Capítulo 17 #3
Había intentado resistirse a esa verdad desde el momento en que él estuvo a punto de hacerle el amor en su despacho y Cecily los interrumpió.
¿Qué otro motivo tendría ella para entregarse a él de ese modo?
El amor la había impulsado a dar el paso, a ser valiente y luchar por un futuro juntos, aunque ella no lo había sabido en aquel momento.
Y luego supo que él le había mentido, que había cancelado la cita con el duque para planear aquella partida de cartas que jugó para salvar a Beatrice.
No era más que una mujer cobarde que ante la primera gran prueba de lealtad había fallado.
Sí. Damian no había hecho las cosas bien al ocultarle sus planes, más después de haberle dicho que no volvería a jugar nunca por ella.
Pero Aurelia también le había fallado a él, pues lo condenó y se marchó sin mirar atrás.
Había querido conservar la indignación porque estar enfadada con él le resultaba más fácil que enfrentarse al amor.
El amor exigía decisiones, pedía confianza y, pese a que podía convertir una promesa rota en una herida sangrante durante años, también era perdón.
Más cuando ambos eran un hombre y una mujer aprendiendo a conocerse, a amarse.
Huir y salvarse de todo lo que sentía le había resultado sencillo. Al menos al principio.
Ah, pero el golpe al darse cuenta de que estaba enamorada de un hombre que se había rendido con ella fue brutal.
Fue la tarde del decimocuarto día, mientras estaba sentada junto al fuego de la biblioteca, con un libro abierto sobre el regazo cuando se dio cuenta de que tenía que hacer algo al respecto. No había leído una sola línea.
Cecily entró como un vendaval, cerró la puerta tras ella y se acercó hasta la mesa donde descansaba la tetera.
—Lavinia está enfadada porque hoy Beatrice ha tocado el piano mucho mejor que ella.
—Eso es un elogio muy importante viniendo de Lavinia. Es una gran intérprete.
—Lo sé.
Aurelia sonrió, aunque la sonrisa desapareció pronto.
Cecily se sirvió una taza de té y permaneció de pie junto a la mesa durante unos segundos. La observaba por encima del borde de la porcelana como si la juzgase.
—Has perdido la batalla de todos modos, Aurelia.
Su hermana mayor la miró con el ceño fruncido.
—¿Batalla? ¿Qué batalla?
—De la que creías que te librarías al venir aquí.
—Necesitaba alejarme de Londres, no trataba de librar ninguna batalla, Cecily.
—Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué sigues aquí como si alguien te hubiera desterrado. Él no te ha echado, te has ido tú —le recordó con suavidad.
Aurelia cerró el libro.
—Damian me ofreció esta casa y yo la acepté.
—Aurelia, si no quieres compartir los detalles de tu conversación con el duque más allá de que tu esposo salvó a Beatrice al jugar esa partida, no te obligaré a contármelos, pero admite que Damian te ofreció una elección y no estás satisfecha.
Tu elección te está haciendo sufrir como nunca.
Ni tan siquiera Westcott en sus peores momentos logró que perdieses el brillo en la mirada.
Estás languideciendo porque él no está a tu lado.
—Me mintió, Cecily. Hay momentos en los que me siento como una tonta porque gracias a esa mentira salvó a mi amiga, pero otros me hacen pensar en si él seguirá mintiéndome cada vez que le convenga. Tengo un gran dilema ahora mismo.
—¿Lo amas, hermana? —le preguntó sin amagos.
La serenidad de Cecily hizo que Aurelia la mirara con atención.
—No sabes cómo me sentí cuando descubrí lo de la partida.
—Sí lo sé. Estabas aterrada de que fuera igual que padre. Tanto como yo. Si yo estaba furiosa con él, me imaginaba que tú lo estarías más. Quería arrancarle la cabeza por haberte hecho daño.
—Te escuché gritarle, al igual que Georgiana.
—Me imaginaba que estarías con la oreja pegada a la puerta. —Cecily se acercó al fuego y se sentó frente a ella—. Padre jugaba para ganar dinero, para alimentar sus vicios o para imponerse a alguien. Damian jugó, lo que me figuro que fue su última partida definitiva, para liberar a Beatrice.
—Lo sé.
—Él se equivocó al no contarte lo que se proponía.
—Eso también lo sé.
Su hermana se inclinó hacia delante.
—Pero tú también estás equivocándote ahora.
Aurelia la miró con atención.
—¿En qué sentido?
Cecily tardó unos segundos en responder.
—Mamá se pasó años esperando a que padre cambiara. Se convenció de que debía soportarlo porque no tenía alternativa. Lo amaba a pesar de que no debería hacerlo. Se fue apagando delante de nosotras y, cuando intentábamos decirle algo, aseguraba que todo estaba bien. No quería que la viéramos sufrir.
Aurelia sintió que se le erizaba la piel.
—Creo que Damian no es como Westcott.
