Capítulo 19 #3
Ella lo hizo. Comenzó a subir y bajar la piel de esa dureza extraña mientras veía asombrada cómo él comenzaba a gemir y a apretar los dientes con fuerza.
Decidió aumentar el ritmo de sus sacudidas.
Damian comenzó a verse como un hombre lleno de agonía que no podía más.
Entonces, la mano de él se posó sobre la de ella y la detuvo.
Lo siguiente que ocurrió fue que Damian se colocó de nuevo sobre su cuerpo y le separó las piernas.
Estaba fascinada viendo las múltiples reacciones de él. Se veía como si la necesitase. Como si fuese a morirse si no la poseía de inmediato.
—Ahora guíame. Demuéstrame que esto es lo que quieres, que es lo que necesitas, que seremos uno hasta que la muerte nos llame, Aurelia.
Acto seguido, Damian le volvió a coger la mano y la posó sobre su virilidad.
Ella entendió lo que le estaba pidiendo y decidió ser valiente.
Le temblaban los dedos. Le temblaba todo el cuerpo.
Aun así, lo condujo hacia su interior con una lentitud insegura, consciente de cada respiración de él, de cada músculo que se tensaba bajo su mano.
Cuando se dio cuenta de que tenía alojado en su vaina un pedazo de su carne, Aurelia alzó la mirada para examinarlo.
Había tanta intensidad en sus ojos… Deseo y una sombra de miedo que no esperaba ver en un hombre como él.
Su marido bajó la cabeza y le besó la frente.
—¿Estás segura de querer ser mía para siempre?
La ternura de esa pregunta terminó de calentarle el corazón.
—Sí. Siempre que tú seas mío también.
—Entonces así será.
Él terminó de entrar despacio. Aurelia se tensó al sentir la presión, la invasión desconocida de su cuerpo. El dolor llegó rápido, ardiente, y sus manos se apoyaron contra su pecho.
—Damian, me duele…
Él se detuvo al instante.
—Espera un poco. Estás hecha para mí. —Su voz era tosca.
Su condesa respiraba con dificultad, tratando de acostumbrarse a la sensación de plenitud.
—Duele. No te muevas —le pidió.
Él siguió su orden. Permanecía sobre ella, temblando, con el rostro contraído por el esfuerzo de la contención. Aurelia sintió que la miraba como si temiera romper algo precioso.
—¿Quieres que pare? —preguntó.
Durante un momento no supo qué responder. Le dolía. Aunque también había algo más debajo de esa incomodidad: una promesa, curiosidad, el eco del placer que él había despertado en ella momentos antes…
Negó con la cabeza.
—Sigue.
Él soltó el aire muy despacio.
—Dime si cambias de opinión. Haré lo que me pidas cuando me lo pidas. Esa es la promesa que te hago hoy, la noche en que por fin te reclamo.
Aurelia asintió. Él permaneció inmóvil unos segundos más, mientras le acariciaba la mejilla con los nudillos.
Después comenzó a moverse con una cautela que contrastaba con toda su apariencia.
Cada avance era breve. Cada pausa, una pregunta silenciosa.
Y el dolor fue cediendo. No desapareció de inmediato, pero dejó de asustarla.
Aurelia levantó una mano y le acarició el rostro. Sus dedos recorrieron la piel cerca de su ojo, su mandíbula, los labios… Él cerró los ojos al sentirla.
—Aurelia —murmuró.
Lo dijo como si el nombre fuera su salvación.
Ella sintió algo extrañamente poderoso al verlo tan cerca de perder el control y, aun así, pendiente de ella.
—Damian…
Él abrió los ojos.
—No te haré daño nunca más. Esta será la última vez. Créeme.
—Estoy bien. No te detengas.
Su boca cayó sobre la de ella con una desesperación que no podría negar, aunque su vida dependiese de ello. Aurelia respondió al beso, aferrándose a él mientras el ritmo entre ambos se volvía más intenso.
Ya no había distancia entre ambos. Eran uno, tal y como él le había dicho que serían.
La grandiosidad de tal pensamiento la llenaba tanto como él. Unidos. Siempre juntos. Uno solo.
Nada más importaba. Solo aquel hombre sobre ella, dentro de ella, susurrando su nombre como si fuese una plegaria que no había aprendido a pronunciar hasta esa noche.
Cuando él perdió el control, Aurelia lo sintió antes de que ocurriese. Su cuerpo se tensó. Su respiración se quebró. Hundió el rostro en el hueco de su cuello y tembló contra ella.
Su mujer cerró los ojos y lo abrazó para decirle sin palabras que estaba bien, que lo que habían compartido se sentía correcto y muy placentero.
Durante unos segundos no existió nada más que el sonido de la lluvia y el peso cálido de él sobre su cuerpo. Luego llegó el silencio.
Aurelia sabía que debía moverse, hablar o preguntarle si se quedaría a dormir con ella.
Pero él respiraba contra su pecho, agotado, y la tormenta seguía murmurando detrás de los cristales.
Así que, por una vez y después de la experiencia más increíble y fantástica de su vida, Aurelia decidió olvidarse de todo y disfrutar de su esposo y del resto del momento.
Se quedó dormida entre los brazos de su Conde Oscuro con una sonrisa tan brillante y resplandeciente que tal vez iluminase toda la alcoba.
Aquella noche sería la primera de muchas llenas de amor, felicidad y satisfacción. ¿Qué más se podría pedir?