Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Te amo, mi amor. Te quiero, mi Conde Oscuro.

Eres mío, Damian, tanto como yo soy tuya.

Te he dicho que no sé cuándo ocurrió, pero quizá empezó en el momento en el que te enfrentaste a Ashwick y a mi padre por mí.

O quizá cuando te vi cuidar de Elspeth sin importarte lo que pensaran los invitados o yo, porque eso era lo correcto.

O tal vez fue durante aquella salida a la ópera, o cuando me pediste un beso en vez de exigirlo.

No puedo señalar un instante concreto. Solo sé que, en algún momento, dejaste de ser el caballero con el que había llegado un acuerdo y te convertiste en el hombre en quien pensaba cuando tenía miedo o quería mostrarme audaz.

Damian cerró los ojos.

—No sabes lo que significa oírte decir eso.

¿Has vuelto porque quieres intentarlo? ¿De verdad que lo harás?

Te veo, escucho lo que dices, pero me parece un sueño.

Hemos jugado al gato y al ratón y no quiero ser nunca más el ratón.

O lo seré si te quedas a mi lado, Aurelia.

Lo que te pido es que esto sea real. No quiero que te levantes mañana y te vuelvas a marchar porque crees que soy el peor de los hombres.

Me esforzaré en ser digno de ti, pero necesito que no me vuelvas a dar esperanzas si lo que dices no es verdad.

No podré resistirlo de nuevo. Desde que te dejé en casa del duque he vivido un tormento. No puedo pasar por eso otra vez.

Aurelia asintió.

—He vuelto porque quiero dejar de esconderme detrás de lo que le ocurrió a mi madre.

Ella sufrió porque amó a un hombre incapaz de cuidarla.

Yo no puedo vivir convencida de que todos los afectos terminan del mismo modo.

Sería una forma de dejar que Westcott siguiera decidiendo por mí, incluso después de haberlo dejado atrás.

No puedo prometerte que no volveré a tener miedo.

Habrá días en que me costará creer que esto puede salir bien.

Habrá momentos en que querré cerrar la puerta y desaparecer antes de que algo me duela.

Pero no quiero marcharme cada vez que ocurra.

Me quedaré y arreglaremos todo lo que haya que arreglar.

Te estoy entregando mi corazón, Damian. Después de ver a mi madre desfallecer por amor, me juré que nunca me enamoraría ni le daría mi amor a nadie.

Tú has logrado un imposible. Por favor, no me rompas el corazón, no me rompas a mí.

Su marido la abrazó un poco más fuerte y ella se apretó contra él. Parecía que uno y otro iban a fundirse en un solo ser.

—¿No lo entiendes todavía, amor mío? Desde el principio has tenido mi atención y mi corazón. Tú eres la que puedes romperme por la mitad. Casi lo has conseguido.

—Entonces yo protegeré tu corazón también.

El conde le besó el pelo y luego se separó de ella un poco. No se tocaban en esos instantes.

—Hay algo que debes saber.

Aurelia se tensó. Él reparó en el gesto.

—Tendría que haberte contado mis planes desde el principio, y no lo hice porque pensé que, si sabías lo que había ocurrido, además de enfadarte porque falté a mi palabra, sentirías que me debías algo. Fue una estupidez.

—Damian…

—Déjame contártelo. —Aurelia asintió—. La noche de la partida no fui a jugar porque echara de menos las cartas.

Fui porque mi esposa estaba llorando por el futuro de una de sus mejores amigas.

Vi lo que te hizo aquella noticia. Pensé en Aldrich y en el conde de Loxley, y entendí que Beatrice estaba atrapada en una situación que se parecía demasiado a la tuya.

No se me ocurrió otro modo. Finch localizó un lugar adecuado.

Les envié invitaciones a Loxley y Aldrich.

También incluí a otro caballero. Lord Rosehaven. Los reuní para una partida privada.

—¿El marqués de Rosehaven?

—Sí.

—¿El hombre que jamás pierde? —Ella conocía su reputación porque su padre lo había mencionado en más de una ocasión. Tenía celos de su buena fortuna.

—Ese mismo. Y lo admito, a él lo invité porque deseaba saber si podía vencerlo.

En las cartas era el único lugar donde siempre he sido el mejor.

Los negocios se me daban bien, pero las cartas…

Cuando eres un hombre al que nadie respeta y comienzas labrándote un nombre…

Una buena parte de mi fortuna proviene del azar; la otra la hice gracias a la guerra.

Quería ver si podía ganar a Rosehaven —insistió—.

Jugué contra los tres. Loxley perdió primero el dinero.

Después apostó una propiedad. Aldrich puso sobre la mesa sus derechos sobre tu amiga.

Antes de continuar, exigí una renuncia legal. Quería que Beatrice quedara libre.

Aurelia sintió que algo se movía dentro de ella.

—El duque me contó que habías liberado a Beatrice.

