Capítulo 19
La recompensa del guerrero
La nota llegó al despacho de Damian poco antes de las ocho.
La llevaba una doncella de Aurelia sobre una bandeja de plata. No explicó nada; se limitó a hacerle una reverencia y a retirarse cuando él cogió el sobre. Reconoció la letra de su esposa antes de leer el contenido.
«Ven a mis habitaciones cuando termines. Cena conmigo ».
Damian leyó la breve invitación dos veces.
Tenía una ligera sospecha de lo que se proponía su esposa.
Esa misma mañana se habían reconciliado y habían pasado un poco más de tiempo juntos, pero él tenía que atender un par de asuntos que tenían que ver con la compra de una casa para Finch y Elspeth y el abogado había llegado para la firma del contrato.
A Damian no se le ocurrió un regalo mejor de bodas para la pareja que se iba a casar en los próximos días.
La había echado de menos cada maldito segundo desde que se habían separado aquel día. ¿Sería esa la noche en que por fin se amarían? Damian habría querido venerarla en cuanto la abrazó y no solo con sus besos, también con su cuerpo, pero no deseaba apresurar las cosas.
Se levantó sin terminar de revisar el documento que le había dejado el abogado para ir a ver a su esposa.
La casa estaba tranquila cuando subió la escalera.
A medida que se acercaba a las habitaciones de Aurelia, notaba una tensión absurda en el pecho.
¡Estaba nervioso como jamás había estado antes!
¡Él, que había recibido amenazas de todo tipo, se sentía como un colegial inexperto!
¡Por amor de Dios! Iba a hacer el amor con su esposa…
Eso esperaba… Así que no debería sentirse como si fuese a enfrentarse al Corso.
Negó con la cabeza. Una pequeña nota de su mujer lo había convertido en un manojo de nervios.
Llamó a la puerta.
—Adelante. —La voz de Aurelia llegó desde el interior.
Damian entró. Durante unos segundos, no dijo nada.
La habitación le pareció más grande que nunca.
Seguían allí los tonos suaves de las paredes, un biombo junto a la ventana y un diván cerca de esta.
Había una mesa pequeña dispuesta frente al fuego, cubierta con un mantel de hilo claro, dos copas, una botella de vino y una cena servida en fuentes de plata.
Incluso había flores blancas en un jarrón bajo.
Aurelia estaba situada junto a la mesa. Llevaba un vestido de seda color ciruela, sencillo en el corte, aunque al verla detenidamente se quedó sin respiración.
El cabello, habitualmente recogido con precisión, descendía en una trenza amplia sobre uno de sus hombros, dejando al descubierto la delicada línea de su cuello.
Ella lo observaba con una mezcla de resolución y nerviosismo.
Aquella vulnerabilidad le resultó más hermosa y ardiente que cualquier audacia.
—Has venido —dijo.
Damian cerró la puerta tras él.
—Me has pedido que cenase contigo y aquí estoy. Un caballero no hace esperar a su dama.
Aurelia esbozó una sonrisa pequeña.
—Muy halagador por tu parte.
Damian se acercó a la mesa, aunque no tomó asiento.
—¿Hay algún motivo para esta cena, condesa?
—¿Es el momento en que comenzamos a coquetear?
—Coquetear lo hemos estado haciendo a las mil maravillas desde el inicio.
—Es cierto, supongo que es hora de ser francos.
—Me parece bien. ¿Qué se te ha ocurrido?
—¿Me harás decírtelo?
—Oh, sí. No quiero volver a equivocarme. Si lo único que quieres es cenar…
—Sabes muy bien que quiero que me hagas el amor esta noche, Damian —lo interrumpió.
El rubor se extendió por las mejillas de Aurelia, pero no apartó los ojos de él.
—¿Por qué no cenamos primero? Adoro la anticipación —consideró el conde.
—Está bien. Siéntate, por favor.
Él obedeció.
Aurelia ocupó la silla frente a la suya.
Durante los primeros minutos, hablaron de cosas sencillas.
De una carta de Cecily que había recibido desde Larkspur Hall, donde seguía con Beatrice y Lavinia; de la indignación de Lavinia ante una columna de sociedad que insinuaba que la ruptura del compromiso de Beatrice se debía a un capricho de Aldrich; de la decisión de Georgiana de acudir a Hampshire muy pronto…
Damian la escuchaba sin interrumpirla.
Aurelia se dio cuenta de que él la observaba más de lo que comía.
No con la intensidad que habría hecho que ella se sintiera atrapada, sino con una atención cálida, casi incrédula, que le hacía difícil sostenerle la mirada durante todo el tiempo.
Lady Harrowmere estaba aprendiendo a coquetear con la mirada mientras hablaba de cosas sin importancia. Interesante.
Entonces llegó la hora de la verdad.
—¿Por qué has organizado esto? —preguntó Damian cuando la cena llegó a su fin—. ¿Querías conquistarme, esposa?
Aurelia dejó su copa sobre la mesa.
—Llevo demasiado tiempo esperando que seas tú quien dé el primer paso —dijo—. Y he comprendido que no quiero seguir escondiéndome detrás de esa espera. Me gusta que seas paciente conmigo, pero no hay necesidad de que tengas que ir con tanto cuidado.
—Me gusta que me seduzcas. Puedes hacerlo cuando te plazca. Siempre lo agradeceré.
