Prometida al Conde Oscuro (Sombras y Luces 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Ravensholt alzó una ceja.

—Eso no me aclara nada, y soy tu única esperanza ahora mismo para mediar en el conflicto que tienes entre las manos.

—Me importa poco si tengo que enfrentarme a ti, a tu esposa, a Cecily o a toda la maldita aristocracia de Londres, incluida la monarquía. Mi esposa regresará a casa conmigo.

El duque no se alteró.

—No pondré obstáculos a una conversación entre vosotros; el problema es que tu condesa ha dejado muy claro que no desea tener nada que ver contigo y mi duquesa me ha hecho prometer que la protegeré incluso de su marido.

No me quedo de brazos cruzados si intuyo que alguien importante para mí o para mi esposa sufre. ¿Entiendes mi dilema, Harrowmere?

Damian suspiró. Y tanto que lo entendía. Él mismo había salido en defensa de lady Beatrice porque sabía cuán importante era para Aurelia. No debía ni podía censurar al duque de Ravensholt por hacer lo mismo.

Damian desvió la mirada hacia el fuego.

—No quiero perder a mi mujer.

—Por fin comienzas a comportarte como el hombre inteligente que intuía que eres. No soy tu enemigo. Mientras Aurelia crea que te pareces a Westcott, no podrás avanzar. Si quieres recuperar su confianza, tendrás que explicarte.

Damian lo miró con frialdad.

—No necesito tu aprobación para hablar con mi esposa.

—No. Pero necesitas entender que ella está herida. Si te presentas ante tu condesa dispuesto a defenderte y no a ser sincero, terminarás de convencerla de que debe alejarse de ti. Deja que te ayude.

La verdad le resultó desagradable porque era cierta. Damian apoyó los antebrazos sobre las rodillas y tomó la única decisión que podría ser la correcta.

—Aurelia estaba destrozada cuando leyó el anuncio del compromiso de Beatrice.

Mis métodos pueden no ser los mejores, pero funcionan.

Como bien has dicho, la amiga de nuestras esposas es libre.

Y sí. Para conseguirlo hice lo que tenía que hacer y eso fue organizar una partida de cartas porque es lo que mejor hago.

—Ah, pero le prometiste que no volverías a jugar. Las mujeres no toleran esa clase de engaños.

—Y por eso no pensaba decírselo, porque sabía que vería en mi excusa un motivo para censurarme. No se me ocurrió nada mejor para solucionar el problema lo más rápido posible.

—Debes contarle la verdad ahora. Ella te perdonará.

Damian apretó los dientes.

—No. No es tan fácil porque no quiero que Aurelia crea que he intervenido para comprar su gratitud.

Ravensholt lo observó con atención.

—Querías proteger a Beatrice sin convertirla en una deuda de Aurelia. ¿Es eso?

—Exactamente.

—Eso está bien.

—No. No lo está porque no quiero ganarme a mi mujer así. Quiero que ella me… —se detuvo antes de decir algo comprometedor ante un hombre al que apenas conocía.

—Que te ame por ti mismo —terminó el duque por él—.

Lo que no sabes es que los actos hablan mejor de uno que las palabras que podamos decir.

Sé de lo que hablo. Georgiana no es tan diferente de sus amigas.

Su padre fue un libertino. No llegó a apostarla en una partida de cartas, pero frecuentaba los mismos círculos que el padre de las hermanas, Beatrice y Lavinia.

Georgiana me pidió una sola cosa cuando nos casamos: que nunca tratara a sus amigas como una carga. Le prometí que las cuidaría siempre.

—Y ahora crees que debo darte explicaciones porque Aurelia está casada conmigo.

—Y porque se ha refugiado en mi casa, no olvides esa parte, Harrowmere.

Te aconsejo que le des las debidas explicaciones a tu mujer y confíes en que pueda entender tu modo de proceder.

El problema no reside en que jugaras una partida para liberar a Beatrice y faltases a tu palabra.

Lo que ella no te perdonará con facilidad es la mentira que hay tras tus actos.

Aurelia ya ha vivido con un padre que le ocultaba las cosas hasta que el daño era irreversible.

—Estoy condenado. Le he dado, sin darme cuenta, la excusa perfecta que necesitaba.

Ella no confiará en mí. Haga lo que haga no me lo perdonará.

Si le confieso que lo hice por ayudar a su amiga, pensará que lo único que quería era que me debiese un gran favor.

Eso sin olvidar que nunca confiará en mi palabra de nuevo porque creerá que, si le he mentido una vez, lo haré en cuando me convenga.

¿Y sabes una cosa, Ravensholt? Estoy cansado de perseguirla, de sentirme como si solo yo tuviese que apostar por nuestro matrimonio.

