Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

«Muda el lobo los dientes, mas no las mientes.»

VALENTINA ROSSI

No dormí casi nada.

Me quedé sentada en el suelo de la habitación, con la espalda contra el lateral de la cama, mirando el retrato de familia apoyado en la pared de enfrente.

Lo había sacado del marco. La foto suelta en mi mano, el cristal hecho añicos sobre la alfombra persa, las esquirlas brillando como dientes pequeños bajo la luz de la luna que entraba por la terraza.

Una de las esquirlas me había cortado el pie descalzo cuando pisé sin mirar, y la sangre había dibujado un rastro pequeño entre la pared y la cama.

Ni siquiera lo limpié.

Miré la sonrisa de Matteo hasta que la sonrisa se volvió una forma sin rostro. Miré sus manos en los hombros de los dos hermanos Moretti hasta que las tres figuras se volvieron sombras con dientes.

Miré y miré y miré.

Eran amigos.

Era lo único que mi cabeza conseguía pensar, en bucle, de las dos a las cuatro de la madrugada.

Eran amigos.

Mi hermano sonriendo con el brazo colgado del hombro del hombre que, según mi padre, lo mandó matar veinte años después. Mi hermano de dieciocho años, en alguna Villa que yo no conocía, en un verano que nadie me contó nunca, con los Moretti.

¿Por qué nadie me lo contó nunca? ¿Por qué mi padre nunca me lo contó? ¿Por qué mi padre esconde que su hijo y el hombre que mató a su hijo se conocían desde niños?

La pregunta empezó pequeña, en el fondo de mi cabeza, y fue creciendo hasta convertirse en lo único que había en la habitación.

¿Por qué?

Y entonces, a las cuatro y diez de la madrugada, hice algo que la Valentina del convento nunca habría hecho.

Me levanté y fui hasta la segunda maleta. Saqué la daga del pañuelo de seda y me la metí en la bota, en la caña interior: cuero contra cuero, quedó firme, invisible bajo el pantalón.

Me puse el abrigo negro, cogí la carta de Francesca del bolsillo interior y la guardé conmigo. Después apagué la luz de la habitación y fui hasta la puerta.

Seguía cerrada con llave por fuera, pero la habitación tenía una puerta lateral que daba a un pasillo de servicio, de esos que las casas antiguas tienen para que la servidumbre circule sin ser vista.

Yo había localizado esa puerta en mi primer recorrido por la habitación, doce horas antes. Los Moretti habían cerrado la entrada principal, pero no habían cerrado esa.

Imbéciles, pensé. U olvidadizos.

Salí por el pasillo de servicio descalza y con las botas en la mano. Bajé dos tramos de escalera de madera oscura sin hacer ruido, atravesé el office vacío de la casa y encontré la salida trasera al jardín.

Después me calcé las botas y abrí la puerta despacio.

El aire de Posillipo me golpeó la cara: sal, jazmín, tierra húmeda, puro. Madrugada antes del amanecer, con el cielo empezando ya a ponerse gris, pero todavía lo bastante oscuro.

Miré hacia el jardín y vi a dos soldados en el parterre de rosales del lado sur. Uno en la pérgola y otro en la alameda principal.

Conocía las posiciones del día anterior: eran las mismas.

Pero el lado norte de la propiedad, donde la muralla bajaba hacia un viñedo, estaba vacío.

Me había fijado por la mañana, desde la terraza. Vacío porque es más difícil: la muralla norte es más alta por fuera, pero si estás dentro, del lado de la casa, la topografía te ayuda.

Acabé yendo por el norte.

Atravesé el patio bajo y el olivar. La hierba estaba mojada de rocío y me empapó las botas hasta el tobillo.

Después llegué al muro. Miré hacia arriba: cinco metros, hiedra gruesa, piedra antigua con grietas suficientes para apoyarse. Yo había escalado cosas peores a los catorce años por las paredes del convento, escapándome para ver las estrellas.

Así que me remangué y empecé a subir.

La primera piedra cedió una fracción y resbalé medio metro antes de afianzarme de nuevo.

El corazón se me disparó y esperé unos segundos. No vino nadie, así que continué.

En lo alto del muro me quedé sentada en el borde un segundo, con las piernas colgando hacia fuera, mirando hacia abajo. El otro lado era una pendiente: tierra suelta, viñedo en hileras y, allá abajo, el camino de piedra que llevaba a la carretera de Posillipo.

Quince minutos, calculé. Quince minutos hasta la carretera y veinte más hasta el primer café abierto de Mergellina. Después llamo a Francesca.

Salté, pero aterricé mal. Me torcí el tobillo derecho en la caída —no se rompió, aunque sentí el dolor subirme por la espinilla—.

Maldije en voz baja, pero me levanté. Cojeando, me metí entre las primeras hileras del viñedo.

Y fue entonces cuando vi la brasa. Pequeña, roja, a la derecha, a unos diez metros de distancia, junto al tronco de un olivo solitario en medio del viñedo. Subiendo y bajando al ritmo de quien da una calada larga.

Me detuve y contuve la respiración.

La brasa se apagó, pero enseguida volvió a encenderse.

—Vieni. —La voz llegó baja, en italiano, sin prisa—. Ya que has bajado, ven aquí.

Conocía aquella voz.

Conocía aquella voz porque era la voz que imaginé mil veces en mi cabeza durante los últimos cinco años.

Conocía aquella voz porque era la voz que mi cabeza construyó sobre el retrato: el adolescente convertido en hombre.

