Capítulo 19 #2
—¿Te he hecho daño?
Aurelia abrió los ojos. Él la miraba con el ceño fruncido; la preocupación estaba dibujada en su rostro con una claridad que la irritó, porque no quería que él se detuviese por nada.
—No.
Intentó atraerlo de nuevo hacia su boca, pero él no cedió.
—Aurelia.
—He dicho que no. Tócame.
La comisura de sus labios se movió apenas, como si estuviera esforzándose por no sonreír.
—Lo imaginaba, pero quería estar seguro.
Ella entrecerró los ojos para mostrarle su disgusto.
—Pareces empeñado en hacerme perder la paciencia. Te necesito. Estoy ardiendo por ti, Damian.
—Bueno, esa era mi intención. Así te harás una idea de lo que llevo padeciendo desde que nos casamos, condesa mía.
—Pues lo estás consiguiendo a las mil maravillas, conde mío. Dame placer. Te lo exijo.
El humor se esfumó de su expresión, sustituido por algo más oscuro y atento. Él descendió de nuevo, aunque esta vez no la besó de inmediato. Se colocó entre sus piernas con una lentitud que hizo que Aurelia gimiese.
Su dura virilidad rozó el interior de uno de sus muslos. Luego volvió a hacer lo mismo con el otro. La sensación fue tan inesperada que ella abrió los ojos de golpe.
—¿Sigues segura?
—Sí, más que nunca —respondió, aunque su voz salió menos firme de lo que habría deseado debido a la agonía de la expectación.
Aurelia sentía el calor de su cuerpo contra el suyo y, cuando la hombría de su esposo se posó en el punto exacto donde toda ella estaba palpitando llena de necesidad, se le escapó un gran jadeo.
Él se quedó quieto de pronto.
—¿Te he hecho daño? —preguntó de nuevo.
—No. —Aurelia lo sujetó por los hombros—. Haz eso que acabas de hacer —le ordenó.
—¿Esto? —Él volvió a pasear su dureza sobre su núcleo.
—Damian… —Su nombre salió como un jadeo incontrolable—. Más… más…
La sonrisa que él le dedicó fue abierta, muy insolente.
—Como guste, mi dama.
Y volvió a besarla mientras se mecía sobre ella sin reclamarla todavía. Aurelia se arqueaba bajo él. Cada roce parecía desquiciarla más que el anterior.
Ella abrió los labios para él, ansiosa por recibir más besos, por descubrir qué más podía darle. Cuando él volvió a rozar con más urgencia su feminidad, Aurelia elevó las caderas sin pensar, buscándolo, frotándose contra esa firmeza con una necesidad cada vez menos disimulada.
Quería más. Mucho más de él.
Apartó la boca de la suya y lo miró.
—Quiero que estés dentro de mí. Hazme tuya ya.
Él se quedó inmóvil. Apretó los dientes con fuerza. La expresión de su rostro había cambiado; durante un instante, Aurelia creyó ver el esfuerzo que hacía por contenerse.
—Todavía no.
—¿Por qué? —le preguntó, pues sabía que él deseaba eso tanto como ella.
Entonces la condesa abrió más las piernas para invitarlo sin reservas.
Sentía su excitación contra su centro, la promesa de aquello que ambos habían estado esperando desde hacía tanto—.
¿No es esto lo que deseas? —trató de tentarlo.
Él dejó escapar una exhalación tensa.
—Sí.
—Entonces…
—Entonces voy a hacer que recuerdes tu primera vez como mi mujer para siempre. Lo haré bien, sin prisa. Siento que te he esperado durante una eternidad; un poco más no va a matarme.
Antes de que ella pudiera responder, él volvió a inclinarse.
Sus labios descendieron por su garganta, lentos, cálidos, deteniéndose en cada lugar sensible como si quisiera despertar su piel.
Llegó hasta sus pechos y se alimentó de ella.
Aurelia echó la cabeza hacia atrás cuando su esposo se llevó a la boca el pezón del seno derecho.
El placer la atravesó con una violencia dulce y muy cruda.
Sus dedos se hundieron en el cabello corto de él. Sintió el roce de los mechones bajo las palmas, la seguridad con la que sus manos la sujetaban, el movimiento paciente de su muslo entre los suyos…
No podía más. Iba a morirse si no lo tenía dentro. Ella desconocía la mecánica del acto físico, pero su cuerpo parecía saber lo que precisaba de su marido.
—Por favor… —susurró.
Él levantó la cabeza un poco.
—Suplícamelo otra vez.
Aurelia lo miró, sofocada, con el cabello pegado a las sienes y el pecho subiendo y bajando con rapidez.
—Por favor, Damian, no me hagas sufrir más.
Él se ladeó y colocó una mano entre las piernas de su esposa. Ella estaba resbaladiza y caliente.
—¿Qué haces?
Buscó su nudo del placer y comenzó a masajearle la zona mientras la observaba con atención. La sensación fue tan intensa que Aurelia se retorció bajo él de inmediato y cerró los ojos.
—Asegurarme de que estás preparada.
—Oh, Dios… Lo estoy —dijo mientras él le concedía el ritmo que sabía que ella necesitaría.
Una sombra de sonrisa se dibujó en sus labios.
—Aún no. Disfruta, Aurelia —le ordenó.
Se inclinó hacia ella y le mordió el labio inferior con una delicadeza que la hizo estremecerse. Al mismo tiempo, seguía moviendo la mano sobre su centro del placer.
Aurelia se aferró a él entre jadeos imposibles de contener.
La sensación de plenitud crecía, se extendía por su vientre, por sus muslos, por cada rincón de su cuerpo.
Intentó decir algo, pedirle que se detuviera, pedirle que no se detuviera jamás.
No sabía cuál de las dos cosas necesitaba más.
Entonces él la besó y se tragó su gemido final, ese que le indicó a Damian que ella se había roto debido al placer, para luego resurgir con el recuerdo de un éxtasis infinito y muy satisfactorio.
Aurelia se arqueó contra su mano una última vez, sin aire, sin palabras, con los ojos cerrados y las manos temblándole sobre los hombros de su marido.
Él esperó a que ella regresase al mundo real. No la apremió. No se movió hasta que su mujer volvió a respirar. Cuando ella buscó la mirada de Damian y la encontró, se dio cuenta de que él estaba muy tenso y sus ojos nunca habían estado tan oscuros como en ese momento.
—Ahora… —le dijo con la voz ronca a su mujer—. Ahora quiero que me des placer tú a mí.
Le cogió la mano derecha y se la colocó sobre su miembro viril. Estaba más duro que una piedra, dolorido y ansioso, pero quería que ella aprendiese a tocarlo también.
Aurelia sintió esa seda que escondía mármol bajo sus dedos y se quedó sorprendida por la intimidad de aquel gesto. Él la miraba con atención, no le había dado ninguna indicación más.
—No sé qué hacer, Damian —le confesó.
—¿Me deseas?
El sudor brillaba sobre el labio superior de él. Permanecía muy quieto, como si toda la fuerza que había demostrado hasta entonces la estuviera empleando únicamente en no moverse.
Aurelia se humedeció los labios.
—Sí.
Él cerró los ojos un instante.
—Entonces acaríciame.
—Sí.