—Suponía que lo haría.

—¿Y ganaste al marqués, Damian?

—Le propuse a Rosehaven que quedásemos en una especie de tablas. Él se quedó con las ganancias. Y Beatrice se quedó bajo mi protección. Lo que lamento es que tú no hayas podido tener la libertad que le he conseguido a tu amiga, Aurelia. Lo siento.

Ella asintió. Él le cogió las manos y se dio cuenta de que su mujer llevaba el anillo de bodas.

—¿Por qué no me lo dijiste todo desde el principio? ¿Por qué no confiaste en mí? —preguntó.

Damian bajó la mirada.

—Porque pensé que podría hacerlo todo sin que te enfadases conmigo por haber roto mi palabra.

Y después, quería contarte la verdad, pero no quería que creyeses que lo hice para ganarme tu agradecimiento.

Todavía recuerdo que intenté sobornarte para que te acostases conmigo.

Estoy acostumbrado a que todo tenga un precio; no he sabido hacer las cosas de otro modo, pero aprenderé.

Estoy aprendiendo, Aurelia. ¡Dios! Ya había intentado comprarte por una noche.

Ya había cometido suficientes errores al tratar de convertir lo que quería en un trato.

No quiero que me desprecies. ¡No quiero ser ese hombre al que compares con Westcott! —exclamó enfadado consigo mismo.

Su esposa negó despacio con la cabeza.

—No eres ese hombre.

Damian la miró.

Aurelia llevó una de sus manos hasta la mejilla de él.

—Me permitiste marcharme cuando sabías que te rompería. Hablaste con un abogado para darme una salida, aunque te doliera. No sé si comprendes lo que eso me ha hecho sentir.

Él asintió un par de veces.

—No quería la nulidad, pero habría hecho cualquier cosa para que fueses feliz.

La condesa le acarició con el pulgar la línea de la mandíbula.

—Me aterroriza y me halaga a partes iguales que pudieras quererme tanto y estar dispuesto, aun así, a dejarme ir.

Damian cerró los ojos bajo su caricia.

—No quería que te quedases conmigo si de verdad no lo deseabas. Eso no hubiese sido amor. Sería una condena para los dos.

Ella inclinó la frente hasta rozar la suya.

—Aprenderemos a querernos.

Damian le puso las manos en la cintura.

—Juntos.

—Haremos todo lo posible para que nuestro matrimonio funcione.

Su marido esbozó una sonrisa, más auténtica esta vez.

—Te prometo que haré incluso lo imposible si hace falta.

Aurelia negó con suavidad.

—No tienes que demostrarme que eres invencible. Necesito que seas sincero, incluso cuando te equivoques. Yo haré lo mismo. No debí marcharme de tu lado a pesar de que me sentí traicionada. Elegí la salida más cobarde y lo lamento.

La expresión del conde se volvió seria.

—Sinceridad siempre. Entendido. Te diré la verdad, aunque me deje en mal lugar, y te pediré lo que quiero sin ofrecerte nada a cambio.

Aurelia sintió que el pecho se le aflojaba por primera vez desde que leyó aquella nota sobre Beatrice.

—Eso es lo que ambos haremos y necesitamos.

Él elevó una mano hacia su rostro y colocó la palma sobre la mejilla de su mujer.

—Necesito besarte ahora, Aurelia.

La dama puso su mano sobre la de él y cerró los ojos.

—Sí. Necesito que me beses ahora.

El beso no tuvo la desesperación de los que habían compartido antes de que Cecily los interrumpiese.

Damian comenzó a besarla con ternura, con un cuidado especial, y esa lentitud hizo que Aurelia suspirase llena de júbilo.

Sus labios se movían sobre los de ella con una adoración que le calentó el corazón.

Confiaría en su esposo, en que todo entre ellos saldría bien.

Cuando el beso se rompió porque no era momento de que la lujuria tomase el control de la situación, Aurelia lo abrazó.

Damian la estrechó contra su pecho. Ella apoyó la frente bajo su barbilla y escuchó el latido de su corazón. Y, mientras él la sostenía, lady Harrowmere entendió que amar no consistía en compartir.

—No te he perdido —murmuró él junto a su oreja.

Aurelia sonrió.

—No.

Él le besó la frente.

—Bien.

—Eso ha sonado sospechosamente parecido a una orden, milord. Había olvidado lo mucho que me gusta tu seguridad.

—Ninguna orden. Ha sido alivio, esposa mía. Y ahora que sé que te tengo, mi seguridad no se volverá a esfumar, porque tú, mi condesa, me haces invencible.

Ella se puso de puntillas y volvió a besar a su esposo. Y cuando Damian la rodeó con los brazos de nuevo, Aurelia supo que había encontrado el amor verdadero.

Serían felices. Algunos días no lo conseguirían, pero ambos pondrían todo su empeño en conseguir que el amor jamás menguase entre ambos.