Conocía aquella voz porque tenía el acento napolitano cerrado de los Moretti, el que Raffaele ya no tenía, porque había vivido fuera.

Luca Moretti.

Estaba apoyado en el olivo en medio de su viñedo, esperando que yo huyera por el norte, exactamente porque él lo sabía, porque fue él quien diseñó la muralla así.

Pensé en correr, pero el tobillo me recordó que no lo conseguiría; entonces pensé en la daga de mi bota.

No. Aquí no. Así no.

Caminé hacia él cojeando.

El cielo empezaba a ponerse rosa detrás del Vesubio. Lo vi por primera vez a tres metros de distancia, con la luz del amanecer empezando a dibujar su contorno contra el tronco del olivo.

Alto —más alto que Raffaele, más fuerte—.

Traje negro sin corbata, camisa blanca abierta en el primer botón, la chaqueta colgada de una rama del olivo, como si hubiera parado allí específicamente para esperar.

La cicatriz en la ceja derecha, exactamente donde estaba en la fotografía.

El pelo negro revuelto por el viento del viaje, los ojos negros… y vivos.

Vivos de una manera que la foto antigua no había conseguido captar.

Me miró de arriba abajo sin prisa.

—¿Tobillo jodido?

—No es asunto tuyo.

Se rio; luego dio otra calada y soltó el humo hacia un lado.

—Bajas mejor de lo que subes, Valentina. Para la próxima vez, conviene doblar la rodilla antes de saltar. No caigas con el pie entero.

No respondí. Me quedé quieta a dos metros de él, barbilla alta, el peso en el pie izquierdo, la mano en la cintura, porque era ahí donde quedaba cerca de la bota.

Él captó el gesto. Sus ojos bajaron hasta mi bota derecha y luego volvieron a subir.

—¿La daga?

Casual, como quien pregunta la hora.

—No —mentí.

—¿Trescientos años? ¿Empuñadura de marfil? ¿El escudo de los Rossi?

Se me heló la sangre.

Sonrió de lado. Una sonrisa pequeña, lenta, sin alegría.

—Tu padre me enseñó la colección una vez en Palermo, hace dieciocho años. Solo faltaba esa. Dijo que había desaparecido misteriosamente. —Dio una calada al puro—. Debe de estar contigo.

—No sabes si está conmigo.

—Bella. —Arqueó una ceja. La de la cicatriz—. Una mujer que se escapa de casa a las cuatro de la madrugada calzando botas de caña alta bajo el pantalón en junio no se está preparando para el frío. Si me entiendes…

No dije nada; solo cerré la mano.

Tiró el puro al suelo, lo pisó y dio un paso hacia mí. Luca se detuvo a un metro de mí y pude sentir su olor.

—Voy a hacerte una pregunta —dijo, bajo y contenido—. Y tú vas a responderme la verdad, porque si mientes lo sabré, y la próxima vez que quieras escapar mandaré cerrar también esa muralla.

Lo miré sin parpadear.

—Pregunta de una vez.

—¿Qué haces en mi viñedo a las cinco de la madrugada, Valentina?

La respuesta correcta habría sido: huyendo. La respuesta correcta habría sido: ¿a ti qué te parece, idiota? La respuesta correcta habría sido cualquier cosa que mantuviera el muro entre nosotros dos.

Pero lo miré, lo sostuve un segundo más, y lo que salió de mi boca no fue ninguna de las tres. Fue la pregunta que me consumía desde las dos de la madrugada, la que me había hecho bajar la muralla, la que mi padre me había escondido toda la vida:

—¿Por qué tú y mi hermano salís juntos en una foto de tu salón?

Se quedó quieto. Durante un instante muy breve vi algo atravesándole el rostro.

No parecía sorpresa, sino otra cosa. Algo más parecido al cansancio que al impacto, como quien esperaba esa pregunta y esperaba que llegara más tarde de lo que llegó.

Cuando respondió, la voz había cambiado:

—Vuelve a la casa, Valentina.

—Respóndeme.

—Vuelve a la casa.

—Respóndeme antes.

Me miró. Y, de pronto, extendió la mano y me cogió el codo.

No con violencia, sino con firmeza. Como quien sujeta a una mujer que está a punto de caerse, no como quien atrapa a una fugitiva.

—Te voy a responder, pero no hoy. Y no antes de que llegue tu padre, porque tu padre llega el viernes para la cena de compromiso, y lo quiero en mi mesa cuando oigas la respuesta. ¿Lo entiendes?

No lo entendí, pero asentí con la cabeza. Porque la manera en que lo dijo —tu padre— no fue la de quien espera a un aliado, sino la de quien espera a un enemigo.

Me soltó el codo y después cogió la chaqueta del olivo.

—Anda. Te llevo a la casa. —Y entonces, con una sonrisa muy pequeña y muy fría, dijo—: Por el norte. No por la muralla.

Me llevó de vuelta por el viñedo, yo cojeando a su lado, sin decir una palabra más en los doscientos metros hasta un portón de servicio que yo no había visto y que él abrió con una llave que sacó del bolsillo.

Atravesamos el olivar y subimos por la puerta del office. En el pasillo, antes de la escalera, se detuvo.

—Valentina Rossi… Bienvenida a mi casa.

Después se marchó sin esperar respuesta.

Subí los dos tramos de escalera con el tobillo palpitando, entré en la habitación de su madre muerta por la puerta de servicio que seguía sin llave, y me senté en el borde de la cama, sujetándome el codo en el punto exacto donde su mano me había tocado.

El codo me ardía. Y odié mucho, mucho, mucho que estuviera ardiendo…