CAPÍTULO 7 #2
—¿Por qué ibas a contarme tú la parte que él no me contó?
—Quizá no lo haga. —Sonrió—. Pero aun así quieres contármelo. Lo veo en tu cara.
Tragué saliva. Tenía razón.
—Me dijo que Matteo dejó de ir a Capri en dos mil quince. No me dijo el motivo.
—Allora. —Se levantó del escritorio y cogió la taza, se acercó a la estantería donde yo estaba y se detuvo a mi lado—. La nonna lo sabe.
—¿Tu abuela?
—Mia nonna. Adelina. Vive en Capri. Viene a la boda. —Me miró de reojo—. Pero, si esperas a la boda para preguntar, ya la habrán instruido sobre qué decir y qué no decir. Capisci?
—Capisco.
—Tienes que ir antes.
—¿Y cómo voy yo a Capri antes?
Sonrió.
—Con suerte y con paciencia, cognatina. —Miró la estantería que había detrás de mí y señaló hacia arriba—. Por cierto, mira ese libro azul, tres baldas más arriba. Memorias de la familia, escritas por mi bisabuelo. Tiene algunas fotos.
Miré hacia arriba y vi que el libro estaba a unos tres metros de altura.
—No llego.
—Yo sí llego.
Dejó la taza en el escritorio y estiró el brazo hacia arriba, pasando cerca de mi cabeza. Acto seguido, sacó el libro azul de la balda. Cuando bajó el brazo, tenía el libro en la mano derecha y su hombro estaba cerca del mío.
—Ecco. —Me lo tendió.
Lo cogí.
Y justo en ese segundo, justo cuando mi mano tocó la suya alrededor del libro, la puerta de la biblioteca se abrió.
Luca se detuvo en el marco y nos miró a los dos.
Vi cómo lo leía todo en tres fracciones de segundo: vio a Raffaele detrás de mí, vio el libro entre los dos, vio la mano de Raffaele tocando la mía.
No dijo nada durante dos segundos. Cuando habló, la voz tenía aquella calma que era peor que un grito:
—Buenos días.
—Buenos días, fratello —dijo Raffaele, sin salir de detrás de mí, sin ninguna prisa.
—Estás ocupado, ya veo.
—Bajando un libro de arriba. La cognatina es bajita.
Di un paso adelante y sujeté el libro contra el pecho.
—Buenos días, Luca.
Me miró, pero no me devolvió el saludo.
—Raffaele. Tienes una reunión a las nueve con Acquaviva.
—Tengo una reunión a las diez con Acquaviva.
—La tenías. Me ha llamado ahora y la ha adelantado.
Raffaele me miró y luego a su hermano.
—Allora. —Cogió la taza del escritorio—. Te dejo con el Tolstói del bisabuelo, cognatina.
Salió y pasó junto a Luca en el marco. Los dos cruzaron una mirada que no logré descifrar.
Nos quedamos los dos solos en la biblioteca.
Luca entró y cerró la puerta a su espalda con la mano izquierda, sin volverse a mirar lo que hacía. Después se acercó al escritorio del centro.
No hacia mí: hacia el escritorio. Luego apoyó las dos manos en el borde.
—¿Qué haces, Valentina?
—Leyendo las memorias de vuestro bisabuelo. Podrías haberme traído esa foto ayer.
—Podría.
—¿Por qué no la trajiste?
Alzó la vista.
—Porque ayer te estaba dando las verdades de una en una. Y no supiste esperar a la siguiente.
—Crees que no debería haber abierto el sobre.
—Creo que abriste el sobre cuando la persona equivocada quería que lo abrieras.
Se acercó hasta donde yo estaba y se detuvo frente a mí, no muy cerca, pero lo bastante cerca como para que tuviera que levantar la barbilla. Después miró el libro que tenía contra el pecho.
—Lee el libro, bella. No voy a impedírtelo.
Estiró la mano y posó los dedos en mi hombro, apretándolo un segundo.
—Si vuelvo a ver a mi hermano detrás de ti entre las estanterías —dijo en voz baja, en mi oído, sin burla, sin encanto, con la frialdad limpia del Don—, esta semana duerme en Roma. Chiaro?
No respondí.
Salió de la biblioteca sin esperar respuesta, y yo me quedé en mitad de la catedral de libros, sosteniendo las memorias de su bisabuelo contra el pecho.
Y descubrí, con una rabia fría, que el hombro donde sus dedos se habían detenido un segundo todavía ardía.
CAPÍTULO 9
«El muerto que camina da más miedo que el vivo que dispara.»
VALENTINA ROSSI
Me llevé el libro a mi habitación.
Cerré la puerta con llave y me senté en la cama, con la espalda contra el terciopelo del cabecero. Lo abrí por la primera página.
Memorie della Famiglia Moretti — 1887 a 1995.
Escrito por el bisabuelo de Luca, Don Cesare Moretti, dos años antes de morir. Letra apretada, italiano antiguo, algunos fragmentos en dialecto napolitano que tendría que descifrar más tarde.
Salté el texto y fui directa a las fotos. Había sesenta y tres fotos en el libro. Las conté.
Empecé por las más antiguas. Sepia, bodas de principios de siglo, tíos con bigote, esposas con vestidos negros hasta el tobillo. Pasé página y fui a los años sesenta: Don Vito Moretti, el abuelo de Luca, joven, en un casino de Sanremo. Pasé. Setenta. Ochenta.
Y entonces...
Años noventa.
La primera foto que me detuvo fue de noventa y tres.
Fiesta de bautizo: Battesimo di Raffaele Moretti, 12 maggio 1993, decía la leyenda manuscrita.
La familia reunida en el jardín de la Villa, en Posillipo.
Los reconocí a todos: Don Vito; el padre de Luca (Don Marco, que murió en dos mil dieciséis); la madre de Luca (joven, preciosa, con Raffaele de bebé en brazos); Luca de niño, con doce años, en una esquina de la foto poniendo mala cara a la cámara.