—A mí me gusta mostrarme audaz contigo. No haces que me avergüence.
—Nunca lo haría. Me encanta nuestro juego de seducción.
—Esta noche te elijo, Damian. Quiero que seas el primer y último hombre que me toque.
Damian gimió. No apartó los ojos de ella.
Aurelia se puso en pie. Rodeó la mesa con una lentitud que hizo que el conde dejara de respirar durante un instante.
Se detuvo junto a su silla y apoyó una mano sobre su hombro.
Luego le acarició la mejilla, le puso un dedo bajo la barbilla y lo obligó a levantar la mirada hacia sus ojos.
—¿Qué quieres de mí?
—¿De nuevo me harás decírtelo?
—Es delicioso escuchártelo decir. No me prives de ese capricho.
—Hazme el amor ahora. Conviérteme en tu mujer.
Damian cubrió su mano con la suya.
—Me gusta que me digas lo que deseas de mí. Me vuelves loco, Aurelia.
—Me siento cómoda contigo, Damian. Así que te confesaré que me gusta volverte loco. Me haces sentir poderosa cuando me miras de ese modo.
—¿De qué modo?
—Siento que vas a devorarme si te doy permiso.
—Dame permiso y lo comprobarás.
Se inclinó hacia él y lo besó.
Los labios de Damian se movieron sobre los de su esposa, con paciencia. La mano masculina subió hasta la nuca de Aurelia a fin de poder colocarla en el mejor ángulo para profundizar el beso.
Y ella estuvo perdida. Supo en ese exacto instante que se lo daría todo y haría cualquier cosa por él. Lo deseaba y ya no había ninguna excusa para que ambos no disfrutasen de la intimidad.
Damian se levantó con cuidado, procurando no romper el beso. La diferencia de altura obligó a Aurelia a alzar el rostro, y él la sostuvo por la cintura con seguridad.
Su dama deslizó los dedos hasta el nudo del pañuelo de su corbata, le quitó el alfiler con la esmeralda y lo dejó sobre la mesa.
Él se apartó un poco.
—¿Estás segura?
La pregunta la conmovió tanto que tuvo que cerrar los ojos un instante.
—¿Tú no?
—Amor mío, una vez que te tenga, no podré dejarte marchar jamás. ¿Lo entiendes? Serás mía. No solo porque estés casada conmigo, sino porque esta noche seremos uno y será así hasta el fin de nuestros días.
—Me gusta la idea.
Ella tiró suavemente de su corbata. Él volvió a besarla.
Esta vez los besos eran ardientes. Sus manos recorrieron el pecho de Damian por encima de la chaqueta, y él respondió acercándola hasta que ella sintió la fuerza de su deseo contra su bajo vientre.
No se asustó. Quería lo que había empezado. Deseaba conocer íntimamente a su esposo. Damian la besaba ya sin paciencia. El mundo se había reducido a su toque, a sus besos, al modo en que gemía y la hacía suspirar.
Comenzaron a desvestirse el uno al otro. Aquello les pareció, a ambos, natural. Cuando tuvo a su esposa completamente desnuda, la mirada de Damian se oscureció.
—Eres lo más hermoso que he visto nunca.
Aurelia se quedó sin aire al contemplar a ese adonis que parecía estar esculpido en mármol.
—Tú también eres hermoso.
Él la besó de nuevo mientras la llevaba hacia la cama con una lentitud que no tenía nada de vacilante.
Al llegar junto al lecho, Damian se detuvo.
—Mía. Por fin serás mía de verdad.
—Por fin serás mío también.
Aurelia sonrió, aunque las mejillas le ardían.
El deseo creció entre ellos sin necesidad de palabras.
Él la besó antes de que pudiera tener otro pensamiento.
El calor de su boca le arrancó un gran gemido.
Aurelia sintió el roce firme de su lengua, la urgencia que había en él, y se aferró a sus hombros como si aquella fuera la única cosa sólida de la habitación.
Bajo los dedos femeninos encontró piel desnuda, caliente, con una tensión tan masculina y firme que le hizo cerrar los ojos.
Le clavó las uñas sin pensar. Afuera, la lluvia acababa de hacer acto de presencia y golpeaba los cristales con una perseverancia triste, pero allí dentro el mundo se había reducido a una cama, a la respiración de ambos y, sobre todo, a la boca de él sobre la suya.
Se había sentido insegura durante demasiado tiempo con él; era momento de entregarse al hombre que el destino había colocado frente a ella. Durante toda una vida había tratado de ser sensata y valiente, pero jamás volvería a resignarse.
Quería sentir. Amar y ser amada.
Él le acarició la trenza. Sus dedos se enredaron en los mechones mientras la besaba despacio, con una atención casi devota. Aurelia respondió sin vergüenza. Lo atrajo hacia ella. Cuando atrapó su lengua entre los labios, él dejó escapar un sonido grave que le vibró contra la piel.
Aquello le dio una punzada de satisfacción.
Él se movió entonces; se inclinó sobre ella hasta que su cuerpo cubrió el suyo.
El peso no era aplastante; se sostenía con los brazos.
Aurelia sintió el roce del vello oscuro de su torso contra su pecho.
Fue una fricción leve que le encendió la piel. Se le escapó un sonido más profundo.
Él levantó la cabeza de inmediato.