayor, áspera: Acquaviva, deduje, el consigliere calvo y con gafas que había cenado con nosotros.

Y una cuarta voz que no conocía. Acento siciliano.

Un hombre más joven, de unos cuarenta años, quizá.

Hablaban deprisa. Solo pillé retazos de la conversación.

—...prima del matrimonio... —...non possiamo aspettare... —...lui sa che noi sappiamo...

Pegué más la oreja a la pared.

Y entonces Luca dijo, con claridad, en voz más alta:

—Salvatore vuelve el viernes.

—¿Antes incluso de la boda? —preguntó la cuarta voz, la siciliana.

—Cuatro semanas antes. Viene a por Valentina para una comida familiar en Palermo.

Se me heló la sangre.

—¿Y lo dejamos? —Acquaviva.

—Lo dejamos. —Luca—. Lo dejamos, porque si sospecha ahora, se la lleva de casa y perdemos el anzuelo.

—Ella es el anzuelo ahora.

—Siempre lo ha sido.

Me aparté de la pared y volví a subir la escalera de servicio con la mano temblando en el pasamanos.

Llegué a la habitación y la cerré con llave. Me senté en el suelo, con la espalda contra la puerta.

Anzuelo.

Yo era el anzuelo.