Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

«La mentira tiene las patas cortas.»

VALENTINA ROSSI

La cena duró tres horas y tuvo cinco platos.

Casi no comí.

Sentada a la derecha de Luca, con Bianca a tres sillas de distancia intentando recomponer el orgullo con copas sucesivas de barolo, y con mi padre al otro lado de la mesa fingiendo que yo no existía desde el entrante, no tenía estómago para más de dos bocados de cada plato.

Bebí agua y sonreí a quien hacía falta. Además, respondí a las tres preguntas que el consigliere Acquaviva me hizo sobre el convento.

Y esperé.

Esperé a que el postre se convirtiera en café. Esperé a que el café se convirtiera en grappa. Esperé a que los hombres se fueran al puro a la biblioteca, y a que Bianca por fin se despidiera alegando migraña, besando el aire cerca de la cara de Luca sin rozarlo.

Esperé hasta que solo quedaron mi padre, en la sala de los puros, hablando en voz baja con Acquaviva, y Luca de pie en la terraza del salón de música, fumando solo, de espaldas a mí.

Sin pensarlo mucho, fui hasta él.

—Lo prometiste.

No se volvió.

—Lo sé.

—Dijiste que me responderías cuando mi padre estuviera en tu mesa.

—Lo sé.

—Está en tu mesa.

—Está en mi biblioteca, Valentina. —Entonces sí se volvió, mirándome—. Y es mejor que esté allí cuando te lo diga. Ven conmigo.

Salió de la terraza andando, pero no esperó a que lo siguiera: sabía que lo haría.

Atravesamos un pasillo lateral y subimos medio tramo de escalera. Abrió una puerta con una llave que sacó del bolsillo interior del esmoquin y me hizo entrar primero.

Era su despacho, el que Raffaele había pasado de largo en la visita.

Madera oscura. Estanterías del suelo al techo. Un gran escritorio de caoba orientado hacia la ventana que daba a la bahía. Un mapa antiguo de Italia en la pared. Y, sobre el escritorio, una carpeta de cuero cerrada que él había dejado allí esperando.

Cerró la puerta detrás de mí y echó la llave.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

—Siéntate, Valentina. No es una escena que se escuche de pie.

Me senté en el sillón de cuero, frente al escritorio.

Él no se sentó en la silla opuesta. Se quedó de pie, rodeando la mesa, quitándose la chaqueta del esmoquin despacio y colgándola en el respaldo de la silla.

Se dobló las mangas de la camisa blanca hasta el codo, y vi de refilón el tatuaje en latín del antebrazo izquierdo: una frase que no me dio tiempo a leer.

—Allora. —Se apoyó en el frente del escritorio, los ojos fijos en los míos—. La foto.

—La foto…

—Se hizo en el verano del noventa y nueve en Capri, en casa de mi abuela. Yo tenía dieciocho años y Raffaele tenía ocho. Tu hermano tenía doce.

—¿Cómo es que estaba en Capri con vosotros?

—Porque tu padre y mi padre llevaban veinte años siendo socios, Valentina —dijo despacio—.

La guerra entre las familias empezó en dos mil diecinueve.

Veinte años después. Antes de eso, los Rossi y los Moretti se repartían la mitad del sur de Italia en paz.

Tu hermano pasaba todos los veranos en Capri con nosotros desde los doce años.

—Mi padre nunca me contó eso.

—Lo sé.

—¿Por qué demonios nunca me lo contó?

—Porque, bella, si te lo hubiera contado, habría tenido que explicarte por qué dejamos de ser socios, y eso no te lo puede explicar.

—¿Por qué no?

Luca me miró de una manera muy demorada.

—Porque fue él quien rompió, Valentina. No fuimos nosotros.

—¡Mentira!

—Puedo probarlo.

—Mentira.

—Puedo probarlo. —Se inclinó, abrió la carpeta de cuero y sacó un sobre grueso, dejándolo sobre la mesa entre nosotros—.

Está todo aquí. Contratos rotos por iniciativa de tu padre entre dos mil diecisiete y dos mil diecinueve.

Cartas suyas. Reuniones grabadas. Hay incluso un correo suyo a mi padre diciendo, con estas palabras: «El acuerdo con vosotros se acaba hoy.

No volváis a poner los pies en Palermo».

—¿Por qué?

—Por dinero. Siempre fue por dinero, Valentina. Tu padre descubrió una ruta nueva en dos mil diecisiete que quería para él solo. Los Moretti estaban en medio.

Tragué saliva. Pensé en mi padre en la sala de los puros, a tres habitaciones de distancia.

—¿Y Matteo? —pregunté, y la voz me salió más ronca de lo que quería.

Luca se detuvo.

—Bella…

—¿Quién mató a Matteo?

Me miró, y sus ojos negros se habían quedado muy quietos.

—Yo no fui.

—¿Quién?

—Valentina…

—¡¿Quién, Luca?!

Respiró hondo.

—La bala que mató a tu hermano salió de un arma de la familia Moretti.

Salió. No te voy a mentir. Pero el gatillo no se apretó por orden mía, ni de mi padre, ni de Raffaele.

—Hizo una pausa, respirando hondo—. Fue un soldado nuestro que recibió la orden de otro sitio, que recibió el pago de otro sitio.

Desapareció tres días después y lo encontraron muerto en una carretera de Salerno a la semana siguiente.

—¿Quién dio la orden?

—Todavía no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Sé que no fui yo. Y sé que hay alguien dentro de mi casa que lo ordenó. Esa persona quiso la guerra entre nosotros dos, porque la guerra le interesaba de alguna manera que todavía estoy descubriendo. Llevo tres años buscando un nombre, una cara, cualquier cosa.

Me quedé en silencio, sintiendo que la sangre me hervía.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque tienes derecho a saberlo.

—No. ¿Por qué ahora?

Me miró, muy despacio.

—Porque mientras creas que fui yo, eres peligrosa para mí. Y porque mientras no sepas la verdad sobre tu padre, eres peligrosa para ti misma. Te prefiero de mi lado, Valentina. Aun sabiendo el riesgo.

La frase se quedó en el aire entre los dos.

Miré el sobre encima de la mesa, pero no lo toqué.

No hacía falta. Ya sabía, dentro de mí, en algún lugar pequeño y terco, que no estaba mintiendo. Lo sabía desde la foto, desde el viñedo, desde el roce en mi codo.

Me levanté y fui hasta la ventana, mirando la bahía a oscuras.

—Si mi padre mandó matar a mi hermano —dije, sin volverme—, lo mato con mis propias manos.

—Lo sé.

—Antes de la boda.

Me quedé callada y lo oí acercarse despacio, deteniéndose detrás de mí.

No me tocó, pero lo sentía allí: el calor del cuerpo, el olor del puro, la respiración.

—Valentina, todavía no sé si fue él. Pudo ser su consigliere, un tío, alguien de mi casa que él ni conoce. No puedes hacer nada antes de que lo sepamos. ¿Me entiendes?

No respondí.

—¿Me entiendes?

Me volví, y él estaba muy cerca. Demasiado cerca.

—Prométeme una cosa —pedí—. Cuando lo sepamos, me dejas entrar en la sala.

Me miró, muy despacio. Y entonces la comisura de su boca volvió a subir. Aquellos dos milímetros.

—Brava —dijo.

Acto seguido, salió del despacho antes de que yo pudiera responder, dejando la puerta abierta tras él y el sobre encima de la mesa.

Me quedé quieta en la ventana más tiempo del necesario, pensando que había entrado en aquel despacho odiando a un hombre.

Y que había salido odiando al otro.