Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Mi esposo se ha ocupado de que el compromiso con Aldrich no siga adelante — le recordó con suavidad—. También ha dejado claro que tu padre no podrá imponerte ninguna decisión respecto a tu futuro y que estás ahora bajo su protección.

Beatrice alzó la mirada.

—¿Y qué espera de mí a cambio?

—Nada.

—Eso es imposible. Nadie actúa por nada.

—Damian es un hombre extraño. Una cree conocerlo y de pronto él logra que todas las ideas preconcebidas se esfumen. Te aseguro que no tienes que hacer nada al respecto.

—Ya sé lo que haré. Cuando hagas las paces con él y tengáis hijos, me ocuparé de ellos. Será agradable ser la tía Beatrice, porque su tía Cecily los echará a perder.

Aurelia guardó silencio. La inseguridad asomó de nuevo en su rostro. ¿Hacer las paces con su esposo? ¿Tener hijos? Sacudió un poco la cabeza para olvidarse de todo ese asunto por el momento. Se acercó a su amiga y le cogió las manos.

—Escúchame. No le debes nada a mi esposo. No me debes nada a mí. Estás aquí porque eres mi amiga y porque necesitas un lugar seguro mientras decides qué quieres hacer con tu vida. Eso es todo.

Lavinia se unió a ellas y enlazó su brazo con el de Beatrice.

—Además, si alguien cree que vamos a permitir que una de nosotras se quede sola después de un desastre, es que no nos conoce en absoluto.

—Especialmente a mí —añadió Cecily—. Soy capaz de perseguirte hasta Francia si se te ocurre huir. ¿Te imaginas vivir allí? Podríamos hacer muchas cosas… —sugirió ensoñadora.

Beatrice dejó escapar una pequeña risa.

—No creo que sobreviva a un viaje contigo hasta Francia.

—Entonces será mejor que te quedes aquí.

El señor Hensley, quien se había retirado a un lado para darles intimidad en cuanto escuchó algo a lo que un sirviente bien entrenado no debía prestar atención, carraspeó con discreción mientras se acercaba de nuevo a ellas.

—Sus habitaciones están preparadas, damas. También acabo de avisar para que les preparen el té en el salón privado de la condesa en cuanto lo deseen.

Aurelia asintió.

—Nos gustaría instalarnos primero, sí. Después, quizá podamos tomar un té. Gracias por su atención, señor Hensley.

—Por supuesto, lady Harrowmere.

Mientras cruzaban el vestíbulo, Aurelia notó que la casa estaba preparada para ellas de un modo exquisito.

Había flores frescas en las mesas, el fuego encendido en los salones y varias criadas que ya se estaban ocupando de sus equipajes.

En el recibidor aguardaban dos cestas sin correspondencia.

Damian no le había escrito durante esos días en los que habían estado separados, por supuesto, pero ¿quería ella que le escribiese para…

? ¿Para qué? ¿Qué podría decirle? Había sido ella la que se había marchado en cuanto se sintió traicionada.

De nuevo ese tirón en el corazón. ¿Culpabilidad o añoranza? Seguro que sería hambre. Mentirosa, se dijo a sí misma. Lo echaba de menos, aunque no lo reconocería ni en su fuero interno.

Y así comenzó esa nueva aventura en lo que Aurelia consideraba que era el paraíso en la tierra. Durante los primeros días, Larkspur Hall se convirtió en un refugio.

Beatrice ocupó una habitación que daba a los jardines del este y al principio apenas salía de ella.

Lavinia se encargó de arrastrarla para desayunar, pasear y pasar las tardes junto al piano.

Cuando Beatrice protestaba, Lavinia respondía que una dama que se había salvado de las garras de un vizconde desagradable tenía la obligación de vivir con más intensidad que nunca.

Cecily se pasaba las mañanas escribiendo y leyendo novelas en los jardines, aunque Aurelia sabía que aquella indiferencia era engañosa.

Su hermana la observaba demasiado. Cecily era muy consciente de cada momento en que Aurelia se quedaba en silencio y se encerraba en sí misma; veía cómo la condesa dejaba enfriar su té mientras miraba por la ventana o se inquietaba al oír los cascos de un caballo porque su hermana pequeña sabía que ella no había dejado de pensar ni un solo instante en Damian.

Lavinia se instaló en la casa como si siempre hubiera vivido allí. Se apoderó de la biblioteca al segundo día, descubrió un invernadero lleno de plantas exóticas el tercero y, al final de la primera semana, decidió que el cocinero tenía talento suficiente para merecer una solicitud de matrimonio.

—No vas a casarte con el cocinero de Harrowmere, aunque admito que su talento es indiscutible —le advirtió Aurelia mientras tomaban el té aquella tarde.

