Capítulo 18
¿Todo estaba perdido?
El regreso a Londres se le hizo interminable.
Y al cruzar el umbral de la puerta, Aurelia se sintió extraña.
Había cruzado aquella puerta muchas veces desde la boda, siempre con la sensación de estar entrando en un territorio enemigo.
Esa mañana, el temor seguía presente, pero lo que estaba en juego era mucho más importante que cualquier cosa.
No quería seguir huyendo del hombre al que amaba.
El mayordomo la recibió con una inclinación de cabeza. Ella le dio la chaqueta de lana, los guantes y el sombrero.
— Lady Harrowmere, bienvenida.
—Gracias. ¿Está mi esposo en casa?
—Sí, milady . Se encuentra en el despacho.
Aurelia sintió un vuelco en el pecho. Había llegado la hora de la verdad.
—Bien.
La condesa caminó por el pasillo sin detenerse.
Cada paso parecía acercarla a una decisión para la que nadie podía prepararla.
Al llegar frente al despacho, descubrió que la puerta estaba entreabierta.
Pensó en que tal vez debería haberle enviado una nota avisándolo de que iba a regresar, o tal vez debió haber hecho que el mayordomo la anunciase.
No. Era momento de ser valiente.
Llamó.
—Adelante.
La voz de Damian sonó fría, controlada y demasiado formal.
Aurelia entró.
Él estaba detrás del escritorio, revisando unos documentos. Llevaba una chaqueta oscura, el cabello, impecablemente peinado y se le veía una expresión bastante serena.
Entonces Damian alzó la vista. Durante un instante, la miró sin decir nada. Aurelia esperó que se levantara. No lo hizo.
—Has vuelto —dijo.
—Sí.
—Espero que te haya resultado un viaje cómodo.
La distancia que detectaba en su voz la dejó desconcertada.
—Damian…
—Me informaron de que llegaste bien a Larkspur Hall. Espero que todo estuviese a tu gusto.
Aurelia suspiró.
—Necesito hablar contigo.
Él bajó la mirada hacia los documentos.
—Me parece razonable.
La cortesía la estaba matando.
—No quiero que hablemos como extraños.
Damian tardó unos segundos en responder.
—Eso dependerá de lo que hayas venido a pedirme.
Aurelia avanzó hasta la silla frente al escritorio, pero no se sentó.
—Durante este tiempo que hemos estado separados, he pensado mucho en muchas cosas. —Estaba muy nerviosa.
—Me alegra oírlo —dijo desapasionadamente.
—No tienes por qué tratarme así.
Damian levantó los ojos. Su mirada no era cruel del todo. Había cansancio en ella, y algo más profundo que Aurelia no supo identificar al principio, pero luego comprendió que él estaba herido.
—No te estoy tratando de ninguna manera censurable. Estoy intentando escuchar lo que sea que hayas venido a decirme.
Ella tragó saliva con gran dificultad.
—Esto resulta más difícil de lo que había previsto —dijo más para sí misma que para él.
—Lo difícil suele ser mi especialidad —apuntó con naturalidad.
Él estaba siendo bastante hostil y sabía que no podía culparlo, a fin de cuentas, fue ella quien lo abandonó.
—Yo… —No sabía cómo seguir. Las palabras que se había preparado durante el viaje se dispersaron. Tenía que decirle que se había equivocado, que lo echaba de menos, que tenía miedo y aun así deseaba intentarlo, y, sin embargo, no sabía cómo hacerlo.
Damian habló antes de que pudiera reunir el valor para confesarse.
—Es bueno que hayas regresado. —Aurelia lo miró con esperanza—.
He hablado con mi abogado y me ha garantizado su confidencialidad.
Me ha explicado que conseguir la nulidad del matrimonio sería difícil, escandaloso y que quizá no exista una vía…
limpia para liberarte. Aun así, estoy dispuesto a buscar cualquier salida que te permita vivir en paz y lejos de mí.
El mundo comenzó a tambalearse bajo sus pies.
Su marido estaba convencido de que ella había regresado para tratar de poner fin al matrimonio.
La idea de que él hubiera hablado con un abogado tan pronto, que hubiera pasado los días de su ausencia pensando en el modo de terminar con su unión, le atravesó el pecho con una violencia tan cruda que le produjo un dolor casi físico.
—¿Una nulidad? —repitió en un susurro.
Damian colocó las manos sobre el escritorio.
—Este matrimonio nos ha hecho desgraciados a los dos desde su inicio.
Nunca me imaginé que… —Negó un par de veces con la cabeza—.
No importa. Si el abogado no consigue su propósito, viviremos vidas separadas.
Podrás permanecer en el campo con tus amigas, no deberás preocuparte por el asunto económico.
Yo nos metí en este enredo y me corresponde a mí cargar con las consecuencias.
Tampoco deberás preocuparte por el asunto de la descendencia.
El estúpido título puede morir conmigo. Ciertamente no le deseo a nadie el sacrificio que ha de hacer un hombre para demostrar que… Discúlpame, estoy divagando.
