Capítulo 17
La libertad… ¿por fin?
Larkspur Hall se levantaba entre los suaves campos de Hampshire, al final de un camino bordeado por olmos y setos tan bien cuidados que parecían haber permanecido inmóviles durante generaciones.
El carruaje que llevaba a Aurelia hasta allí abandonó Londres poco después del amanecer, cuando la ciudad todavía parecía sostenerse sobre una bruma gris y las chimeneas apenas empezaban a oscurecer el cielo.
Salió de casa de los duques de Ravensholt varios días después de haber huido de la casa de su marido.
Aurelia contempló cómo las últimas casas se alejaban tras el cristal hasta que las calles cedieron el paso a caminos húmedos, setos de espino y campos que se extendían bajo una luz apagada.
Beatrice dormía frente a ella, vencida por el cansancio de las preocupaciones de los días anteriores.
La cabeza le descansaba sobre el hombro de Lavinia, que permanecía inmóvil para no despertarla, aunque de vez en cuando bajaba la mirada hacia su amiga para comprobar que estaba bien.
Cecily ocupaba el asiento junto a Aurelia y llevaba un libro abierto sobre el regazo.
No había pasado una sola página desde que salieron de Londres.
El silencio no resultaba incómodo, pero sí tirante. Cada una sabía que necesitaba tiempo para ordenar los sucesos más relevantes acontecidos en su vida, en especial Aurelia.
La condesa de Harrowmere había aceptado partir hacia Larkspur Hall después de que el duque de Ravensholt le pidiera hablar con ella a solas tras la marcha de Damian.
El marido de Georgiana la condujo hasta una pequeña biblioteca y, con suma seriedad, le explicó lo que lord Harrowmere había hecho y dicho sin emitir ningún juicio propio al respecto.
El duque le dejó claro que Damian había roto una promesa importante y que Aurelia tenía derecho a sentirse herida por ello.
Sin embargo, también le contó que la partida no había sido un mero capricho nacido del deseo de medirse con otros jugadores.
Damian había reunido a lord Loxley y al vizconde Aldrich en aquel encuentro porque sabía que el compromiso de Beatrice podía deshacerse si lograba poner a aquellos hombres en una situación de la que no pudieran escapar.
Había jugado por la libertad de Beatrice.
El descubrimiento no alivió de inmediato la opresión que Aurelia llevaba en el pecho.
De hecho, la hizo más difícil de soportar.
Damian había elegido precisamente el único método que sabía que ella no podría aceptar con facilidad.
Había vuelto a sentarse en una mesa de juego y se lo había ocultado.
Era más, su marido lo había hecho mientras ella planeaba una noche llena de amor y placer.
El duque también le comunicó que su esposo no había querido contárselo porque pensaba que la liberación de Beatrice no debía convertirse en una deuda que Aurelia tuviera que pagarle con gratitud.
No obstante, en opinión de Ravensholt, la decisión final le correspondía a lady Harrowmere y, por consiguiente, ella tenía derecho a conocer todos los detalles.
Después llegó lo que todavía le resultaba más extraño.
Damian le había concedido la libertad para marcharse a la finca campestre.
Ravensholt le había explicado que el conde le había ofrecido Larkspur Hall como residencia para ella y para Cecily, con una asignación generosa que no estaría vinculada a ninguna condición.
También le contó que Damian consultaría con abogados y buscaría el modo de permitirle vivir sin las ataduras de un matrimonio que él mismo había forzado al principio.
Aurelia había esperado que Damian intentara presionarla para que se quedase a su lado; en cambio había hecho todo lo contrario.
No sabía cómo sentirse a ese respecto. Lo había imaginado furioso, exigente, dispuesto a discutir hasta que ella cediera por agotamiento.
Conocía demasiado bien el temperamento de un hombre como su esposo.
En cambio, le había ofrecido una salida ante la delicada situación.
Aquello no era propio del tirano que Aurelia había creído conocer durante el inicio de su matrimonio. Tampoco encajaba con el hombre que había pronunciado, ante el duque de Ravensholt, varias confesiones que a ella le habían costado escuchar sin sentir que algo se rompía en su interior.
Damian estaba enamorado de ella.
Ravensholt no había adornado la revelación. La había expresado con naturalidad. Aun así, ella era muy consciente de que esa frase se quedaría grabada en su mente para siempre y de un modo muy doloroso.
Su esposo la amaba. Y había preferido apartarse antes que obligarla a permanecer junto a él por algún motivo que se le escapaba.
¿Qué otra lectura se podría hacer? Ella le había dicho al duque que él no hacía nada sin tener antes ningún plan en mente, pero el esposo de Georgiana insistió en que Harrowmere no se veía como un caballero con una estrategia y sí como un hombre que había aceptado la derrota.
No sabía qué pensar al respecto, cómo sentirse o qué hacer.
