Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

«El día en que descubres que dos hombres pueden estar diciendo la verdad al mismo tiempo es el día en que pierdes la inocencia.»

VALENTINA ROSSI

Los pasos se detuvieron en la puerta.

No me volví. Seguí sosteniendo la carta, con la mano firme, porque si la mano me temblaba delante de él, no me lo perdonaría jamás.

—Allora. Has decidido no fingir.

—No.

—¿Por qué no?

Entonces me volví.

Luca estaba apoyado en el marco, la americana al brazo, camisa blanca con los dos primeros botones abiertos. El pelo mojado: acababa de ducharse. Los ojos negros clavados en los míos, sin sorpresa, sin rabia.

Solo observando, como quien observa a un animal que ha escapado de una jaula que él mismo construyó, decidiendo si vale la pena cerrarla de nuevo.

Levanté la carta.

—¿Qué día se escribió?

—La fecha está en ella, bella.

—Sé qué fecha figura ahí. Te estoy preguntando qué día se escribió. ¿Quince de octubre de dos mil quince o dos mil diecinueve, Luca?

—Sabes la respuesta.

—Quiero oírlo de tu boca.

Entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí.

No echó la llave. Se acercó al escritorio, pero no demasiado: se detuvo al otro lado, con la mesa entre los dos, y apoyó las dos manos en el borde como quien se prepara para una negociación que no quiere hacer.

—La carta es de dos mil quince. La escribió tu padre el verano en que Matteo dejó de ir a Capri.

—¿Y por qué está en un sobre con la fecha manipulada?

—Porque alguien la manipuló.

—¿Tú?

—No.

—¿Quién, entonces?

—Aún no lo sé, Valentina.

—¿Aún no lo sabes? —Sonreí con sorna—. Ayer me trajiste a este despacho, te remangaste, abriste esa carpeta, juraste que ibas a demostrar tu versión, y ahora me dices que alguien la manipuló y que no sabes quién.

—Eso mismo.

—¿Fue Bianca?

Se detuvo, y entornó los ojos un milímetro más.

—¿Por qué has dicho el nombre de Bianca?

—Porque fue ella quien me mandó a este despacho esta mañana.

Silencio.

No se movió, pero le vi apretar la mandíbula: la mandíbula izquierda, cerca de la cicatriz de la ceja.

Fue la primera vez que vi a Luca Moretti enfadarse de verdad delante de mí.

Aun así, no levantó la voz, ni mucho menos dio un golpe en la mesa.

—¿Qué te ha dicho?

—Que tienes la costumbre de traer mujeres aquí. Que te remangaste para ella en junio de dos mil dieciocho. El mismo escritorio, la misma carpeta. ¿Es verdad?

Tardó tres segundos en responder. Tres largos segundos:

—Bianca estuvo en este despacho una vez. En dos mil dieciocho. No para escuchar una versión de la historia, Valentina. Para poner fin a siete años.

—Qué historia más tierna.

—Es la verdad.

—Tu verdad.

—La única que tengo.

Dejé la carta en el escritorio, entre los dos, y la empujé hacia él.

—¿Sabes lo que creo, Luca? Creo que sabes exactamente quién manipuló esa carta.

Creo que me trajiste aquí ayer porque sabías que Bianca iba a mandarme de vuelta hoy.

Creo que eres más inteligente de lo que finges ser, y que anoche no me contaste ni la mitad de la historia: me contaste la parte que servía para que confiara en ti lo suficiente como para no intentar huir de nuevo.

—¿Eso crees?

—Eso creo.

Vino hasta el lado del escritorio donde yo estaba.

Despacio. No por el camino más corto: por el borde, rodeando, de la manera en que andan los hombres grandes cuando quieren parecer más grandes. Se detuvo a medio metro de mí y levanté la vista, porque era demasiado alto, y porque fingir que no lo era habría sido un error táctico.

—Valentina. Si quisiera engañarte —dijo en voz baja—, no habría dejado el sobre aquí, encima de la mesa, para que lo abrieras.

—Quizá querías exactamente que lo abriera.

—Quizá. —La comisura de su boca se curvó hacia arriba, pero no era la sonrisa de antes. Era una sonrisa fina, peligrosa, sin calor—. Pero entonces explícame una cosa, bella. ¿Por qué tienes tanto miedo de creerme?

—No tengo miedo de nada.

—Sí que lo tienes.

—No lo tengo.

—Tienes miedo de que esté diciendo la verdad. Porque, si lo estoy, ya no te queda nadie a quien odiar.

Levanté la mano. No sabía si era para empujarlo o para pegarle, pero no llegué a descubrirlo: me sujetó la muñeca en el aire, sin fuerza, antes de que decidiera.

—No —dijo—. Vete a tu habitación, antes de que digamos algo de lo que ninguno de los dos pueda retractarse.

Salí y crucé el pasillo sin mirar atrás. Oí la puerta del despacho cerrarse a mi espalda y, justo después, el ruido sordo de algo de cristal estrellándose contra una pared.

Subí la escalera del ala oeste de dos en dos peldaños y entré en la habitación, cerrando la puerta con llave por dentro por primera vez desde que llegué.

Fui hasta el escritorio. Cogí papel y bolígrafo y me senté. Después escribí en lo alto de la hoja, en mayúsculas:

LO QUE SÉ.

Debajo, en columna:

1. Mi padre mintió al decir que la guerra empezó en 2019.

2. Mi hermano desapareció de Capri en 2015.

3. Alguien manipuló una carta para cambiar 2015 por 2019.

4. Bianca quiere que desconfíe de Luca.

5. Raffaele me advirtió sobre Bianca antes de la cena.

6. Luca no niega que tiene información que no me ha dado.

7. Quiero creerle.

Miré la última línea y la taché. Reescribí:

7. Quiero creerle —y ese es el problema.

LUCA MORETTI

Encendí el puro en el balcón de mi habitación y marqué el número al que no llamaba desde hacía tres meses.

