Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Epílogo
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Epílogo

Las noticias vuelan

Algunos meses después.

Aquella mañana, el periódico aguardaba junto al plato de Damian cuando entró en el comedor.

Aurelia ya estaba sentada en la mesa, con una taza de chocolate entre las manos y una expresión de serenidad tan poco natural que despertó la sospecha del conde antes incluso de que tomase asiento.

La mañana se filtraba por los ventanales y dejaba sobre el mantel una luz dorada. Había flores recién cortadas en el centro de la mesa y, junto al aparador, una criada esperaba instrucciones de modo discreto.

Damian saludó a su esposa con un ligero beso en los labios y despidió a los sirvientes. Se sentó en la cabecera de la mesa. Aurelia estaba a su lado derecho.

—Pensé que hoy te levantarías un poco más tarde. Ya sabes el motivo —le dijo, mientras trataba de ocultar una pequeña sonrisa.

—Tengo energía de sobra. Me sorprendió no ver a cierto conde a mi lado cuando me desperté.

—El trabajo me llamaba. Lo siento. ¿Me has echado mucho de menos?

—Toda la cama para mí sola. Estaba bien —se burló—. Lo que me asombró fue que pudieses levantarte tan temprano, no dormiste mucho anoche, ya sabes por qué —le tocó a ella el turno de coquetear.

—Siempre te sales con la tuya, Aurelia. Y no es que me queje, pero el médico dijo que teníamos que tomarnos, ya sabes qué, con calma. No puedes organizar una cena para seducirme, decirme que estás embarazada y, acto seguido, obligarme a celebrarlo ya sabes cómo.

—¿Eres de esos esposos que una vez que han logrado lo que desean, se aburren de su amada esposa?

—En absoluto. Y deberías tener cuidado con lo que dices. Las palabras podrían volverse contra ti. ¿Qué harías si tu devoto esposo quisiera amarte cada noche sin descanso?

Ella encogió los hombros con despreocupación.

—Me parecería bien. El médico dijo que no estoy enferma, solo embarazada y que no hay razones para… evitar ya sabes qué.

—¿Es así como vas a obligarme a ser tu siervo en la cama, esposa?

—¿Tendrías algún problema con eso?

—Tengo buen ojo. Vislumbré tu temperamento en aquel baile y ya supe que serías toda una fiera en cada uno de los ámbitos que te propusieras.

Hice bien en arrinconarte para que no escapases de mí.

Morir de placer no me parece una mala idea, así que estoy a tu completa disposición para lo que mi condesa necesite, en especial cuando el asunto requiera que haya un lecho de por medio.

—Uhm… ¿La mesa de tu despacho cuenta como una cama?

—¿Estuviste cómoda? ¿Te gustó lo que te hice?

—Muchísimo.

—Entonces interpreta la palabra «cama» como desees.

—No podemos comportarnos así cuando regresen Cecily y Beatrice del campo.

—Benditas sean tu hermana y tu amiga por dejarnos tiempo a solas. ¿Cuándo tienen pensado regresar?

—No lo han dicho.

—Bien. Te informo de que cuando acabe de desayunar regresaré a mi despacho y que la mayor parte de los asuntos que tenía que atender ya lo han sido. Por eso decidí madrugar. Así que agradeceré una de tus… visitas.

—Oh, Damian. Harás de mí una mujer libidinosa.

—Ya eres una mujer lasciva, mi amor. Y me encanta. ¿Por qué cambiarías si es eso lo que tu amado esposo desea que seas?

—Iremos al infierno si continuamos así. —No mentía. La pasión no parecía menguar nunca. Algunas veces, era él quien comenzaba a seducirla, pero otras muchas, era ella quien lo incitaba.

—Acabaremos allí, puede ser, pero seríamos la pareja más feliz del lugar —le dijo, al tiempo que le sonreía.

Él cogió el periódico. No tenía intención de leerlo. Aún le costaba concentrarse en asuntos que no estuvieran relacionados con la noticia que ella le había dado la noche anterior. Cinco meses y ya iban a ser padres. ¡Qué fabulosa noticia!

Abrió el periódico por costumbre y comenzó a hojearlo. Llegó a la columna de sociedad que ocupaba el margen superior de la segunda página.

Damian comenzó a leer mientras Aurelia bajaba los ojos hacia su chocolate caliente.

NOTICIAS DE SOCIEDAD

Londres parece haber aprendido, por fin, que juzgó con excesiva ligereza el reciente matrimonio entre lord y lady H.