Aurelia sintió que las lágrimas empezaban a rodarle por las mejillas antes de que lograse decir una sola palabra.
Era un hombre que se había resignado a perderla.
Por supuesto que sí. Ella se lo había puesto tan difícil desde el inicio que era del todo comprensible que él ya no desease luchar por los dos.
—Lo sien…to mu…chísimo —dijo entre un gran sollozo.
Damian se puso en pie de inmediato.
La frialdad desapareció de su rostro.
—Aurelia… por amor de Dios, no llores.
Ella se llevó una mano a la boca, incapaz de contener otro sollozo que le partió el corazón en dos. Todo estaba perdido. No tenían salvación posible.
Él rodeó el escritorio, se olvidó de la distancia que había intentado imponer entre ambos y la sostuvo por los hombros.
—Es cul…pa mía.
Había llegado a Londres dispuesta a luchar por él. Y lo había encontrado preparándose para perderla. Dispuesto a vivir sin ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con la preocupación abriéndose paso en su voz—. ¿He dicho algo que no debía? Si deseas vivir en la ciudad, podrás hacerlo, pero, por amor de Dios, no puedo verte llorar y más sabiendo que todo esto es culpa mía.
Aurelia levantó la mirada hacia él. Y por primera vez desde que regresó de Larkspur Hall, Damian parecía tan perdido como ella.
—Yo… t...e… a…mo —logró decirle sin poder dejar de llorar—. Y aho…ra, to…do está per…dido. Has de…jado de querer…me.
La reacción de Damian fue instantánea. La pegó a su torso y la cobijó entre sus brazos.
—Por fin. Por fin te has dado cuenta y me lo has dicho.
Tanto tiempo llevo esperando este momento que poco me importa que me haya costado tanto entenderte.
Has dicho que me amas y no te dejaré desdecirte, amor mío.
¿Dejar de amarte, Aurelia? ¿Tan inconstante me consideras?
Jamás. Te he visto entrar en el despacho y pensé que todo se había terminado, que habías vuelto para ultimar los detalles de nuestra separación. En cambio, me has devuelto a la vida.
Ella se aferró a él con fuerza. Permanecieron abrazados durante un buen rato, hasta que ella dejó de llorar y pudo recomponerse.
—He pasado cada día en Larkspur Hall pensando que allí estaría a salvo, de ti, de mí misma…
Creía que, estando lejos, podría recobrar la calma.
Ha sido horrible estar sin ti. Solo había silencio y en ese silencio, solo estaba tu recuerdo por todas partes.
No sé cómo ni cuándo lo has logrado, pero te has metido bajo mi piel, Damian.
No quiero estar lejos de ti nunca, pero sigo teniendo miedo. Y me aterra.
—Aurelia…
—Cecily me dijo que estaba perdiendo la batalla de todos modos.
Tenía razón. Me fui para no sufrir, y he sufrido cada día desde que salí de esta casa.
He pensado en ti cada segundo desde que nos separamos.
He esperado cartas tuyas y después me he enfadado conmigo por esperarlas, porque fui yo quien se marchó.
Damian bajó la vista un instante.
—Te habría escrito mil cartas, hubiese ido a buscarte sin pensarlo si hubiese sabido que sería bienvenido. No quería importunarte, amor mío.
—Lo sé. Lo entiendo. Oh, Damian. Tú también eres mi amor, mi amor más ardiente y apasionado. Me dejaste ir y yo me fui porque necesitaba comprender que este matrimonio empezó siendo una imposición, pero ahora se ha convertido en mi elección. Yo te elijo ahora porque te amo con todo mi corazón.
—Te hice daño, Aurelia.
—Y yo he usado la libertad que creí que necesitaba para hacerte daño a ti.
—No. —La negativa fue firme—. No has hecho nada malo.
—Tenía miedo de ti. De que nuestra unión fuese como la de mis padres. Al fin lo comprendo, tú no eres él ni yo soy mi madre.
Damian apretó la mandíbula.
—No tienes que castigarte por eso.
—No quiero que me absuelvas de mis pecados porque también los he cometido.
—Aurelia alzó el rostro—. He regresado porque necesitaba que supieses la verdad.
No quiero una nulidad. No quiero instalarme en Larkspur Hall y pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido si hubiese sido capaz de quedarme a tu lado y luchar por nosotros.
No quiero seguir huyendo de ti cada vez que siento todo lo que siento en mi interior.
Me doy cuenta de que no puedo controlarlo, pero eso no es necesariamente algo malo.
Tengo que confiar en ti y estoy dispuesta a hacerlo sin reservas.
Damian la miraba con una atención tan intensa que Aurelia tuvo que reunir todas sus fuerzas para no volver a apartar la vista.
—¿Y qué sientes? —preguntó él al cabo de unos segundos—. Dímelo otra vez, porque llevo tanto tiempo esperándolo que no me bastará con que lo digas un par de veces.
No había exigencia en su voz. Solo una necesidad profunda. Aurelia notaba que el corazón le golpeaba las costillas con fuerza.