—Pronto —contestó Acquaviva.

—Era Bianca.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Cómo?

—La carpeta. El sobre. Fue Bianca.

—¿Sicuro?

—Hizo que Valentina la leyera hoy. Solo hace eso si sabe lo que hay en el sobre antes que Valentina. Solo lo sabe si lo vio antes. Y solo lo vio antes si entró en este despacho cuando yo no estaba. Y eso solo pasó si alguien de dentro la dejó entrar.

—Madonna.

—¿Con quién sale ahora, Carlo?

—¿Que yo sepa? Nadie fijo. Voy a averiguarlo, Luca. Esta noche te cuento.

—Esta noche.

Colgué.

Apoyé las dos manos en la barandilla del balcón. La bahía allá abajo estaba negra, con las luces de los barcos parpadeando a lo lejos, y el Vesubio dormido al otro lado del agua como siempre dormía.

Valentina tenía razón.

Yo lo sabía.

Lo sabía desde el segundo en que me enseñó la carta con la fecha encima, porque yo mismo había metido esa carta en el sobre hacía dos meses, con la fecha correcta de dos mil quince, y alguien, después de eso, había entrado en mi despacho con un bolígrafo y la había cambiado.

Alguien de mi casa.

Una persona que andaba por este pasillo sin que nadie la cuestionara, alguien que tenía una copia de mi llave o la paciencia de esperar a que la puerta estuviera abierta.

Pericolosa.

Sin embargo, esta vez no era Valentina, sino alguien de mi casa cuyo nombre aún no sabía.

Y Valentina, allá arriba, en la habitación de mi madre y encerrada por dentro, sería el motivo de que lo descubriera. Porque no iba a dejar de buscar, y quien montó esta situación contaba con ello.

CAPÍTULO 8

«Hay libros que uno saca del estante alto porque quiere leerlos, y hay libros que alguien dejó ahí arriba porque quería que uno estirara el brazo.»

VALENTINA ROSSI

Me desperté a las seis y media, me puse unos pantalones de lino negros, una blusa blanca de algodón y me recogí el pelo en un moño bajo.

Sin maquillaje. Sin perfume. Sin rojo.

Bajé y crucé la casa en silencio: solo una doncella pasando la fregona por el pasillo de mármol, que bajó la mirada cuando pasé.

Busqué la biblioteca. Estaba en el ala este, detrás de una puerta doble de caoba oscura con tirador de bronce.

Toda la casa era un museo, pero la biblioteca era una catedral.

Techos de seis metros de altura. Estanterías del suelo al techo cubriendo las cuatro paredes.

Una escalera de bronce sobre raíl, de esas que corren de un lado a otro de la estancia.

Un escritorio grande en el centro, orientado hacia una ventana alta que daba al viñedo.

Olor a cuero viejo, a papel antiguo y a puro: siempre puro, en todas las estancias de esta casa, como si los hombres de los Moretti hubieran fumado tanto a lo largo de cuatro generaciones que la propia madera respirara.

Cerré la puerta tras de mí.

—Buenos días, biblioteca —susurré.

Empecé por la estantería más cercana a la ventana.

—Madrugas, cognatina.

Di un respingo y casi se me cayó el libro que tenía en la mano.

Raffaele estaba apoyado en el marco; cuánto tiempo llevaba allí, no lo sabía. Camisa azul marino, sin chaqueta, una taza de café en la mano.

—Cazzo, Raffaele.

Entró, caminando despacio hasta el escritorio del centro; después se sentó en el borde y dio un sorbo al café mientras me miraba.

—¿Buscando algo?

—Leyendo.

—Italiano antiguo, página veintidós, y no has llegado a abrirlo.

Miré el libro que tenía en la mano. Tenía razón: era un tratado de derecho mercantil de algún siglo que no tenía intención de averiguar.

Lo cerré y lo devolví a la estantería.

—Sí, busco algo.

—Brava. —Sonrió—. ¿Buscando el qué?

—Una foto de familia de los Moretti. Años noventa o dos mil. Verano en Capri contigo en una esquina con cara de niño.

—Aquí no la vas a encontrar, cognatina. Las fotos de familia están en el despacho de mi hermano.

—Sabes que no voy a volver allí en mucho tiempo.

—Ah. —Me miró con más atención—. Entonces es verdad, ayer os peleasteis.

—¿La casa habla?

—La casa susurra. —Dio otro sorbo—. Donna Beatrice se lo contó a Lina, Lina al chófer, el chófer al guarda de la entrada, el guarda de la entrada me lo contó a mí en el desayuno. En una casa de familia se sabe todo en cuarenta minutos.

—Qué eficiente.

—Sì. —Dejó la taza en el escritorio—. Vamos por partes. ¿Por qué quieres una foto de Capri?

Tenía dos opciones: o mentía y lo perdía, o decía media verdad y averiguaba qué me daría a cambio.

—Porque mi hermano pasó los veranos aquí. No lo sabía, y por eso quiero ver las fotos.

—¿Quieres ver las fotos de tu hermano?

—Sí.

Me miró en silencio, más tiempo del que era natural.

—Valentina. Dime una cosa —dijo muy despacio—. ¿Quién te dijo que Matteo pasaba el verano en Capri?

—Luca.

—¿Y qué más te dijo?

—¿Por qué?

—Porque quiero saber lo que te contó y lo que no te contó.

Entonces me tocó a mí mirarlo en silencio.