Quienes los han visto compartir una velada en su residencia aseguran que la condesa no mira a su esposo con la resignación que algunos esperaban tras un acuerdo apresurado, sino con un afecto que ha convertido en inútiles los rumores sobre una unión de conveniencia.

También ha llegado a los oídos de esta columna que lord H.

y el duque de R. han unido sus esfuerzos en un proyecto de especial interés público.

Con el respaldo económico del primero y el patrocinio del segundo, se ofrecerá ayuda estable a las viudas y a las familias de los hombres que regresaron de la guerra sin medios para sostener a los suyos.

Se habla de pensiones, formación para las hijas mayores y colocaciones dignas para quienes deseen trabajar.

Una iniciativa que, sin duda, hará que ciertas damas de Londres miren con nuevos ojos al hombre al que durante demasiado tiempo llamaron el Conde Oscuro despectivamente.

También se rumorea que la felicidad del conde H.

podría crecer antes de que termine el año.

Esta observadora no se atrevería a confirmar tan delicada noticia, aunque recomienda a ciertas amistades de la condesa empezar a pensar en regalos para un posible heredero.

Debido a la forma en que se ve a la pareja cuando aparece en público, sería del todo natural que el curso del matrimonio cumpliese su función.

La Pluma Indiscreta

Damian dejó el periódico sobre la mesa.

Aurelia no levantó la vista. Sus amigas le habían pedido que no le contase nada a su esposo sobre la columna que ellas utilizaban a conveniencia.

Ni tan siquiera Georgiana se lo había confesado a su duque, pero la duquesa le dijo que ella no tenía secretos con su marido y que le había dejado un camino lleno de migas y, aunque él sospechaba algo, nunca le preguntaba abiertamente.

De ese modo a Aurelia se le ocurrió hacer lo mismo.

El silencio se prolongó lo suficiente para que ella empezara a sentir el calor subiéndole por el cuello. Había previsto que él se sorprendiera. También, que sospechara. No había calculado que permanecería tan callado durante tanto tiempo.

Al final, Damian habló.

—¿No te parece curioso que algunas noticias vuelen más rápido de lo que sería posible? —le preguntó lleno de suspicacia.

Lady Harrowmere alzó la mirada hacia la de él.

—No cabe duda de que la Pluma Indiscreta sabe de lo que habla.

—Aurelia.

—¿Sí?

Él la miró con una expresión que ella conocía muy bien. Era la mirada que reservaba para los contratos con cláusulas ocultas o para un rival que había hecho un movimiento inesperado.

—Ayer por la mañana firmé el acuerdo con el duque de Ravensholt y por la noche me diste la buena nueva.

—Lo sé.

—Solo estábamos presentes Ravensholt, yo, dos abogados y el secretario que redactó la escritura. Y por la noche no había nadie más que tú y yo.

—También lo sé.

—¿Y no hay nada que quieras compartir conmigo?

—No —dijo como si el asunto no tuviese nada que ver con ella.

La incredulidad luchaba en su rostro con una diversión que intentaba ocultar.

Aurelia sabía que, en otras circunstancias, él le habría ordenado a Finch averiguar quién tenía acceso a una información semejante.

Habría peinado las imprentas, sobornado a mensajeros e interrogado a los criados del médico y del duque de Ravensholt.

Damian suspiró y se apoyó contra el respaldo de la silla.

—¿Debería averiguar quién se esconde tras la columna, Aurelia?

—No —negó, para luego beber un sorbo de chocolate, aunque casi se atragantó por el esfuerzo de mantener la compostura—. Tú tienes tus negocios y yo… tengo mis entretenimientos.

—Entretenimientos, ya. Espero que sepas lo que haces.

—¿Podemos dejar atrás el asunto del periódico?

Él supo que no lograría sonsacarle nada más.

—Está bien. —Aurelia le sonrió—. No me preocupa que alguien sepa lo del acuerdo con Ravensholt.

Era inevitable que se conociera pronto. El fondo necesitaba apoyo público y el duque quiere que las familias que puedan beneficiarse de él sepan a dónde acudir.

Pero ¿era necesario que todo Londres supiese ya que vamos a ser padres?

Aurelia asintió.

El Fondo Ravensholt-Harrowmere había sido idea de ambos hombres, aunque Damian aportó mucho más que dinero.

Durante años había trabajado con comerciantes, porteadores y proveedores que conocían el precio de una guerra mejor que quienes la contemplaban desde un palco.