Aurelia solo sabía que era necesario apartarse un momento de todos los problemas, poner en orden sus ideas y averiguar qué era lo que deseaba de la vida misma.
Y por ese motivo había aceptado marcharse lejos de Londres durante un tiempo.
¿Y qué mejor modo de hacerlo que acompañada por sus amigas?
Georgiana fue la única que se excusó, dado que no quería dejar a su esposo.
Aurelia la entendió y le dijo que no importaba porque la duquesa no estaba invitada.
El carruaje dio un pequeño salto al pasar por una zona irregular del camino y Beatrice abrió los ojos. Miró por la ventana durante unos segundos, todavía desorientada.
—¿Hemos llegado ya?
—Casi —respondió Cecily, mientras cerraba por fin el libro—. No debe faltar mucho.
Lavinia se enderezó un poco y miró hacia el exterior.
—Espero que la finca tenga una biblioteca decente. Si vamos a pasar una temporada en Hampshire, necesito algo más que las conversaciones de Cecily para mantener la cordura.
—Mis conversaciones son excelentes —replicó Cecily ofendida—. Solo ocurre que no todos poseen la inteligencia necesaria para apreciarlas.
Beatrice sonrió. Fue una sonrisa pequeña, insegura, aunque bastó para que Aurelia sintiera que el viaje había merecido la pena.
—Si Larkspur Hall no cuenta con una biblioteca, prometo ordenar que construyan una —apuntó Aurelia.
—Hablas como si fueses la propietaria de todo Hampshire —observó Lavinia.
—Lo sé y también sé que no me conviene adoptar ese tono porque podría gustarme demasiado, pero no puedo evitarlo —añadió la condesa.
—A mí me agrada que te muestres autoritaria —intervino Cecily—. Tienes un aire peligroso que te hace ver formidable.
Aurelia volvió a mirar por la ventana. El paisaje había cambiado. Un muro bajo de piedra apareció al borde del camino y, tras él, se extendía una avenida flanqueada por viejos olmos. Al fondo, entre los árboles, surgió la silueta de la casa.
Larkspur Hall era más grande de lo que había imaginado.
La fachada de piedra clara tenía dos alas que se abrían hacia unos jardines muy cuidados.
Se apreciaba como si fuese una casa construida para recibir familias, para guardar secretos en sus habitaciones y permitir que el tiempo discurriera sin prisa.
El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal.
Un mayordomo de cabello plateado descendió los escalones, acompañado por dos lacayos. Las puertas se abrieron y el aire de Hampshire entró en el carruaje con olor a tierra húmeda y lavanda.
Aurelia fue la primera en bajar.
Durante un instante permaneció inmóvil, con una mano sobre la falda y la otra apoyada en el brazo del lacayo.
La casa se alzaba ante ella como una promesa de libertad.
Damian había dispuesto aquel lugar para que pudiera marcharse y tratar de ser feliz, según las palabras del duque.
Por fin lo había logrado. Sería la dueña de su propia vida.
Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón al pensar que había abandonado a su marido?
La idea de estar lejos de Damian le produjo una tristeza tan inesperada que la obligó a suspirar.
— Lady Harrowmere —la saludó el mayordomo con una inclinación respetuosa—, bienvenida a Larkspur Hall. Soy el señor Hensley. Confío en que todo esté a su agrado. Su esposo nos mandó el aviso justo a tiempo para que pudiésemos disponerlo todo adecuadamente antes de su llegada.
Ella sintió un tirón en el corazón. El hombre que había confesado frente al esposo de Georgiana que la amaba se había ocupado de que su nueva morada estuviese a punto para que ella pudiese comenzar su andadura lejos de él.
Dolía. El corazón le dolía de un modo completamente desconocido.
—Gracias, señor Hensley.
Beatrice bajó después, más despacio. Miró la fachada, las ventanas altas, los jardines que se extendían a ambos lados de la casa y sus dedos se cerraron sobre el borde de su capa.
—Aurelia, no puedo quedarme aquí.
La hermana de Cecily se volvió hacia ella.
—Claro que puedes y lo harás.
—Es la finca de tu esposo. No quiero ser una molestia. Ya has hecho demasiado por mí.
—Yo no he hecho tanto como crees.
Beatrice bajó los ojos.
—Tu esposo ha intervenido para que yo no me tenga que casar con Aldrich y dudo que eso haya sido solo idea de él —le advirtió.
Aurelia tuvo que contener la respiración antes de responder.
Le había contado lo justo a su amiga sobre el asunto.
No quería que Beatrice supiera cómo había conseguido exactamente Damian que su compromiso con Aldrich se rompiese.
No deseaba que Beatrice se imaginase a su padre sentado en una partida de cartas arrojando sobre la mesa la dignidad de su propia hija.
Aurelia conocía demasiado bien la vergüenza que podía despertar esa crueldad y no iba a hacer que su amiga cargase con algo tan indecente.