Pensaba que ella había salido de casa para desahogarse con sus amigas, pero entiendo que sus intenciones eran otras muy diferentes, dado que quería abandonarme y por eso ha pedido la ayuda de tu duquesa.

Jerarquía y todo eso. Un duque tiene más poder que un conde al que todavía no han aceptado como a un igual los nobles.

La noche en la que nos comprometimos me lo dijo muy claro.

Nunca se enamorará de mí, porque nunca podría olvidar que fue una esposa comprada y ahora comprendo que siempre encontrará cualquier excusa para no arriesgarse conmigo.

Sí. He roto mi palabra sobre apostar y ha sido por una buena causa porque no quiero que llore y haré siempre lo necesario, sea lo que sea, por ella.

Y sí, maldita sea, quería jugar una última partida contra un adversario de quien decían que era insuperable en mi campo, porque así soy yo.

Siempre tengo que medirme con el mejor para demostrar que yo también valgo tanto como él.

Ahora me tocará demostrar que puedo ser tan formidable como tú, que seguro que amas a tu esposa, la adoras y estás dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.

Pues bien, hasta aquí ha llegado mi lealtad hacia Aurelia.

—Cuidado, Harrowmere, estás sonando peligrosamente como un hombre que se ha dado por vencido con su mujer. Solo tienes que decirle la verdad sobre todo el asunto.

—Hazlo tú si te place. Ella no quería casarse conmigo y yo forcé su mano. No hay esperanza para ninguno de los dos.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Aurelia es libre. Ya no tendrá que verme nunca más.

Dile que puede residir en Larkspur Hall.

Es mi finca campestre en Hampshire. Y que es libre de residir allí con Cecily, Beatrice, Lavinia, o incluso con tu esposa cuando se marche de tu lado porque hagas algo tan imperdonable como amarla y no saber demostrárselo del modo correcto.

Tendrá una generosa asignación que no la comprometerá a nada conmigo.

Yo la metí en este entuerto y es responsabilidad mía enmendar el error.

Házselo comprender porque es tan testaruda que creerá que todo forma parte de un plan diabólico para conseguir lo que ella sabe que tanto deseo.

—Suspiró—. Ella tenía razón también con esto.

Debí haberla ayudado sin obligarla a casarse conmigo.

—El conde recordaba bien cómo ella le había afeado que no le hubiese prestado ayuda de otro modo más que poniendo sobre la mesa la cuestión del matrimonio.

Entonces fue cuando Damian se puso en pie. El duque hizo lo mismo.

—No puedes estar hablando en serio, Harrowmere.

—¿Por qué no? He hecho todo lo posible para que me considere digno y nunca lo seré a sus ojos.

Ella no me quiere a su lado. ¿Qué clase de estúpido sería si la forzase a quedarse donde no quiere estar?

Ya la obligué a casarse conmigo y no nos ha traído nada bueno.

Ella ha sido desdichada y yo me he vuelto loco.

No cometeré el mismo error de nuevo. —Él negó con la cabeza—.

Dile que confío en que pueda lograr ser feliz.

No podría desearle mal alguno a la única mujer a la que he amado, aunque no se haya permitido amarme ni darme una miserable oportunidad para demostrarle mi valía.

Ha sido por la partida de cartas, pero estoy convencido de que ella habría encontrado cualquier otra excusa para condenarme porque no cree en mí.

No dejará de odiarme porque la obligué a aceptarme.

Le concedo la libertad. Es el único camino para que ambos encontremos la paz.

—Regresa a casa. Descansa un poco y serénate. Si pierdes a tu esposa, te aseguro que lo lamentarás el resto de tu vida. Yo me ocuparé de facilitar una conversación sin que Cecily o mi duquesa estén preparadas para sacrificarte al fuego eterno.

Damian volvió a negar con la cabeza mientras se dirigía a la puerta de salida. Antes de abrirla, se detuvo.

—Estoy enamorado de ella y le daré lo único que sé que quiere. Es libre —repitió, sin mirar al duque.

—Estás casado. Hagas lo que hagas no puede ser libre —le recordó el otro caballero, quien se veía incrédulo por el giro que había dado la conversación—. Tienes que arreglar toda esta situación, Harrowmere.

—Mi matrimonio es una farsa. Lo ha sido desde el principio.

No hemos consumado la unión. Haré lo posible y lo imposible por que la libertad sea completa.

Aunque me cueste la vida y mi fortuna. Será caro y escandaloso, pero lo lograré de algún modo.

Y si he de mentir para lograrlo, mentiré por ella.

Confío en tu discreción a este respecto, Ravensholt.

Te lo he contado porque necesito que así se lo expliques a mi…

a Aurelia —se enmendó porque ella dentro de poco no sería nada suyo.

Entonces Damian salió del despacho sin añadir nada más. Y lo hizo como un soldado completamente vencido. Había apostado y perdido contra sí mismo.