Sabía qué familias de soldados vivían en condiciones miserables, qué viudas dependían de la caridad de parientes poco generosos y cuántas hijas habían acabado trabajando en casas donde no estaban seguras porque no tenían otra opción.

Ravensholt había puesto su nombre, sus conexiones y la confianza de la aristocracia.

Damian, los recursos, los lugares de trabajo y toda su obstinación, muy necesaria para que la idea no terminara convertida en un gesto elegante, pero improductivo.

Había superado con creces el simple acuerdo social que él había imaginado al casarse con Aurelia. Era algo mucho mejor.

Su mujer lo miró con dulzura y le dio un par de toques en la mano para tranquilizarlo.

—¿Por qué no compartir mi felicidad con el resto del mundo? Somos felices. Inmensamente felices, así que, si queda alguien que considere que no somos un matrimonio idílico, ya no lo creerá.

—¿Tanto te importa lo que opine la sociedad de nosotros?

—¿Me lo pregunta el hombre que me obligó a casarme con él, y ya sé que todo ha salido bien —apostilló— para que la sociedad lo tratase como a un miembro de pleno derecho?

— Touché —reconoció él—. Entretente cuanto quieras. Procura no meterte en problemas. Si algo así sucediese, sabes que no podría quedarme quieto y tendría que intervenir. No quisiera acabar en la horca por matar a alguien que te disgustase.

—Oh, Damian, hablas como si yo fuese la Pluma Indiscreta . ¡Qué tontería! —le dijo, al tiempo que hacía un aspaviento.

El Conde Oscuro la estudiaba. Ella resultaba bastante convincente en su negativa y él supo que por alguna razón no le confesaría abiertamente la verdad. Se le escapaba el motivo, pero si su condesa era feliz con lo que hacía, a él no le importaba.

Mientras, Aurelia le sostenía la mirada con suma tranquilidad.

Durante unos segundos temió que él insistiera, pero Damian se quedó callado.

La dama percibió cuánto le costaba no seguir el hilo de aquella sospecha.

Su empeño nacía de un instinto que siempre lo había impulsado a descubrir lo que otros escondían.

Y ella sabía que aquello fue una de las cosas que lo había mantenido con vida y lo había llevado hasta donde estaba.

—¿Vendrás a mi despacho cuando termines de desayunar?

Ella le sonrió.

—¿Eso es lo que deseas?

—Sí —dijo sin dudar.

—¿Qué tienes en mente?

—Placer, Aurelia.

—Oh, entonces sí que podría hacerte una visita. Como bien sabes, mis obligaciones sociales se han limitado a tus… necesidades durante los últimos meses.

—¿Solo a las mías, esposa?

—No me acusarán de no mantener feliz a mi marido.

—Ya…

Lady Harrowmere extendió la mano sobre el mantel y él se la cogió de inmediato.

—Cada día estoy más enamorada de ti. ¿Lo sabes?

—Y yo cada día me siento más dichoso.

—No creí que lo diría nunca, pero Westcott, por una vez en su vida, hizo algo bien por mí.

La sonrisa de Damian fue tan grande que ella se sintió satisfecha.

—Tú, yo y un bebé. Aurelia, te garantizo que no hay hombre más agradecido por la estupidez de tu padre.

—Damian… —La voz de ella cambió.

—¿Sí?

—¿El padre de Beatrice la dejará en paz?

—No lo sé con certeza. Ese hombre ve en su hija un negocio del que puede sacar rendimiento. Lo que sí puedo prometerte es que la protegeré.

—No te importa que Beatrice se una a nuestra familia, ¿verdad?

—No. Haremos que esté bien. Te prometo que Rosehaven no la molestará.

—¿Qué? —preguntó con el ceño fruncido.

—Aldrich. El vizconde no la molestará —se enmendó.

—¿Por qué iba a molestarla el marqués de Rosehaven, Damian?

—¿De verdad quieres saberlo?

Aurelia suspiró.

—En realidad, no. Estoy contenta y quiero seguir disfrutando de mi marido y del bebé que crece sano y tranquilo en mi vientre. Ya afrontaremos los problemas, si es que los hay, cuando llegue el momento.

Aurelia se levantó.

—¿A dónde vas?

—A tu despacho. Te estaré esperando allí.

La condesa salió contoneando las caderas y él la observó embelesado.

—¡Maldita sea! Mi esposa no me permite ni reponer fuerzas. A este paso acabaré desfallecido —se dijo para sí mismo. Acto seguido se puso en pie y salió corriendo tras su condesa. Ya terminaría de desayunar después con tranquilidad. El placer lo estaba esperando.

Fin.