—No, no lo es. Nuestro padre jamás le habría permitido irse a una preciosa finca campestre con sus amigas mientras él se quedaba suspirando por ella.
—Damian no está suspirando por mí.
—Te concederé que eso no lo sabemos. Lo que sí sé es que me duele verte aquí.
Has logrado alejarte de un hombre que te ha herido, pero no has dejado de sufrir.
Cada mañana te sientas junto a una ventana y miras el camino como si una parte de ti esperara verlo llegar.
Y después te enfadas contigo misma por esperarlo.
¿Qué harías si él se presentase aquí, Aurelia?
Ella suspiró.
—No lo sé.
Cecily continuó hablando con una voz más baja:
—Te crees fuerte porque no vuelves con Damian, pero la distancia no te está dando paz. Te está haciendo miserable. Las tres lo estamos viendo y por eso me han pedido que hable contigo. Ellas no saben exactamente cuál es el problema, pero son conscientes de que sufres muchísimo.
Aurelia se levantó y caminó hasta la ventana. La lluvia resbalaba tibiamente sobre los cristales. Más allá del jardín, la avenida estaba cubierta de barro y hojas caídas.
—No quiero vivir con la duda de si volverá a romper una promesa.
—Entonces díselo.
—¿Y si no puede cambiar?
—Entonces tendrás la respuesta.
Aurelia apoyó una mano sobre el marco de la ventana.
—No es tan sencillo.
—Claro que no. Nada que importe lo es.
El silencio se extendió entre ambas. Desde el salón de música llegó una nota equivocada y, después, la carcajada indignada de Lavinia.
Cecily se acercó hasta quedar a su lado.
—Tengo que decírtelo, Aurelia. Debes ser valiente y enfrentarte a tus temores, a él.
Yo creo que tu esposo de verdad está enamorado de ti.
Le pediste libertad y te la ha concedido a pesar de que no quería que lo abandonases.
¡Por amor de Dios! Cuando lo vi entrar en la casa del duque pensé que asaltaría cada rincón para dar contigo y que luego te cargaría sobre su hombro.
¿No lo entiendes? Damian te obligó a casarte con él, pero ahora te está permitiendo que seas tú la que decida vuestro futuro.
Creo que, si no tratas de recuperarlo, él no lo hará.
No por una cuestión de orgullo, sino porque se obligará a hacer lo correcto por ti.
Le pediste que te dejase marchar y no te molestará.
Si eso no es amor, hermana, no sé lo que es.
Y, es más, estoy convencida de que tú también lo amas.
Aurelia cerró los ojos.
—El duque me dijo que Damian había confesado que me amaba. Y creo que es verdad.
Cecily se quedó con la boca abierta.
—¿Damian le dijo eso a Ravensholt?
—Sí.
—¿Y qué sentiste?
Aurelia se concentró en los jardines.
—Quise odiarlo por hacerme creer que todavía podía existir algo entre nosotros. Estoy enamorada de él, Cecily. Desde que no estoy cerca de mi marido siento que mi corazón no es mío. Es… es como si se lo hubiese entregado a él y ya no fuese mío. ¿Lo entiendes?
—No sé lo que es el amor, pero estoy segura de que debes hacer lo que te haga feliz. Damian no está perdido como Westcott, Aurelia. Tu marido merece que tú le des una oportunidad. Tú mereces darte esa misma oportunidad.
Se había marchado a Hampshire para recuperar la calma y había descubierto que no quería una vida tranquila si Damian no formaba parte de ella.
Amar a alguien significaba aceptar el riesgo de que pudiera decepcionarla.
También exigía la valentía de no abandonar la lucha antes de haberlo intentado todo.
Aurelia se volvió hacia Cecily.
—Mañana regresaré a Londres.
Su hermana sonrió con una emoción tan abierta que Aurelia sintió un nudo en la garganta.
—Creo que has tomado la decisión correcta.
—Sí. Volveré para hablar con mi esposo. No sé qué ocurrirá después. No puedo esperar que todo vaya a solucionarse con una conversación, pero no permitiré que nuestro matrimonio termine porque yo tenga miedo del amor.
—¿Quieres que vaya contigo?
Aurelia miró hacia la puerta, detrás de la cual Beatrice y Lavinia seguían discutiendo sobre música.
—Tengo que hacer esto sola, Cecily. Las tres estaréis bien aquí.
—De acuerdo. Es tu decisión y la respetaremos todas.
Tenía que regresar junto a él y ver si podían construir un futuro juntos. Iría porque Damian era su esposo, lo amaba y su vida no podía construirse sobre el temor continuo de que le rompiese el corazón.
Entonces se dio cuenta de que se sentía más viva y capaz que nunca. Tenía una meta: luchar por Damian, su Conde Oscuro.
Con lo que no contó fue con que al llegar su esposo le dijese que ya había iniciado las consultas para tratar de anular su matrimonio.
¡Dios!
¿Sería demasiado tarde?