—Un matrimonio con un cocinero resolvería muchos problemas de mi futuro. Al menos no me moriría de hambre.

—¿No vas a contarnos algo sobre el caballero del que nos hablaste cuando pusimos en marcha nuestra sección de sociedad, Lavinia?

—¿Y tú no vas a explicarnos el motivo por el que dejaste a tu marido en Londres? —contraatacó la aludida.

Aurelia suspiró.

—Mi situación es bastante complicada y no me apetece hablar de ese asunto.

—¿Y tú, Cecily? —le preguntó Lavinia—. ¿Hay algo sobre ti que quieras compartir con el resto?

—Lo cierto es que sí. Me agrada muchísimo leer novelas góticas y la biblioteca está repleta de ellas.

—Yo me refería a otro asunto que incumbe a alguien de quien se rumorea que está maldito.

—Esa novela ya la leí y no es nada interesante, Lavinia —jugó al despiste la hermana de Aurelia—. Cuéntanos cómo te ha permitido tu padre salir de casa.

Ese comentario logró que Lavinia se centrase en sus propios problemas y se olvidase de los que sabía que tenía su amiga Cecily.

—Mi padre no sabe dónde estoy. Cuando consiga levantarse de la última borrachera, quizá se interese por mi ausencia. Para entonces habrán pasado varias semanas o tal vez un par de meses y yo habré aprendido a cocinar algo que no sea agua hirviendo.

—¿Estás segura de que solo te interesa la cocina y no el cocinero de Harrowmere, Lavinia? —señaló Cecily.

—Oh, por amor de Dios, es un hombre bastante mayor y, aunque es muy amable, no siento ninguna inclinación como la que has insinuado. Eres una auténtica arpía, Cecily.

—Lo sé —se enorgulleció de ello la hermana de Aurelia.

Las risas de sus amigas ayudaban a Beatrice.

Aurelia lo veía en pequeños gestos. Al principio, Beatrice se mostró tan fuera de lugar en la casa campestre que mantenía las manos unidas sobre el regazo como si temiera incluso ocupar demasiado espacio.

Con el paso de los días comenzó a hablar de libros, de vestidos y de las flores que encontraba durante los paseos.

Una tarde, mientras Lavinia discutía con Cecily sobre el final de una novela que pensaban escribir, Beatrice se rio con tanta fuerza que tuvo que llevarse una mano a los labios, sorprendida por el sonido.

Aurelia deseó que aquella risa no volviera a abandonarla. Si solo ella pudiese volver a sonreír sin que el recuerdo de Damian le estrujase el corazón…

Las dos semanas pasaron con una rapidez increíble, aunque para Aurelia cada día se parecía demasiado al anterior.

Por las mañanas caminaba sola por los jardines.

En ocasiones llegaba hasta un pequeño lago situado al otro extremo de la finca y se sentaba en un banco de piedra desde el que podía ver la casa entre los árboles y se imaginaba qué habría hecho Damian cuando visitaba la hacienda.

Pensaba en Londres, en los desayunos que había compartido con su esposo antes de que todo saltase por los aires.

Recordaba su manera de preguntarle qué planes tenía para el día y ella se los relataba mientras él la atendía con una atención sincera.

Recordaba también las cenas, cuando Cecily los hacía sentirse bastante incómodos, porque las discusiones empezaban por algo insignificante y acababan revelando más de lo que cualquiera de los dos deseaba admitir.

Aurelia había imaginado que la distancia con él aliviaría su dolor.

Error. Eso no estaba funcionando. El corazón, con cada día que se mantenía separada de él, le dolía más.

La paz de Larkspur Hall era hermosa, pero no la hacía feliz.

La separación que ella había elegido no apagaba lo que había comenzado a sentir por su esposo.

¿Se habría enamorado de él? No lo sabía, aunque el hecho de no tenerlo cerca la volvía más loca que cuando él le decía esa clase de cosas inapropiadas que la hacían estremecer. Le había gustado tanto ser audaz con él…

A medida que los días avanzaban, comenzó a cuestionarse si su huida había sido excesiva.

Damian había roto su palabra y ella tenía derecho a exigir explicaciones.

Aun así, había algo más profundo que le dolía cuando pensaba en él.

¡Lo echaba tanto de menos! Añoraba tenerlo cerca, la forma en que la observaba, el modo tan ardiente en que coqueteaban, su impaciencia, la forma en que parecía luchar contra sí mismo cada vez que intentaba ser delicado con ella…

¡Dios de los cielos! No solo sentía que la distancia entre ambos iba a consumirla, ¡se había enamorado de Damian y por eso la tristeza por estar lejos de él impedía que su corazón latiese con normalidad!

La revelación le llegó con una claridad que le resultó insoportable.

Se había enamorado de su marido por completo.